sábado, 8 de mayo de 2021

AHÍ LES VA LA PARTE FINAL DE LA MASTICADA, PERSEGUIDA Y CENSURADA NOVELA VESTIGIOS DE CERRO HERMOSO PERO LEANLA CON MUCHA FE Y MUCHO NERVIO; ESTO ES HISTÓRICO, LES AGRADEZCO SU REFLEXIÓN MI GENTE!!!

 

 

…me abandono a los sobresaltos de mi memoria

 

Me veo en forma difusa, año 2005, con ese rostro borrado ante el espejo, y las ganas de bañarse para soñar un tren que me traiga paz en la ciudad de la furia. Aquella tarde, aquella tarde que siempre dibujo en mi memoria, regresando a un cuarto, aquél cuarto de pared morada donde permanecía mi Laura Domínguez, pidiéndome que le bajara a mis axiomas delirantes, a mis notas e ideas musicales y solos de batería, justamente porque el sueño también debe de tener melodía, y en esencia, le decía, “la imagen poética es un acto y no otra cosa, si nos atenemos al endemoniado Jean Paul Sartre, mientras que para el maestro Ezra Pound, es un complejo intelectual en una unidad de tiempo, es decir, el verso, según Pound, altera la inteligencia, la sacude si la sabemos leer y no nomás le damos el avión, entonces tenemos al gran poeta norteamericano escribiendo sus Cantos Prohibidos, asombrado de conmoverse intelectualmente ante el verso, mientras Jean Paul Sartre ha localizado movimientos dentro de su conciencia y eso demuestra, si creo entender bien, que Sartre era más lector de poesía y por supuesto más dramaturgo y filósofo…. El Poeta es Ezra Pound… Que en México se traduce por Guillermo Rousset Banda y su andanada de balas y cristales rotos en París…”

 

–Ya vente a acostar y no estés chingando, pinche Mateo –decía la Domínguez sin mucha ropa, tan poca  que le sería imposible no decir la verdad:

–Ándale cabezón,  ya me  acabé  la cerveza, eres tan mamón que ¿no me vas a decir quién es Ezra Pound o Guillermo Rousset Banda? –retumbó su voz alejándose y disipando completamente el cansancio de las encuestas de preferencias políticas.

–Usted no se altere, hágase o deshágase, desenvuélvase… –Yo parándome de la cama y colocando un correo electrónico hacia Zacatecas y con el señor Tom Waits a nuestro gusto.

–¡Ay!

–¿Pero qué te ha pasado?

–Pendejo, me corté con tu mueble, acá el dedo lo traigo sangrando.

–¡Pendeja!

Soc.

–No, a mí no me digas pendeja ¿eh? Discúlpate o sóbame la cabeza.

–Es que te quería dar un coco, no te quería pegar con la cerveza… ja, ja, ja.

En cualquier caso tuvimos que salir, vestirnos para ir a un sitio a que le curaran el dedo cortado ¿Con qué chingados se lo habría cortado? Mateo no sé, ya pégame ¿no?

Y en la calle, ya curada, yo: ¡Vente a vivir conmigo a Aguascalientes!

¿Eh viste? ¿Recuerdas eso?, ¿recuerdas ese  pasado mutuo desperdigado y que me dijiste al verme en la capacitación: “tú traes algo especial?”

“¡Vente a vivir conmigo a Aguascalientes!” –le dije, así, en caliente o a quemarropa para que de una buena vez soltara la sopa.

“¿Híjole… de verdad? Mateo” Dijo halagada.  “No, déjame mejor lo pienso bien ¿no? Nos vemos mañana en el metro Chabacano y platicamos…”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VOLVER A LO BÁSICO

 

Cuando llegamos al sitio autodenominado Cerro Hermoso, en el taxi que volvería media hora después, seguramente a recoger a los lancheros para que llevaran sus productos a vender al adoquín, o probablemente ellos eran, —los pobres carajo, los ninguneados del siglo I al XXI, los que vendían artesanías en los restaurantes, afuera de las tiendas OXXO, yo los veía y pensaba en mi jodidez precaria, normalmente, además el estuche de la guitarra pesaba demasiado y no estoy acostumbrado a cargar ni mi cámara canon, ni nada y  es menester aprender a cargar bultos y dejarlo de aprender, para volver a aprenderlo de nuevo de vez en cuando.

