sábado, 28 de noviembre de 2020

SEGUNDO CAPÍTULO DE LA MUY PERSEGUIDA Y PROHIBIDA NOVELA VESTIGIOS DE CERRO HERMOSO POR MARCOS GARCÍA CABALLERO...

Primer Acto

                                              

La de Cerro Hermoso es una playa semi virgen, como tantas otras de por ahí, con cerca de treinta cabañas y por lo menos cinco restaurantes donde se puede comer buena langosta y barata con micheladas, a menos de una hora hacia el norte de Puerto Escondido por la carretera pegada a la costa. Está a mar abierto, al lado de un río lateral que trae la cauda del Pacífico, donde asoma un peñasco enorme a modo de un cerro emblemático y al que se debe, supongo, el nombre de este lugar. En el rompeolas de la extensa playa para los turistas hay un faro que funciona con luz solar y lo sé porque Joaquín y yo la primera vez que fuimos juntos, nos dormimos ahí abajo del faro entre las piedras colosales y con bolsas de dormir, para evitar la funesta aparición de los mosquitos que diario nos masacraban –se podría decir, aunque, de hecho, los días que estuvimos allá amanecíamos mojados, sudorosos, o vomitados el uno por el otro (en el caso de que pudiéramos dormir, ya que a cinco metros las olas producen un ruido sordo insoportablemente dantesco); pero así fue la cosa, ya que de Bacocho, el fraccionamiento en que nos hospedábamos en Puerto Escondido, nos había corrido mi viejo amigo Miguel, el disck jockey del adoquín (la zona de Puerto Escondido donde se dejan ver los extranjeros), porque le parecía una escena fuera de cuadro de su vida conyugal que dicho sea de paso, ya iba yéndose a pique, el estar soportando (esas fueron palabras de su novia italiana, que de tan tatuada parecía que vivía de hacer tatuajes, cosa que era cierta), es decir, ella no aguantaba los “gritos y las canciones tocadas en guitarra a las nueve de la mañana de esos dos cabrones”.

A pesar de que Joaquín  sabe italiano y de una sentada puede leerme en voz alta la poesía de Cesare Pavese  y una noche le habló para calmarla, la mujer de Miguel nunca nos soportó. De hecho también sus vecinos se habían quejado con Miguel por nuestra visita a su casa… ¡Y al diablo y te meto el sístole y el diástole, pinche vieja histérica! determinó Joaquín en alusión a la italiana, y entonces gracias a nuestro aperrado instinto vagabundo, además del arte de la casualidad, dimos con Cerro Hermoso, sitio al cual sólo es posible llegar por un taxi que sale de un punto determinado entre la carretera de Acapulco y Puerto Escondido, donde hay un buen restaurante de carne de tasajo y muy barato. Pero ahora no vengo con Joaquín, porque él anda por España tocando la guitarra en las ramblas de Barcelona (donde seguramente nadie se quejará de sus gritos y de su voz cascada) y fumando mucha mariguana o hash y eso lo sé porque en México city se hace lo mismo y porque le hablé por llamada intercontinental a su celular y… ¿cómo lo encontré? Pues bien servido, en esa combinación de música con el hash que en realidad es un juego súper simple: te pones a pensar en la canción (por ejemplo, qué tal Shine on you crazy diamond de Pink Floyd), todo da vueltas, termina la canción y tú sigues bien pachecote, entonces sigue otra canción y así te la sigues, etcétera, etcétera, etcétera. Si los caminos de la vida no son como yo pensaba, como dice esa canción que me recuerda, por un lado, los viajes en pesero en la ciudad de México un día de quincena o con cientos de marchas de protesta, por otro lado, curiosamente, mis estados depresivos de mis 25 años, puedo decir que ahora, cinco años después, que los sinuosos caminos del desmadre terminan donde yo sí lo pensaba: el alcoholismo, la bestialización de la persona, la idiotez, ignorancia y locura o, en el mejor de los casos, el estar siempre dispuesto a jugar el papel del bohemio y eterno compadrito que acompaña y que siempre saca el trapito borracho.

Digo que no vengo con Joaquín, de hecho hace casi ya año y medio que no lo veo (2002, finales del verano para ser exactos) aunque recuerdo muy bien el trailer que nos trajo aquella vez de aventón hasta el restaurante del tasajo, el desfilar de las palmeras y la vegetación; la plática con el trailero sobre nuestro eterno malestar por la política mexicana, las frases filosas y radicales (para el Joacanax  Ciudad Universitaria se debería de convertir en campamento zapatista, cosa en la que no estuve de acuerdo; creí que él veía el conflicto chiapaneco más como gachupa que como mexicano, aunque es igual de chile verde que yo). Las frases de Joaquín se me figuran sacadas de la víscera, de la entraña, recuerdo que el trailero le dijo: “Tú estás peor que El Mosh”. Hagan de cuenta las frases que podría decir  un leñador antiguo en el acto que su hacha derriba  un árbol en medio del bosque. Mucho de apasionado tiene pues el chavo. Pero recuerdo más: veo por ejemplo, la forma del espejo retrovisor del trailer en que venía jugando al Hulk mirando mis brazos, saludando a la gente que se cubría del sol con sus bultos al lado de la carretera, y yo con un paliacate de la bandera inglesa en la cabeza que me traje de Inglaterra hace muchos años y, chistoso paliacate, porque ya que lo compré iba caminando bien feliz por la calle, cerca de Picadilly Circus, cuando entonces descubrí, como si fuera parte de alguna broma antologada por André Bretón, que dicho paliacate decía: ―made in USA. ―a que su pinche madre con el mundo unipolar–, dije, tal vez en clara alusión a la madre del que ocupa el puesto principal de la Casa Blanca, allá en los Estados Unidos, tierra que de momento, no me apetece visitar. Y así lo pensaba, aunque parte de mi público son los jóvenes de esa potencia hegemónica.