Nos enfilamos a la bola de tiliches en que se había convertido esa bolsa de acampar, ya que la doña del sobrino aventurero que atravesaba el mar buscando ostiones o tiburones, había desaparecido a mediodía por un requerimiento especial en la palapa adjunta, y ni fuéramos a alzarle la voz a la doña, porque la doña era de armas tomar…

Después de milenios asegurándose en segundos (oxímoron no muy lejos de un OXXO), Dorinda  aparcó su presencia en la regadera alternativa, (le dije: “cuidado querida, tu mariguana todavía debe estar ahí escondida” y ella lo agradeció con una fotogénica mueca que la hacía ver como culpable, como si le hubieran dicho la inaudita advertencia de que su vida estaba a punto de irse por el desagüe del puro desmadre y solo asintió con la cabeza) como ya son la mayoría de cosas en éste mundo y además como lo son las mujeres, es decir, con muchísimo cuidado. Hay que entender ése punto:. Hay que entender los dos puntos: Y como hay que entender los dos puntos te los pongo acá: Dorinda  no se había bañado en el cuartel policiaco porque su otro asunto interno, (mi desprestigio en éste cuento: me refiero al Officce Mac 2003, o de otra forma ya no podremos llamarlo porque hasta este día de mi vida no he vuelto a verlo o presentirlo, y eso que estoy en la presentación del libro pidiendo que la gente se acerque, porque esto ya va a empezar…)

 

O sea: Estaba yo un día en una playa híper desconocida recién premiado literariamente y ni me había reparado (los lentes) ni tampoco había reparado en el idiota ese, que permanecía aperradamente en su sitio del taxi, media hora más tarde que nosotros, pero ya en camino, seguramente cediendo el paso a las señoras y los campesinos, todo él un pinche fulano elegante, ¡Ja!

Les digo que se vayan acercando…

Dorinda abrió la boca desde lejos en medio del agua y el jabón y se oyó detrás de las palapas:

—¡Una toalla pareja!

Después de pasársela, me dirigí hacia la doña anti tiburones en la adjuntada palapa (no lo toleren ésta vez el oxímoron porque entre esas tres palapas adjuntadas también había un depósito de cebada que ya no servía para nada) y lo curioso del caso es que la señora sí me vio: hundió su mirada en mi pellejo y mis lentes y mis garras y dijo: ¿Qué se te ofrece?

—No pus nada doña, la cuenta…

—Permíteme muchacho…

Entonces… me senté en la mesa y jugué con mi libro de Kundera (no le dije a la doña: chingue usted a su madre… cómo dejó la casita de campaña ya ni jode…) en lo que venían los niños aldeanos y cubiertos de arena en la cara, porque mientras sus padres andaban en ciudades angloparlantes, más precisamente norteamericanas, los niños aprendían del buen ejemplo de sus padres pues llegó un jovenazo y me dijo con entusiasmo: “acá está tu discman.”

–Bueno– dije no muy convencido–, caray,  jm, jm, jm, gracias por éste pase de vuelta a mi mundo, chamaco, ándese canijo, que también no ande espiando el amor que es de mal gusto y usted ya debería saberlo…

—¿Se te puso la cara roja verdad chamaco? También dame mi disco porque no es pirata y me costó sangre.

Ok, –dijo la señora–, te voy a hacer tu cuenta, aquí nos sentamos y mira… Giré la cabeza y la atención hacia la doña y ya no vi a Dorinda  marcando por celular al tipo que venía en el taxi mientras ella se vestía, donde tengo que abrir un paréntesis para decir lo que entre ellos dos tramaban: (¿Bueno, bueno, pero la verdad por qué éste paréntesis? ¿Por qué no otro?), ((este paréntesis es doblemente más secreto y dice así:

—Ya lo tengo bien engañado a éste cabrón, mi pelos necios, ¿traes esa pistola?

—Oye Morra… ¿pus qué pedo? A güevo… Acá la traigo, ya ni hables…

Entonces el paréntesis doblemente secreto se cierra)).

Como digo, mientras en mi cabeza hacía cuentas con la doña, Dorinda hablaba con el desprestigiante baboso, además armado, sin siquiera yo saberlo.

¿Qué diría Dorinda de mí o sobre mí? Pensaba yo la noche anterior.

 

“Ay, mi novio es a toda madre, me hace poemas y tocaba la batería en una de sus vidas pasadas, o sea: la verdad lo amo, el hombre me tiene paciencia, que es la virtud que yo más admiro”.

 

—No doña, la verdad déjeme contar bien, no soy muy bueno para las cuentas, pero sólo dos veces comimos langosta, la verdad doña, ¿no es cierto?

—Ese güey es un pendejo, tu ven, mira, cuando llegues a Cerro Hermoso agarras la pistola y se la pones adentro del estuche de la guitarra, pero de mientras vete hacia las palapas y ahí te escondes, yo luego te digo a qué horas y cómo  le pongas la pistola en su guitarra, bye, un beso…

En estricto sentido eso hizo el Office black… cosa que si yo hubiera visto desde lejos y con distancia como un creador, no hubiera olvidado lo que me dijo Mike mi amigo el dj, me andaría con pies de plomo y bien trucha, como un escritor, hubiera dicho: ¿pero es que éste cuate es un pendejo? ¿Así somos de verdad los mexicanos? ¿Títeres de nosotros mismos y victimizados por nuestras mujeres? ¿Condenados, así como esa vieja canción de Depeche Mode? No había para dónde hacerse, más que hacerse a la idea de cuántas realmente fueron las langostas que nos echamos…

—Oye Dorinda, ¿cuántas veces comimos langosta?

Y la doña: ¿Qué ya no se acuerda joven? Cuando recién llegaron, comieron, y al día siguiente y…

—A ver doña ¿cuántos días hemos estado aquí?

—Contando hoy son cuatro noches…

—OK doña, entonces cuánto es de todo.

Clap, clap, clap, se oía el golpe de mi mano tamborileando sobre la cuarta de forros de Kundera, el oleaje, el viento y arriba un cielo interminable con un sol calcinante. La doña contaba su lana y me decía: ya ve joven, así se regresa al distrito ya bien tostadito, su novia también agarró color y… Ei señora si cierto pero ¿qué pasó con mi amigo el anti tiburones? ¡Ah chinga! ¿mi sobrino? Lo están atendiendo allá en otro pueblo… Me lo saluda doña, y me saluda al señor Amado cuando lo vea, él ya sabe que soy cliente, dígale que volvió el joven con el que tocamos mi amigo el apache español y yo la canción de La Guacamaya… Y ustedes chamacos váyanse a jugar allá o vean la tele, de seguro hoy sale la Pantera Rosa agarrándose a balazos con una F acostada, je, ¿no lo has visto tú?

Los niños me agarraron un silencio cabrón y se fueron.

De mientras, Dorinda salió hecha dos princesas del baño, (yo la veía así por las chelas creo, o también porque no acababa de creérmela) es que la muy cabrona estaba tan guapa, que hay dios… vital, la muy egregia, la muy descocada, venga un beso, muich, y otro y otro… oh… god this is my favorite mistake…

(Dorinda solamente  me veía, seguramente pensando: te tengo bien cogido de los huevos cabrón).

—¿A poco ya te quieres ir? —me dijo.

—Ya… ya es tiempo darling, time is money.

—Para regresar a escuchar tu pinche Radioactivo fm y trabajar en la UNAM, no mames, vamos a quedarnos otro día, yo todavía me quiero asolear un poco… vente.

—No, ya vístete, es casi un día entero de viaje de regreso.

—¿Cuánta lana te queda? —dijo mordiéndose los labios.

Pues como 18 kilos y medio más o menos, no, no me vas a convencer ya nos vamos, ándale agarra tus cosas…

—De repente se oyó la voz inmensa de mi abuelo en el cielo diciendo: ―¡con qué garras!

En éste momento aparece la sombra de Manu Chao diciendo que es un clandestino, pero esa no es la verdad.

Desde aquí todo luce húmedo y perdido, unas calles cualquiera en el Distrito Federal, de noche, cada perro sobre el cartílago de otro perro y los dos buscando arrancarle un quinto a la vida, carajo.

Dorinda lo planteó así, saboreando los 18 mil pesos:

“Mira, ya sé que estás enojado por lo que ocurrió y no lo hemos hablado, ni en los taxis ni nada, pero la verdad es que sigo muy enamorada de ti, yo te amo amor, me gustaría que entendieras a veces mi forma, ya sé que soy un desmadre pero tú sabes que voy a volver a la Universidad amor, no quiero regresarme al D.F. sin haber acabado aquí bien las cosas…”

—Ok, –dije yo— ¿Qué propones? Porque la verdad sí me enojé ¿eh? Pinche estupidez esa de andarse peleando con un gringo así nada más como agua va.

Estaba yo caído de amor, chelas, cansancio y una futura pistola sembrada en la guitarra del Joaquín, que desde muy lejos desde Carcelona decía…………………………prrrrp, te van a chingar carnaval……...

–Propongo, dijo Dorinda, en primer lugar que te bañes porque te apesta el ala y después mi rey, nos vamos, ¿qué horas son?..

–Son las cuatro y pasadas.

–Aah pues mira, deja yo arreglo tus cosas y…

(La muy cabrona no me lo quería soltar a bocajarro, pero se me quedaba viendo hacia mi pecho)

–¿Y qué?

–¿No nos podemos regresar en avión? –Me dijo, como si ocultara algo, quizá por eso respondí:

–Ja, ja, ¿eso es lo que quieres? Oye maestra, mejor quiéreme mucho aquí… es decir, donde me gusta…

–Hay Jáuregui eres un vulgar…

–Nadie nos está oyendo… no, no te creas, si quieres sí nos vamos en avión, nada más hay que irnos a Puerto Escondido y ver qué onda con los vuelos, tú también tienes prisa, yo tengo prisa simplemente porque allá está mi mundo, mi escritura, la UNAM, mi familia, mi todo…

–Sale corazón, entonces luego te cuento unos chistes que escuché en los separos de la policía…

Dorinda dibujó en la playa de recuerdo (afortunadamente acá no hay vendedores playeros o si los hay prefieren transfigurarse en anti tiburones y en esforzarse por que cada uno de los turistas pida más de lo que puede gastar), un corazón grande y adentro de ese otros cuatro corazones grandes que yo la verdad, después de consultar a Milan Kundera alzando la mano y diciéndole acá estoy, no estoy escribiendo ¿qué significa si mi mujer dibuja cinco corazones, uno dentro del otro, del tamaño de una lancha? podría pensarse que es que mi corazón ha encallado y terminará de por vida encadenado a esta mujer, pero/

–¿Qué significa eso eh, chamaca?