Bueno, eso por un lado, pero por el otro… quizá Cerro Hermoso tal vez no sea tan hermoso si lo comparamos con la mujer con la que ahora vengo aquí. Si por esta prosa se pudieran cruzar apuestas, les aseguro que preferirían a mi mujer que viajar a Cerro Hermoso. Pero desocupado lector(a): como esto es o más bien pretende ser literatura de la buena, te tendrás que conformar con frases, descripciones, acciones y atmósferas y promete darle el golpe a mi literatura al encender su lectura, porque la neta Cerro Hermoso está hasta donde el viento pasó y dio la vuelta y de mi mujer ya ni hablemos.

Algún amigo en esas borracheras del pandillerismo bohemio que me tocó vivir (y del cual me alejé un tanto para no ser siempre “compadre” o solamente el broder buena onda con el que te echas la caguama) me dijo muy seguro: ―El mejor piropo que le puedes hacer a una mujer es pensar hacia ti mismo y decirle a ella que el universo entero es sólo hacerle una alusión–. No sé si ésta frase fue sacada de un libro o qué, pero la neta está buenísima: tiene estética: ―ante ti, mujer, el universo empequeñece–, igual que las cervezas de aquella vez, que también lo fueron, junto a una mesa de ping-pong y las canciones de U2 y los Rolling Stones a lo bestia, a lo más que daban unos bafles que yo mismo armé y a ella también, con la vuelta de los años, la tuve sentada en esos bafles, no te muevas, no te muevas, déjame que te tome una foto mental sin que te des cuenta, déjame devorar en un rozón de la mirada algo de tu esencia y  existir, quiero recordarla así mientras espero nervioso en el teléfono para hablar con ella en ésta noche difusa, en que somos algo que intercambian la razón y el deseo en su callejón de huesos y míseras ratas, quisiera recordar las palabras que me dijo con tanto aprecio y tener presente lo que le pregunté desde la ciudad una noche en pleno Zócalo en vísperas del Día de la Independencia con luces refulgentes por todos lados:

—Oye Dorinda ya la neta, ¿qué virtud te gusta más de un hombre?

—Oh, tú sabes… la paciencia.

Aunque recuerdo eso, no sé cómo imaginarla ahora, es demasiado el nerviosismo. Me queda claro que el tipo que intentó seducirla en un antro de Puerto Escondido era el clásico gringo payaso pasado de listo de los que normalmente pululan por las playas mexicanas, tipos  de los cuales las mexicanas se enamoran de su cartera mucho más que de cualquier otra cualidad. Pero es que ésta mujer haría querer hacerse pasar por listo hasta al más idiota de todo Puerto Escondido, incluidos los y las que se tatúan la cara y los brazos (yo sólo tengo tatuajes en los pies). Siempre pongo los pies en la tierra, a veces también las nalgas, cuando estoy sentado soñando  algo así como mis propias utopías. Escapar o ser parte, thats is the cuestion.

Para empezar la historia, resulta que me había caído inesperadamente una fuerte cantidad de dinero por cierto premio literario en el que decidí participar y obtuve el primer lugar (contar esto es determinante para el relato: súbitamente tuve millones de amigos que llegaron como zopilotes sub literarios a ver qué pellejo del Jáuregui  les tocaba, lo cual, para mi despecho, no melló mi humanismo solipsista y me hizo creer que yo gozaba de cierto privilegio, quizá metafísico). De hecho, con el dinero pensé cruzar el charco e irme a visitar a Joaquín a Carcelona, pero me salió con su bateada de babas diciendo por teléfono que vendría próximamente a México a comer peyote y cuando vino se fue a un pueblo perdido en el desierto de San Luis Potosí, donde conoció a Dorinda  haciendo esa misma constructiva actividad con unos amigos suyos de Italia. Cuando los dos volvieron a la Ciudad de México, me la presentó en una cantina allá por el amado rumbo de San Cosme; en esa ocasión, si no mal recuerdo, ellos platicaron mucho de sus respectivos viajes (Dorinda jugando el papel de culta y  experimentada y Joaquín burlándose de mi experiencia viajera enfrente de ella: “mientras éste güey escribe yo he cruzado medio mundo: conozco Irlanda, Grecia y Marruecos y he trabajado en Italia, viejos tiempos de nuestras borracheras ¿verdad cabroncito?”). Solamente respondí que sí, que hacía mucho tiempo trabajaba yo en el INEGI y Joaquín se hacía pasar por misionero cristiano para pedir dinero de casa en casa y les dejé ver a los dos que yo ahora tenía orgullo de escritor pero ciertamente un poco apantallado por su belleza, (―no es que sea despampanante, pero tiene algo, un aire pesado y sensual, hueso duro de roer—le dije de regreso a Joaquín en el metro, y él había pagado la cuenta de la cantina, por lo menos.) Pero le escribí su nombre y un poema famoso de Ernesto Cardenal en una servilleta y se lo regalé junto con mi e-mail, mientras la cantina retumbaba su escándalo futbolero y quizá ese detalle hizo que me prestara mayor atención de lo que yo había supuesto cuando pensaba en mis posibilidades con ella. (La segunda vez que nos vimos me enseñó esa misma servilleta pintada con su lápiz labial). Joaquín volvió a Carcelona y prometió regresar por éstas fechas, pero tres semanas después, tras de vernos casi todos los días, Dorinda y yo ya éramos pareja, nos habíamos encontrado muchas semejanzas ciertamente, (¿o será que los cuerpos se parecen en la juventud?, ¿o será que necesitábamos creerlo? Era cosa que platicábamos mucho, como si se tratara de un modesto psicoanálisis mutuo basado obviamente en el aroma y el picor de la hormona furiosa) y tres meses después, con la publicación de mi libro, Dorinda se puso  hecha casi una fiera de felicidad por su nuevo writter chilango cuando supo que 30,000 mil pesos me correspondían gracias a mi veta literaria y a dos que tres secretos personales que decidí publicar como grandiosos proto pecados libertinos en una antigua historia en la que, de repente, surge un narrador en tercera persona que narra la historia de los otros personajes y se propone algo como juego de muñecas rusas, todo bajo la cultura posmoderna y las quimeras de la globalización entre jóvenes desamparados como yo, mi novia de aquél entonces y mis cuates. Algo tenía ésta playa, yo sabía que tenía que volver, sentir que podía realmente triunfar en el mundo literario es cosa que honestamente todos los escritores de mi generación aplazarían para más tarde, considerándolo como una seria posibilidad sólo distante en un país como éste; pero ratificar los méritos que el jurado había sostenido sobre mi obra, al lado de Dorinda, aquí en Cerro Hermoso, se antojaba inolvidable y además, ella estuvo encantada con la invitación y hasta una noche me besó la mano en agradecimiento, a lo que yo, como recomienda el proverbio, solamente me hice pendejo y me dejé envolver por sus besos.