–Haaa  ja ja, ¿de dónde se te ocurrió decirme así?

–Tú dime qué significan esos cinco corazones.

Recogimos nuestras cosas, a lo mucho tardamos unos 5 minutos y nos fuimos a esperar el taxi, PERO Dorinda, mientras yo había pasado a darme un baño había armado ya perfectamente mi destino, puesto que el individuo Black 2003, se había acercado lo suficiente para meter en el estuche de la guitarra una pistola como ustedes ya lo saben, querido auditorio, además de un pasamontañas y una revista Proceso con el título de “EL SUBCOMANDANTE MARCOS, ACORRALADO”, y sus ojos tristes, verdaderamente tristes detrás del pasamontañas. Ja, el pendejo de verdad creía que yo era pro-zapatista o quizás Dorinda se impresionó demasiado cuando alguna vez le conté de mi viaje a Chiapas…

Entonces así fueron este par de emparejados, rumbo a Puerto Escondido a buscar el aeropuerto, pasaron el sitio de tasajo y ahí esperaron el camión de vuelta a Puerto hablando nimiedades, que si la luna se veía muy bonita, que si tal vez la langosta era súper costosa pero deliciosa al fin y al cabo, que si ella no leyó nunca el libro que trajo y claro, cómo lo iba a leer, si sus preocupaciones eran otras y era obvio hasta el hartazgo, pero nomás el escritor no se daba cuenta, para él… bueno, él  acababa de recibir su premio. No se creía un tarado, no estaba indignado, pero una persona enamorada necesita ayuda. Una persona enamorada y cansada no se daría cuenta del peso extra de una pistola en el estuche de una guitarra.

 

 

 

 

 

 

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Habla el primer presentador del libro antes de pasar a la mesa:

―¿Nunca fuiste zapatista o sí lo fuiste?

Y yo: en mi vida los he conocido, no sé qué es eso… de tiempo en tiempo se hablaba de turismo revolucionario…

Pero te llamas de éste modo y de éste otro…

Y yo: tengo muchos nombres… la verdad cuando presento un libro me hago llamar como dice Elías Canetti, pero a secas, es decir el que custodia las metamorfosis de la escritura, no el guardián entre el centeno pero la verdad habrá qué reclamar a Kundera nuestra broma. Nuestra burocracia a la mexicana también necesita una broma, una enorme parodia de lo que somos y de lo que no podemos ser.

Y mi presentador:

¿Tampoco nunca fuiste a neuróticos anónimos verdad?

Y yo: hasta donde sé ese es un anuncio de los periódicos.

–Bueno, morra, hemos llegado al aeropuerto, tu hazte cargo de los boletos y todo, que yo vengo madreadísimo.

–Sale Jáuregui, tu siéntate y espera que digan tu nombre, acá están tus cosas.

Inmediatamente se desdibujó entre la gente, en zigzag, buscando dónde, dónde estaría su blackie y también dónde, en que línea se iría  ese… personaje que ella había amado pero que ahora ella quería soñar con asaltar OXXOS y sigo sin entender el porqué de su acto pero quizás hasta yo le hubiera robado 18 mil pesos si los hubiera visto sobre un mueble de su casa, no sé, lo terrible era que era dinero de un premio nacional de literatura.

(Entonces hay que abrir otro paréntesis para decir que sí, afirmativamente, el blackie andaba ya también por ahí y Dorinda le dijo por celular: Te has tardado mucho mi pelos necios, dónde andabas, busca un vuelo para este hijo de perra, del resto yo me encargo, se la dejamos caer suave y que él, ja ja, a ver cómo se las arregla, con el detector de metales se lo van a chingar.)

El aficionado a las armas ya estaba en el aeropuerto  de Puerto Escondido efectivamente, o estaba a punto de llegar, mientras yo leía mi libro simplemente por las ganas de durar y alejarme de la realidad buscando en La inmortalidad, el libro de Milan Kundera.

“Escribo sobre Agnes, me la imagino, la hago sentarse en el banco de la sauna, caminar por París, hojear una revista…” y así se sigue el extraordinario libro. Todos ustedes los presentes… ¿ya han leído La Inmortalidad de Milan Kundera?

(Se oyen risitas, unos dicen sí, otros me mientan la madre otros sólo beben de los Casilleros del Diablo y hablan largo y tendido sobre la literatura del narco, pero de los que están aquí que son mis amigos de carne y hueso, ya la leyeron y les ha gustado mucho).

 

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No han venido todos ellos, lástima, también son mis amigos, les ha de haber pasado algo, un contratiempo, me dice en voz baja mi presentador y yo quisiera alzar la voz y decirle a la de la esquina de hasta atrás que la amo, que la he amado desde que la conocí, pero sé lo que ella piensa: “para eso tal vez no”. “¿Crees en la telepatía?” Cómo recuerdo ese día, pobre de Ramírez Heredia, ya se nos fue con la mayoría o se lo cargó el payaso,  como ella decía.

La portada de La inmortalidad  es así: un ángel varón tratando de sujetar a un ángel femenino que se escapa, la traducción de idioma a idioma no afecta en nada al libro, porque este autor es un coloso que escribe para cualquier idioma, su prosa se la ve como la de alguien que sabe que será traducido a las lenguas más importantes del mundo y que él es una galaxia dentro del microcosmos donde escribe, una ocasión que iba en carretera lo vi en mis delirios de enfermo, se quitó la boina y él era una montaña y lo sigue siendo. ¡El Nobel, el Nobel!

Pero, me dice mi presentador, estamos hablando de tu libro, no divagues de otros libros, tenemos que asegurarle a ésta gente que tu libro vale la pena.

–Eso ya lo sé y de sobra, tú ya sabes que la verdadera autora es esa musa cabrona que me lo dicta desde adentro de la garganta y como ya es hora y la hora es ahora, ya deberían comprar la obra. ¿O tú qué opinas, lectora?

¿Entonces por qué no nos dices que pasó con Dorinda?

Lo que hizo fue hacerse la tonta entre la gente del aeropuerto, buscando hasta dónde estaría su bato, hasta que lo vio entre la gente y seguramente volvió a mirarme a mí, no fuera que el escritor  se diera cuenta.

Momento.  Por supuesto que si lo hubiera visto y después de lo que me dijo Mike, le hubiera partido su madre.

Ella al blok: –Ya está, tengo su cartera, nada más le dejamos para sus chicles y un camión al Distrito. ¿No? Tampoco hay que ser tan gachos.

El Otro: –Tu nada más espera que el güey pase por el detector de metales y ahí en ese momento nos vamos pero corriendo chiquitita.  Y Dorinda: –pagué 2 boletos de avión a la Cittá de México, uno y otro para él.

Ella regresó a mi lado con aire festivo y sonrisa amorosa para decir ya está, ya compré los boletos.

–¿Quién te entiende? Ahora sí muy feliz de irte y hace rato, casi me rogaste que nos quedáramos.

Ella sí logró quererme, ya les digo, aún en su inconsciencia.

Tu quédate con el dinero Pelos, luego lo repartimos –dijo Dorinda desde una pose natural, pretendidamente mucho más sensual de lo que era, pero eso fue antes de verme, y a mí: ya no me contradigas, tú también tienes qué llegar a trabajar al dee efee. La Capirucha.

–Entonces ya sólo a esperar que salga el avión… ¿no reinita? –dije yo.

–Así es… así es…

Y entonces momentos después  por los altavoces del aeropuerto internacional de Puerto Escondido sonó: “Pasajeros con destino a la Ciudad de México favor de pasar a la sala de espera…”

Y segundos después la realidad estalló…

 

 

 

 

 

 

DESPEDIDA

 

El libro no es malo, tiene su chiste, se lee de un tirón (hablan los críticos), pero eres tan mamón que… ¿Cuánto pagarías por una reseña de dos cuartillas sobre la obra? En el periódico que tú leas, ¿te late cacahuate?, ¿te parece o qué?

Y en la presentación del libro la gente aclama: ¿Pero qué pasó con Dorinda?

¿Qué fue lo que ocurrió con ella?

–¡¡OH QUE LA CHINGADA, VÁYANSE A PERÚ A CONOCER A DIOS!

Ya estoy briago con ese Casillero del Diablo, perdón, mejor les cuento que a mi edad y a mi momento, a falta  de peripecias cristianas  destinales a no ser las invisibles he inevitables con las que chocan todos los poetas con el tiempo…

El respetable comienza a aplaudir y todos beben. “¡Salud por esos tiempos!”  “Me gusta cuando dices: ‘¡La poesía contra la barbarie!” “Fotografías por todas partes, la gente feliz comprando el libro, ¿qué más se puede pedir?”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ENTRADA AL FUTURO

 