Una hora y media después de un viaje zigzagueante y agotador en camión desde la Terminal Sur de Taxqueña hacia Puerto Escondido, y de otro camión foráneo que tomamos en el atardecer en la costa, hacia ese sitio del tasajo (íbamos parados por tanto movimiento y  se me ocurrió empezar a piropearla con Ernesto Cardenal  y los demás pasajeros nos desearon una “feliz luna de miel jóvenes, cuídense mucho”) Dorinda y yo nos encaminamos en un taxi en medio de la selva rumbo a Cerro Hermoso. La noche era perfecta con esa fresca sensación de aventura y yo estaba ávido de noches libidinosas y traviesas con Dorinda. Recordaba a un tal señor “Amado el de las aguas frescas” de la vez que vine con Joaquín y pregunté por él, pero según supe por otro lugareño, se había marchado a Detroit de ilegal en busca de un trabajo mejor que ser pescador de langosta o de estar rascando su guitarra y su pobre garganta frente a los turistas a cambio de unas pinches monedas... Eso es lo que le pasa a la mayoría de la gente que vive en playas como ésta: uno se imagina, como tal mundano de la megalópolis, que éstos tipos se lo pasan a toda madre pescando langosta, tumbándose en las hamacas para decir: ―¡Óyeme güera, dame otro pescado y otras chelas!— y luego, de vuelta a empezar con lo mismo al infinito, pero en realidad le tienen un odio al aburrimiento y a la pobreza, que los hace largarse. Las playas casi vírgenes como Cerro Hermoso, cuando no es temporada de paseantes, están llenas de madres solteras y niños llenos de arena en la cara. O por lo menos eso pude constatar en las tres veces que fui y que no era como la playa de Maruata donde hasta con heroína te puedes empachar unos sospechosos huevos rancheros a pocos metros del famoso peñasco “El dedo de Dios”, en medio de  casas de campaña de gente difícil de ubicar entre juniors o iletrados pobres diablos. Antes de llegar, se había iniciado una conversación entre dos individuos y Dorinda, que venía entrevistándolos (ella siempre tan simpática, tan popular con los efímeros desconocidos) a bordo del taxi, recomendándoles que no se fueran de ilegales y que qué bueno que les gustara la onda grupera (no como al novio suyo, que era un sofisticado mamón, pensé  que quería decirles en realidad). Los interpelados se perdieron bajándose en unas casas tres minutos antes de la playa, en un poblado sobre la vereda al lado del río que entra desde Cerro Hermoso (donde poco después casi muero en un intento de aprendizaje de arrancar ostiones de los corales) y le regalaron unas conchitas de mar con las que estuvo tomándome el pelo un buen rato. Después nos llegó el turno de bajarnos, ya en la zona de las treinta palapas, buscamos  inútilmente a Amado, gritamos  en todas las cabañas: “¡Hooolaaa! ¿Hola? ¿buenas nochees?”, a lo que nos respondieron unos niños descalzos que Dorinda   delicadamente les preguntaba sus nombres y les hacía  plática, diciendo que en un rato algún adulto saldría detrás de la cortina anti moscos de la palapa donde dejamos nuestras mochilas. Dorinda tenía ganas de darse un baño; en el bolsillo yo traía cerca de 20,000 mil pesos y quedarnos a dormir en esa palapa, adentro de su tienda de campaña, era la opción más apropiada, así que indagamos dónde podríamos pasar a darnos un regaderazo.