Hoy le escribí una carta a Flor, según yo, alguien se la haría llegar por correo electrónico hasta el hotel donde supuestamente trabaja de traductora simultánea para eventos de marketing global. La primera vez que me dejaron salir al jardín de éste hospital, escuché cómo se tallaba una sierra eléctrica contra un árbol, lo cual me aterró y me dejó fascinado: era la presencia humana en el hospital lo que no dejaba de asombrarme, o así lo veo ahora, me recordaba la genialidad del cine de Bergman. Según el director de la SOGEM, el dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda, “la mejor forma de conocer una sociedad es visitando sus manicomios”. Es verdad. Uno puede ir por la calle en cualquier temporada del año, incluso en su coche y decir la palabra ―Dios— o ―¡Santo Dios!— como una exclamación y/o pensarla; desgraciadamente los que estamos adentro del psiquiátrico no tenemos ese derecho ni aunque estemos bajo camisa de fuerza. ¿Cómo explicarlo? Psíquicamente es imposible. El otro día, curiosamente (¿Es algo raro al ir creciendo, sentir cómo nos vamos separando y perdiendo, ¿verdad?), jugué ping pong en el solar, es decir, el único espacio donde nos da el sol, con el tipo que me trae en la mira, sé que me odia, sé que se llama E. y no sé nada más. Bueno, además es un imbécil que quiere tocar la guitarra. Según él, esa será su contribución a la vida. Pero era una sensación rara, mientras oía a la pelotita rebotar en ese jueguito estúpido y a la mesa verde y a él del otro lado, aun así podía oler su aliento del desayuno asqueroso que nos dan en el hospital, un aliento feo, fétido, salido. Cuando entré aquí me dijo una enfermera que otro “artista” había estado ahí hasta un día antes que yo. Un tal Poncho o no sé qué, que era el baterista o algo así de Santa Sabina. A la enfermera que me cuidó mi primer día, en la noche la escuché orar… Como a mí eso nunca me lo han enseñado, seguí  durmiendo fingiendo debilidad, la verdad es que tenía fuerzas todavía. Mi padre empezó a llevarme el periódico todos los días.

 

EL POEMA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO

 

Hoy escribí esto Doctor Héctor Ortega, léalo, dígame, ¿Qué le parece? ¿De verdad se la cree? ¿Verdad de Dios? ¡Esto no es locura, es desamor! ¡Esto no es locura es desamor! ¡Esto no es locura es desamor! ¡Esto no es locura es desamor! ¡ESTO NO ES LOCURA ES DESAMOR! ¡ESTO NO ES LOCURA ES DESAMOR! ¡LE DIGO QUE ESTO NO ES LOCURA ES DESAMOR! ¿¡NO VE CUÁL ES EL VERDADERO SECRETO DE TODOS LOS LITERATOS Y LOS LOCOS COMO USTED?! ¡EL VERDADERO SENTIDO DE LA VIDA ESTÁ EN OTRA PARTE! ¡EL SENTIDO QUE YO LE DOY A MI VIDA ESTÁ EN MIS ESCRITOS! ¡YO SÉ EL QUÉ, EL COMO, EL QUIEN, EL DÓNDE, EL PORQUÉ Y EL PARA QUÉ! ¡Y AQUÍ EN ESTE CUARTO HABLO FUERTE PARA QUE ME ESCUCHE! ¡QUEREMOS POESÍA Y DE MÍNIMO PASTO PARA PISAR, ESTÁ USTED LOCO!

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

POEMA QUE NO TIENE TÍTULO LEÍDO EN EL DESPACHO DEL DOCTOR ORTEGA:

 

“Éste hospital te va hacer bailar y farfullar,

aquí toca sacar los dientes al vecino, suspirar

solamente cuando sea en vano la risa propia, la risa

que luego llegará desconcertada y carente de su mágico sentido.

Este atisbo de corazón cautivo, destino, plaza y fundamento,

allá arriba en la cornisa será donde su párpado disuelva,

allá arriba tendrás junto a tu cuerpo los recuerdos,

allá arriba, si es posible, una sutil remembranza de jardines

y su cauce, la región de los besos.

Verás tu infancia marchita caminando por los pasillos,

a la sombra y a la cabellera del vicio invitándote a soñar,

a imaginar, una y otra vez, que se va despidiendo de ti la materia,

la cortesía y la razón humanitaria,

mientras muy lejos,

la televisión habla de los mundos posibles,

de esto y de aquello y del continente mundial

que conquistó junior Bush.

Entonces, tú creerás en algo que te mira caer,

caer para luego levantarte de la marginalidad,

de la paranoia de la voz sin puerto,

del pensamiento hecho sustento y

portento, de un eco desquiciado y la catarsis,

creerás en los abismos del ser, la aurora,

los intestinos y los espejos,

luego la paradoja ideal del amor que se aleja y regresa,

el ciclón de tu paciencia marchita y tus uñas, esquina de una cordura impuesta,

lejana, pero nunca desprovista de unidad y respuesta.

Nostalgia… ¡oh gran palabra idiota y poética!

Un cuarto oscuro con fantasma encerrado, luego una puerta, un pedestal y

un cadalso para gritar: ¿eres tú ese mar? Luego vendrá una orden,

una voz llena de lascivia, hija de perra, y tu pregunta:

¿Cuándo es posible detenerse, ser refractario a la hipnótica pesadilla,

amputar la razón de un verbo que parece medicamento

y que en realidad es la lógica alterna de tu miedo?

Es que es la madera que te detiene junto al hacha,

es la mano, el puño y el espíritu hostil a la prédica, a la ruta fácil,

al dominio pobre de lo bobo y la intriga hecha verdad que circunda.

Las rodillas tiemblan por las risas, irás a refutar todas la risas, que te probarán,

por si lo olvidabas, por qué esta puerta

debe ser de acero y no de cristal.”

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Le dice a un subalterno: –¿Qué hacemos con éste cabrón? Me gustaría refundirlo aquí un tiempo, pero sí es verdad que tiene un premio de literatura, eso pone difíciles las cosas.

El subalterno responde: –¡Pero es un zapatista! ¿No recuerda todo el episodio del aeropuerto?

El Doctor Ortega responde: –Por eso mismo… ¿Qué hacía un zapatista que en realidad es un joven urbano vacacionando en Puerto Escondido? ¿De dónde sacó la pistola?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HABLA EL DOCTOR HÉCTOR ORTEGA AL MOMENTO DE MI SALIDA DEL HOSPITAL:

“ES QUE HAY MUCHAS MANERAS DE MORIRSE ¿NO?” (LO DICE CON SONRISA FRANCA). “CUÍDESE MUCHACHO, ESPERO NO VERLO DE NUEVO POR AQUÍ.”

PERO TRISTAN TZARA NOS RECUERDA QUE NO SE DAN EXPLICACIONES DE POR QUÉ SE ODIA AL SENTIDO COMÚN, PORQUE  LO MEJOR ES HABLAR DE UNO MISMO, POR EL AFÁN DE NO CONVENCER....

Para no envejecer y ser anciano mental,

Para no morir, claro, porque hay muchas formas de morir,

Para auto inventarse, como decía Rimbaud, y cambiar la vida.

Para no explicarse más allá de la raya,

Para enloquecer.

Carajo, qué sé yo.

 

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Me veo a mí mismo, un cincuentón con tirantes y sombrero de paja, teniendo un pequeño bar en medio de esas palapas de Cerro Hermoso, un bar modesto, carajo, un bar de tipo cultural en esa playa y ahí, todavía creyendo en el amor de alguna muchacha, haciendo un poco de pasta, cabello largo, acompañado de un perro, señores, necesito ese refugio, todo éste libro está hecho para esa postal invisible, desordenada y fragmentaria a la cuál diviso como a un aro de humo de cigarro que se deshace en la sala de la casa, necesito esta novela más que ninguna otra cosa, es decir, que gracias a la sagrada trinidad o al sagrado cuadrivio o el mentado pentagrama o un mandala, se publique en el futuro esta novela. ¿Será mucho pedir? Aunque debo de aclarar que coger con esta novela me ha gustado mucho. Ya es hora de mandar las invitaciones y de hacer roncha y cacarear el huevo. “Trata de tal y de tal y la presentación va a ser en… habrá vino de honor… banda, carnalitos y carnalitas, no dejen de ir.” “Aunque –me digo– a lo mejor me escapo con una musa primorosa a un hotel y no llego al evento más que para robarme un Casillero del Diablo. ¿Pues es que qué querían después de todo?”

Ahí está la pregunta y la respuesta, el resto continúa con tu lectura. Por ejemplo, a partir de éste momento podrías elucubrar qué hizo Dorinda  con mis 18,000 pesos o cómo llegó a trabajar de traductora simultánea en un hotel de convenciones de marketing, pero asociar una cosa con la otra sería fácil, mejor vete a la parte en que alguien está presentando efectivamente ésta novela de amor y desmadrado desamor, pero entonces yo no estoy ahí, me he escapado a un hotel con una admiradora y estamos haciendo el amor furiosamente, borrachos y desnudos y mi admiradora (ella es una rockera de pelo rubio pero se lo tiñó de rojo y se ve hermosísima toda embriagada), mientras la embisto locamente me gime y me tira la pregunta y la invitación inoportuna: “¿O-oye Jáu-re-gui, a-amor, que-que tal si-si nos- va-vamos a Ce-cerro hermo-so?”.

 

 

 

FINAL DE LA NOVELA

¿Estoy muerto? ¿Es la época de los cadáveres vivientes? ¿Presenté la novela de mi historia desgarradora con Dorinda o estoy al lado de una pelirroja dormida en mi casa? No lo sé: lo único que sé es que tengo cierta resaca de un Casillero del diablo y que amaneció… ¿Cuál es el mejor de mis futuros posibles? ¿Acaso es verdad que lo que he escrito es una narración prospectiva de mí mismo? ¡Hay Dorinda! ¿Y ese subcomandante Marcos? ¿No está ahora en la selva Lacandona con el nombre de Galeano como dijeron las noticias?

En un futuro posible estoy conviviendo con la pelirroja que sí me quiso y definitivamente no volvimos a Cerro Hermoso, por cierto, nos vemos con frecuencia, ella se dedica a elaborar banquetes en los centros de convenciones de Aguascalientes y quiere tener un hijo conmigo… Después de la presentación del libro continué mis estudios en Aguascalientes y terminé la filosofía, misma que ahora les enseño a los estudiantes de un colegio privado y muy mocho de la ciudad, pero como los filósofos somos católicos igualitos a los mochos pero sin religión, me aceptan sin mayor problema…