—Pues ahí está, aquí es— le dije a Dorinda mirando una regadera para quitarse la arena de los pies, al lado de la cual, a esa hora de la noche, se podría decir que era un baño sui generis sin ninguna pared más que una cortina y además, con vista panorámica hacia el Pacífico. Dorinda se me quedó mirando unos segundos, esperando una acción de mi parte. Inspeccioné cual era el lado del agua caliente y me comencé a desnudar y le dije que no esperara algo más místico o críptico que eso (algo  acorde con su forma de ser: eso era lo que la hacía interesante; nunca una queja, nunca recurría a la dependencia, podía comer lo que fuera y le encantaban los viajes entre otras cosas), que la serie de Tom y Jerry o La Pantera Rosa en una televisión modelo antiguo para finalizar el día, además de un par de cervezas y, que si nos iba bien, alguien nos haría de cenar arroz con pescado. Inesperadamente, se echó a reír y se fue desvistiendo, diciéndome ―ese Jáuregui, qué espontáneo, ni quien te viera mi rey-; afortunadamente el agua estaba igual de fría que la cerveza, ya que el calor en Cerro Hermoso, aunque sea de noche, es el equivalente en las pláticas a lo que la política lo es en la ciudad de México, es decir, es un tema de bastante consideración y desconsiderado con quien de ello platica; sudábamos después ya vestidos y de los moscos se sentía no el picotazo sino lo tupido. Ya al terminar, Dorinda celebró la naturalidad de nuestro primer viaje juntos, con su risa y sus palabras en italiano: ―andiamo, Jáuregui, andiamo, vístete flojo—. Como sólo una mujer enamorada puede, el hecho descabelladamente mágico de casi apenas conocerme y ya estar conmigo en una playa, bañándonos muy espontáneos a la luz de la luna y era lógico que la teoría, la maldita teoría lógicamente estudiable de este mundo ilógicamente incomprensible, estaba lejos, hasta los libros por estudiar en la ciudad de México, ya que recién había egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM, y había mucho por estudiar y escribir mientras que ahí, había toda una localidad por descubrir y, sobretodo, toda una mujer por redescubrir. Al poco rato, ya con ropa de playa y cerveza fría en la cabaña de uno de los lugareños, la televisión la tenía entretenida (aunque evidentemente su interés no le prestaba ni el más mínimo crédito: Dorinda siempre tan ideal y sintonizada a todo momento, y el momento para sintonizarse era la noche inabarcable además algo de mí, quiero suponer) y todo parecía indicar, desde ese instante del regaderazo, que ese viaje daría de qué hablar en nuestras mitologías personales como sólo la magia del primer amor (que es todo gran amor) puede hacerlo, o por lo menos eso imaginé después cuando nos columpiábamos en las hamacas de relajo, pero realmente Dorinda venía con ganas de comerse el mundo a puños así que, a falta de mejor actividad a esa hora y con el cansancio del viaje, ella decidió que nos acurrucáramos  bajo una palapa vieja semi alumbrada para, entre otras cosas, despedazar, gracias a su gusto,  la personalidad de alguno de nuestros amigos de México con nuestra plática y otra tanda de cervezas y uno de sus típicos churros de mariguana al igual que sus  torpes arrebatos de ternura. Siempre eran amigos míos a los que les tocaba la suerte de ser quemados, ya que Dorinda no me había dejado conocer ni a su familia (lo que más sabía yo de ella era su afición a las matemáticas; había dejado la carrera en cuarto semestre y, por otra parte, su pasión por la vida anecdótica, de esas sí que me sabía todas; quiero decir, cada vez me sabía una más); debido a esto, me pidió que habláramos por teléfono con Joaquín; el polo positivo, el único de mis amigos que le caía bien y que seguramente a esa hora estaba roncando en algún barrio de Barcelona, (que bien podía ser el Albaicín y Concell de Cent, si es que ahí lo había agarrado la madrugada).

No me pude negar, aunque ya estaba bastante cansado por el viaje e impaciente por dormir con ella nosotros solos; ella sabía que traía dinero suficiente y la dejé que marcara a su gusto por celular mientras iba caminando hacia el mar y se escuchaba el oleaje arremetiendo contra la playa. Mientras ella hablaba y se alejaba, empecé a divagar para mis adentros sobre la trama tejida entre los personajes de un libro de Milan Kundera que estaba leyendo y quise buscarlo en la mochila; el libro era La inmortalidad y seguramente eran los monólogos en el limbo entre Hemingway y Goethe lo que me quedé revisando a tientas en la oscuridad cuando regresaba Dorinda, que venía riéndose y sólo alcancé a escuchar que decía:

—Órales güey, te lo paso.

Hablé con Joaquín y escuché que estaba bajo los efectos del hash y tocando la guitarra efectivamente, en la soledad de su departamento del Albaicín y Consell de Cent, seguramente en uno de sus ratos bohemios y nostálgicos, pero algo me hizo sentir que se había producido algún secreto no muy a mi favor entre Dorinda y él por el teléfono, una cosa que regularmente intenta Joaquín con mis compañeras (además de querer robármelas) pero ¡qué diablos! ¡No me iba a comportar como celoso paranoico siendo que el otro estaba hasta el otro lado del mundo! En la noche, Dorinda se veía muy hermosa con el pelo mojado y su blusa y su pantalón de batalla. (“Es una batalla quitárselo”) pensé, tal vez, o tal vez lo dije después riendo, pero cuando colgué con Joaquín prometí volver a hablarle mañana, Joaquín sólo dijo: “Pssss, vas maestro” y no le pregunté nada sobre la llamada a Dorinda.