Por otro lado, también amaneció, el día anterior presenté mi libro de Cerro Hermoso, firmé muchos autógrafos y está a punto de sonar el teléfono con las felicitaciones y me van a invitar a presentarlo en varios puntos de la República, tengo todavía un trago de una botella de Casillero del Diablo y debo de pensar rápido en cuál de los dos futuros me va mejor, de la iglesia se acercan campanadas que me angustian, lo sospecho… Prendo un cigarro, doy un trago al Casillero y ya está: me empiezo a vestir con mi ropa favorita: mi chamarra de cuero, mi playera que personalmente saqué en un centro comercial con la estampa de una caricatura muy graciosa de Fernando Savater y ni siquiera siento ninguna especie de dolor ni malestar… ¡Yo sé muy bien por qué! No amanecí en Aguascalientes sino en la Ciudad de México, hoy en la noche será la segunda presentación de mi libro del desgarrado amor que tuve con Dorinda en Cerro Hermoso hace años, ¿y quién es Dorinda Flor Amézquita? Sabrá Dios… En su casa la conocen; a lo mejor en esos tiempos la amaba tanto que le decía Flor o Dorinda, a lo mejor se llama Alicia, Bibiana o algo casi contrario a Dorinda como su palindroma: Andrea. O Anabel. Mis amigos de toda la vida saben que a mis novias les pongo como apodos nombres que en realidad no tienen. Es probable, Anabel. “¿En serio no te acuerdas cómo se llamaba?” Dicen las palmeras salvajes de Cerro Hermoso… Creo que en serio se llamaba Anabel, ¿les digo la verdad? Esa pinche vieja ahora me vale madres, ¿Les cuento un secreto? En la SOGEM yo le atraía mucho a una chava que se llamaba Frente al sol, sólo  recuerdo que de regreso de clase ella se iba hasta el metro Hidalgo… Bueno, como esto es mitomanía autobiográfica creo que sí se llama Anabel, tengo todavía la única foto de ella cuando salió de la primaria y se ve muy guapa, ¿hará cuántos años? ¿Qué ha pasado con ese prometedor futuro de entrevistas en radio y prensa? (¿me creo?). En ésta ciudad se presentan tantos libros y hay tantos festivales dedicados a las letras (¡Ja! ¡siempre están vacíos!) que dudo que alguien esté con un micrófono o una grabadora de periodista detrás de la puerta… Suena el teléfono celular: es Eric Clapton, es decir, el que suple la función que tengo en la vida por no conocer a Eric Clapton, sí, él mismo: Julio Morales, el que conocí hace años pidiendo una beca al lado de la Cineteca, dice: “Buenos días Jáuregui, ya estoy desde hace varios días en México, te veo a la hora de la comida en el hijo del Cuervo” “Órales —contesto—, yo te invito a comer, hay por ahí un sitio que se llama la Salamandra otra vez y te va a encantar.” “Cámara, te veo a las tres y media en la puerta del Cuervo.” “Cámaras —contesto—, cuídate, ahí te veo seguro.”

Lo cierto es que desperté tarde, escuché un rato el disco In Our Heads de Hot Chip que me compré en Mix-Up Plaza Coyoacán ese mismo día, no desayuné y a la hora de comer llegué a la plaza del centro de Coyoacán al hijo del Cuervo donde Julio me esperaba. Sonaron las Campanas y pensé que Julio ya conocía la Salamandra otra vez. Cuando lo vi entre la gente, me dijo: “Uy, Fernando Savater —riéndose—, qué fresa.” “Qué te pasa maese —le dije— ¿No sabías que de joven él también se oponía al franquismo? ¿O eres de los que creen que el Quijote al final de la novela da clases para volverse loco a los demás? Mejor cuéntame ¿cómo va la vida en Mexicali? ¿No que me ibas a mandar tu novela?” “Sí Jáuregui, eso te dije, ¿verdad?” “¿Te acuerdas cuando fuimos ahí al Cuervo después de pedir una beca? —le dije mientras caminábamos a la Salamandra otra vez— ¿Nunca volviste a pedir la de Jóvenes Creadores?” “No ¿y a ti te la dieron?” “Nunca, pero ¿que te trajo de nuevo a la ciudad de México, a qué viniste?” Le notaba una especie de humildad soberbia a Julio, me contó que en Mexicali también continuaba tocando la guitarra y que había venido a ver a su gente, entre ellos a mí. “Hace mucho que no nos veíamos Jáuregui, ¿verdad? ¿te gusta tu presidente?” “no me estés chingando, ya dime, ¿qué pasó con tu novela?” “La tengo en una editorial de Baja California”.

            Nos sentamos en las mesas de La Salamandra otra vez y después de ordenar, Julio dijo: —Ya sabrás, muchas negativas en los concursos literarios… ¿tú crees que de verdad el Santo Grial está en México?” Nos trajeron las cervezas. “Pobre de México —contesté—, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, a fuerza que está en México, no solo en literatura, los mexicanos lo inventamos en todo nuestro quehacer todos los días.” “Mmmm —dijo Julio— entonces… ¿brindamos por la conejita feroz?” “¡Ja, ja, claro Julio, hasta con selfie, salud por la conejita feroz!”

 

Se empezó a escribir en 2009 y se corrigió en Diciembre 2015, Aguascalientes.