Comencé a decirle a esta mujer por qué me gustaba tanto ese lugar; al día siguiente —dije— verás cómo se eterniza la playa hacia la derecha, mientras que por el peñasco de Cerro Hermoso crece la marea. La vez que venimos Joaquín y yo conocimos unas chavalillas  del Distrito; cuando se enteraron de mis libros quisieron que les hablara sobre poesía y libros toda la noche. Estuvo chido, armamos una fogata y Joaquín tocó la lira. Claro, dijo ella, y ¿no te acostaste con ninguna? “No, evidentemente, no…” Cuando Dorinda  me hacía ese tipo de preguntas, en parte por coquetearme, en parte por joderme, ya fuera verdad o fuera falso, era mejor mantener caballeroso y administrativo silencio. “No te creo”, dijo con aire inalcanzable, se untó crema en los hombros anti-mosquitos y se levantó de la hamaca para  mirar el mar más allá de lo que las luces de las palapas pudieran alumbrarla; solo alcancé a ver su sombra y su ropa blanca agitándose al viento de la noche y sentí que ella tomaba una decisión frente a la noche del inmenso mar; por unos segundos creció mi amor hacia ella y suspiré aliviado. Estaba consciente de que desde que había ganado el premio estaba viviendo los mejores días de mi vida y sabía también, o por lo menos empezaba a atisbar, que tanta felicidad no podía durar ininterrumpidamente. Me unté crema yo también y la cerveza ya me estaba mareando.

Una mañana, hace mucho tiempo, me desperté en mi casa de la Ciudad de México y recibí dos llamadas: una era para avisarme que había ganado el premio… (momento: esa llamada lo primero que hizo fue quitarme el tormento de haber abandonado la carrera de sociología en la Universidad La Salle), la segunda llamada era la de mi padre, que me invitaba a desayunar en un Sanborns. Cuando llegué a la cita y le dije a mi padre que había ganado el Premio, supe que en el desayuno no tendría que hacer buches de arrepentimiento con la comida que él pagaba y, además, para mi suerte, por entre la gente que estaba pagándole a la cajera, alcancé a ver a José Vidente Anaya, mi amigo el director de la revista de poesía Alforja, todo él tan poeta, tan budista y tan chamánico, que se da el lujo de verse con esa barba de visionario y siempre bien vestido. Me paré y le hablé. Le dije que me había ganado un premio y yo creo que fueron muchas noticias para un instante: mi casa queda lejísimos de ahí para estar un día entre semana desayunando en ese Sanborns que a él le queda tan cerca; sin embargo, asombrado de verme, Vicente me felicitó y se fue. ―Muy bien, te felicito–, dijo mi padre también y días después vino la ceremonia de premiación y etcétera, en fin, un éxito, ¿pero, realmente vivir de eso? Imposible, triste y llanamente. Precisamente como es imposible, supe que tenía que barajear mis cartas muy rápido antes de que volara el dinero inútilmente y convencí a Dorinda unos pocos días después de ir a ver al maestro, además, para que no se nos fuera el encantamiento en el que claramente ya estábamos flotando.

Se trataba de una lectura de poesía en La Casa del Poeta, quien leería era Laura Jáuregui, poeta de Saltillo y ex alumna de Vicente, así que le dije a Dorinda  que ese día las cervezas sólo nos las imaginaríamos y que deberíamos ir. “Sipi, pero ¿cuándo hablaremos de matemáticas, compartir mis gustos? Siempre hacemos lo que a ti te gusta, mi cabroncito.” me dijo. “Las cheves nos gustan a los dos y no exageres, además ni siquiera me has dejado conocer a tu familia”. “Bueno, ok sí bonito, quieto, vamos a la lectura, pero de mi familia ya ni preguntes porque ya sabes que me llevo mal con ellos”. Así que fuimos caminando de mi casa a La Casa del Poeta y, contrario a lo supuesto, el evento lucía un tanto desangelado. Subimos las escaleras, pedimos refrescos y saludamos a Vicente y a Laura; después ella leyó unos poemas regulares desde mi punto de vista y Vicente hizo reflexiones en torno a la poesía. Intenté rebatir a Vicente en la ronda de preguntas (“categóricamente ésta poeta no tiene futuro y para colmo tiene mi mismo apellido” pensaba yo para lucirme con Dorinda), pero Vicente se las ingenió pacíficamente y con tranquilidad, para acabar diciendo entre líneas que todas las voces de todos los poetas se necesitan, que no fuera excluyente, etcétera, creo que hasta de machismo literario fui acusado aquella vez (ah Vidente, te odio sabiéndote más encurriculado en los menesteres literarios, porque yo sólo estoy enculado por ésta vieja, desgraciadamente enamorado todavía queriéndole robar imágenes al viento sobre ésta mujer que se me desdibuja cuando la pienso y la arácnida acuarela de la melancolía no lo logra aceptar que ya se ha ido; pero te abrazo, definitivamente para siempre por tu amistad a toda prueba y tu generosidad y todo lo que has hecho, vaya inmenso, José Pacheco Anaya). Al final, Laura Jáuregui regaló hojas  con sus poemas y dibujos y fue muy aplaudida, hasta a mí me regaló uno que conservé durante muchos años, pero yo veía a Dorinda, sentada a mi lado, que al parecer no le hacía ninguna gracia la poesía de aquella poeta (Dorinda siempre la mejor de las mujeres: Le pregunté: “¿Qué te pareció la lectura?” Evadió mi respuesta y me sonrió con ironía: “Tú eres el mejor poeta mi rey”.). Mi ego se sintió invocado así que deslicé mi mano por la mesa para tomar la suya y le di un beso estilo buen caballero. Y sólo nos despedimos y nos fuimos. Pero me di cuenta que aquello de conocer a Vicente realmente le fascinó: unos días después, mientras nos acabábamos una botella de ron con otro colega escritor, Dorinda aplaudía en mis barbas esa grandeza de Vicente: “Si lo vieras Enrique —le decía a mi amigo—, Vicente es un señor todo tranquilo, toda su voz, toda su cara, su presencia irradia una tranquilidad magnífica, de veras Jáuregui, gracias por presentarme a ese hombre”.

Así era la cosa… Dorinda estaba tan encantada de conocer al Vicente Anaya que aún borrachita se atrevía a decírmelo, dejando clara la ambigüedad de nuestro amor. Esto tiene su porqué. Hay algunas mujeres que van por la vida escudándose de los hombres y no se dan cuenta: eligen amigas súper atractivas, eligen hacerse hermanas de sangre de la sexy, de la chic, de la más buena, de la femme fatale,  en fin; todo con tal de que a la hora de estar con los hombres no las vean y vean a la amiga y ellas sientan la compañía y aprendan a copiar el tejido. En las actividades de los hombres, por ejemplo las típicas parrandas del dar el rol en la nave, consiguen pensar: “que vean a mi amiga, yo no valgo tanto”, o para una anti demostración: ―¿Qué tanto le verán a esa? ¿Por qué no me ven a mí que soy experta en la poesía de Ana Ajmátova?– Lo más increíble de Dorinda  era que estaba tan segura de sí misma que lo único que necesitó fue a Joaquín, mi mejor amigo, para conocerme, además de su delicadeza que discretamente descollaba, que debajo de esa piel vivía un huracán. Ah Dorinda… he de reconocer que sentí un suspiro, eso significaba salir al OXXO a comprar más cerveza. En cuanto a belleza interna, las mujeres que desarrollan cualidades masculinas son las mejores: me gustan independientes, guapas e inteligentes, obviamente, pero cuando te siguen hasta en tus vicios masculinos y lo hacen (porque bien lo sabes), que lo hacen por ti, ya cruzaste la Muralla China y cenas en París todas las noches tu último Gran Tango. De Dorinda nunca conocí un solo amigo o amiga (sólo sabía que me odiaban porque según ella me decían desde lejos: “Es el nuevo tarolas pendejo que la había conquistado con su poesía”. Tristes pendejos: pues ¿para qué chingados creían que escribía Octavio Paz sus poemas amorosos? ¿Acaso creían que había falsedad en esos poemas? Ya que realmente en este mundo y en éste país todo conspira para que nadie escriba —¡Si casi ni siquiera se lee!—, entre Vicente y yo teníamos la teoría de escribir como guerrilleros, como amantes, escribir radicalmente quiero decir, como si cada texto fuera el último, el testamento de cada noche afortunadamente postergado y ya en trámite de publicación, escribir hasta en las servilletas del restaurante en un momento reflexivo de la conversación, escribir incluso que me miro a mí mismo escapándome del escritorio hasta escalar  el techo del cuarto y verme con las manos sobre el teclado escribiendo con los pies clavados al techo ya con el punto final del texto perfectamente identificado,  dejando la voz a micrófono abierto sobre el papel, escribir, siempre escribir, escribir hasta para criticar al pinche Octavio Paz o al pinche Carlos Fuentes, que por cierto, de pinches no tienen nada más que lo grandes entre grandes que fueron, son y serán bastante tiempo en la Literatura Universal. Dorinda  ante mí se comportaba como toda una hembra de mundo sin necesitar a nadie más para respaldarlo, ni siquiera a su madre, ni siquiera su hermano tarado wannabe baterista, que nunca conocí pero me mandaba saludos con ella. “¿Qué te cuenta tu amigo Vicente Anaya?” Preguntaba Dorinda. “Nada —decía yo—acaba de terminar un libro de ensayos en que refuta las ideas de Octavio Paz.” “Y tú mi rey —decía— ¿Por qué no haces un ensayo sobre la poesía de Ernesto Cardenal?” “Porque ese ya tiene su lugar”. “¿Cuál?” “Tus piernas”.

El sexo con Dorinda era de lo mejor después de que el trabajo me quitara las energías, normalmente nos quedábamos todo el día en mi casa cuando yo regresaba de mi trabajo en la UNAM (yo solamente trabajaba miércoles, jueves y viernes como asistente en uno de los Institutos de Ciencias De La Tierra) y después ella llegaba a mí casa, bonita y lanzándome besos a la distancia, como si me la encontrara recogiendo uvas en un laberinto de arboledas, entonces comprábamos una botella de ron o unas cuatro cervezas y luego nos acostábamos y me auxiliaba Ernesto Cardenal en la sección de piropos; ya ebrios y desnudos, oíamos  a La Maldita Vecindad o Peter Gabriel o Men at Work o Dire Straits y entonces nos echábamos uno o dos polvos, como se decía antes. Siempre era yo el que se dejaba llevar más que ella: una noche en que llegamos juntos al orgasmo, me dijo cuando me le abalanzaba encima para besarla y ella quería ver el signo del placer que me provocaba:

—Oye Mateo, mira nada más qué carita… eres un niño híper cachondo…

Y así quería yo estas vacaciones: para follar con ella como loco, como siempre lo he sido, como animal deseante y desdichado schopenhaueriano, vaya Dios, vaya cosa. Cuando regresó de ver el mar ella misma armó la tienda de campaña, adentro de la palapa, el oleaje se escuchaba fuerte pero sin problema. Ya eran cerca de las doce de la noche cuando nos metimos, yo me imaginaba que podríamos hacer el amor para celebrar haber llegado victoriosamente hasta esta playa oaxaqueña, pero con esos guiños que se hacen entre sí las parejas (sobre todo lo hacen las mujeres) me dio a entender que estaba rendida y que ya la dejara descansar. ¿Descansar? dije un tanto asombrado cuando la entendí. “Mira Jáuregui, todavía no sabemos quién ande por ahí, así que mejor tranquilo ¿no? mejor ya acuéstate corazón”, me dijo un tanto exasperada y pues ya ni modo, me tuve que dormir con el pene latiendo furiosamente  toda la noche. Yo sabía que la playa de Cerro Hermoso era tranquila. Pero la dama siempre es la dama, era la dama, la utopía de carne y hueso y, había hecho finalmente, temblorosamente, acto de presencia.


viernes, 27 de noviembre de 2020

CUENTO INVITADO (POR ANILÚ HERNÁNDEZ)

 

EL INQUILINO

Por Anilú Hernández Bastida.

 

 Al despertar Ángela no abrió los ojos, prefirió dejarse llevar por la excitante sensación del desprendimiento. Nadie le había dicho como hacerlo, tan solo se dejaba ir, se agarraba con fuerza de algún recuerdo guardado por la casa de la infancia y aparecía allá, etérea.

    Una parte de su conciencia le alertaba sobre la verdadera ubicación del cuerpo, pero ella había aprendido a hacer agradable ese estado casi mortuorio. Era mejor seguir, explorar  aquellos espacios intangibles. A esas alturas, conocerse en ese ámbito le resultaba más interesante que la cotidianidad de su vida.

    ¡Ya está!Se dijo aquella vez desde su silencio cuando se sintió “salir”. La distancia se hizo ínfima; un hilo delgado en la inmensidad. Era como hacerse uno con el aire.

    Una vez en la vieja casa, pasó por encima de aquél librero pequeño que, en otro tiempo, le había parecido enorme: vio el papel tapiz de flores rayado por sus hermanos y la alfombra azul todavía manchada por sus primeros cosméticos. Casi pudo reconocer aquél aroma seco no por el olfato, sino porque ella, en ese estado incorpóreo, llegaba a convertirse en una parte de él.

    Reconoció el espejo grande enmarcado en madera, las copias de pintores famosos en las paredes, las postales de viejos amigos de la familia. Todo intacto, igual que antes de mudarse. Al menos su habitación no había sido tocada. Eso la reconfortó.

    Fundió luego su silencio y su respiración con los de la casa; con su cocina, sus escalones de madera, sus sillones color tabaco. Se depositó en el ajetreo guardado en las paredes y en los pisos.

    La casa es mía ahora según la leyescuchó de nuevo decir al cínico y despreciable tipo, sabía muy bien hacer gala de un desdén que la aniquilabaLlevo varios años viviendo en ella y usted a penas si se apareceLuego, los ecos de los juzgados parsimoniosos, indolentes, incapaces de justicia alguna.

    Al acercarse a la estancia, vio la pequeña caja musical. Vino el recuerdo de la madre, las palabras abruptas en medio de la madrugada:

    ¡Olvídate de todas esas cosas raras. No me molestes, que luego ya no puedo dormir y mañana hay que ir a trabajar ! 

    Mamá, es que tengo miedo. Siento que el alma se me saleLuego, el portazo sordo, el fastidio de su madre. Y ella, sola en la oscuridad, con las manitas sudorosas empuñando el pantalón de pijama.

     Recordó también durante su vuelo que, años después, ya no buscaba la luz de una lámpara sin dormir hasta el amanecer, ya no temblaba porque su espíritu no quería permanecer en su sitio. El miedo se fue, igual que su madre.

     ¡Es la herencia de mis padres. No puedo permitir que ese vividor se quede con la casa!.

     Poco a poco, entre recuerdos y polvo, Ángela, en su materia más intangible, se  acercaba al cuarto del inquilino. Encontraría ese punto sustancial y  preciso en el cual, desde aquella realidad, es posible tocar la burbuja del otro.

    En el fondo de la noche serena, el hombre tuvo el sueño fatídico: Las paredes y los pasillos de la casa se curvaban y retorcían hasta cernirse sobre él por completo. Y en una dimensión que él no comprendía, ahí donde la intención  se potencia y se proyecta más allá de lo que podemos imaginar, fue testigo de la transfiguración de aquella mujer que, para él, había sido hasta entonces tan débil, patética en realidad. Atrapado en la pesadilla, hundido en una atmósfera que lo mantenía completamente empequeñecido, sucumbió ante el ataque de aquél peso enorme que le invadía los sentidos y terminó por extraerle el último hálito.

    Al otro día, Ángela amaneció cansada pero, dejó la cama tan pronto despertó y se dispuso a tomar el primer autobús hacia la ciudad. Nunca antes se le había visto tan resuelta. Se vistió y se escuchó a si misma:

    Voy a recuperar mi casa.

    Minutos más tarde, el vecino de la casa de Ángela, a siete horas de camino, dejaba un mensaje en la contestadora:

    Llamo para decirle… no sabemos cómo sucedió solo que el que reparte la leche tocó y tocó y nada, se le hizo raro… luego le pasó lo mismo al de los periódicos y… que más le digo: su inquilino está muerto.

 

miércoles, 25 de noviembre de 2020

ÉSTE ES EL PRIMER CAPÍTULO DE LA PROHIBIDA Y MUY PERSEGUIDA VESTIGIOS DE CERRO HERMOSO, POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Habla el moderador de la mesa

 

 

A mi edad y a mi momento, a falta de algunas otras peripecias cristianas destinales, a no ser las invisibles he inevitables con las que chocan todos los poetas con el tiempo, como nos decían (¿o lo inventé después por vivir del hambre en cada línea  de la  rima  ríspida y rauda de mis erráticos versos? ) los maestros de la SOGEM; es decir,  la Escuela de Escritores de la gran Tenochtitlán, me parece suficientemente claro que lo que escribe el autodenominado ―escritor— o el literato se coloca proféticamente en su futuro. Yo presentaré éste libro, a ver si se me cumple tamaño papelón excéntrico en estos tiempos de miseria, ignorancia y corrupción.

La escritura es jugar con el tiempo. Las líneas argumentativas paralelas, las escaleras filosóficas, las moscas circundantes  y los chismes literarios  cosmogónicos de nosotros, los  finalmente escritores… No necesariamente el futuro a pie juntillas y ya envuelto como regalo pomposo o miserablemente hecho un puñado de letras, pero lo que sí es cierto es que la escritura recrea, inventa el futuro en primera instancia, de quien escribe. Digo, para ese caso escribo que seré Premio Princesa de Asturias en 2022. Esa parte de ti que vuelcas al papel te salva y te condena, ya sea divertimento, cuento, imaginación hiperbólica, narración erudita, ensayo en filigrana o poema de largo aliento: todas estas formas tratan la escritura como un vagabundeo, una forma más de vagabundear, de echar una mirada a lo que está ahí y no se deja ver, o lo que todos saben que podría estar ahí y quisieran ver de alguna forma, (¿lo que debería estar tal vez? ¿la utopía colectiva sepultada por debajo  del imaginario?) en cualquier lado y especialmente en el futuro, principalmente en el futuro: Nuestro tercer renacimiento porque... ¿Qué otra Utopía podemos esperar a éstas alturas del partido sino un Tercer Renacimiento Mundial ante ésta Edad Media Tardía? Por éstas razones y por éstas condiciones, éste pedazo ardiente de mitomanía autobiográfica  es un fragmento en el caleidoscópico escenario de la Cultura que, frente a la Política reinante, se presenta como su alter-ego. Y eso es lo que nos convoca ésta noche: ¡Bebamos! ¡Salud y arriba las copas! ¡En el Proscenio  Jáuregui  y Dorinda danzan y juegan el doliente juego del amor mientras el Océano Pacífico les trae los vientos del erotismo, el desengaño, los celos, el crimen y todo el abanico de posibilidades que País de Nadie sin Nombre y Apellido tiene reservado para ellos! Pero volvamos la mirada a ese fragmento nunca miserable pero siempre demasiado pequeño en que  Mateo  juega  a perseguir su inteligencia desde la palabra: “Pero para escribir o incluso con un afán más ambicioso, reescribir o reinventarme debo recordar, es decir, releer el pasado. Somos historias vivas, por eso reinventamos el futuro. Imaginamos ahora y aquí y ahora y aquí soñamos el futuro. Escribir es atreverse a escribir. Balzac, por ejemplo, era un gran soñador adicto a la cafeína. No ya digamos cualquier otro de los grandes novelistas. Proust, Joyce o Kafka, de cualquier manera los leo poco, pero esa vieja sagrada trinidad la he compensado algo con la obra de Guillermo Cabrera Infante, Fernando Savater, Enrique Vila-Matas, José Saramago o Jorge Luis Borges.”

La novela final, guión, película nueva, la última entrega, el best seller, lo que siempre se ha esperado… ¡El cañonazo que anuncie triunfal la llegada de Godot al escenario! Es una falacia engañabobos o cuento infantiloide, no hay fórmula para tal cosa, las leyes del mercado literario son misteriosas y en él es más fácil traficar baratijas como Antología de poetas jóvenes del norte a soñar con el nuevo Vladimir Nabokov. Lo novedoso es demasiado relativo. Puede haber aciertos pero no invención de la nada. Nadie es cien por ciento original, como no lo fue Harry el sucio ni Harry Potter. Inclusive aunque la originalidad no sea deseable sino la singularidad... Veamos: todos los poetas primerizos entusiasmados (es decir, muy radicales), chilangos, por lo menos a finales de los años noventa, hablaban en tono maldito sobre la pinche poesía, con mayor énfasis en el signo de exclamación que en lo que iba adentro: ―¡Tú, tú tienes la culpa, puta poesía! Es decir, sentimientos quizá auténticos pero sólo miserablemente glorificados. Qué feo… que me dispensen pero con razón se muere la poesía… y después renace, en algún vidente que no cobra por ser visionario, como nos lo indicó Octavio Paz, el enciclopédico burro diabólico que, hoy por hoy, todo mundo quiere rematar o revivir.

La poesía, nos guste o no, se queda viviendo en rendijas y catacumbas que escapan al tiempo y tal vez a la escandalosa muerte. Pero en prosa, lo novedoso es lo que nos muestra que precisamente el mundo cotidiano del hombre y la mujer es la gran cuestión a pensar, las parcelas de orden y desorden en éste valle de lágrimas. En ese sentido, como escribió Claudio Magris, Dostoievski escribió casi una parte de los evangelios con Crimen y castigo. (Dejé ese libro a la mitad, ¡qué azotado nuestro Feodor!) A esa enormidad del sentimiento de culpa-obsesión que todo lo ciega, debería llegar aquí hoy nuestro Doctor Héctor Ortega ¿Verdad Mateo? Lástima que ya se te murió de diabético, pensarás, pero bueno, lo hecho hecho está y ya ni modo, como ésta novela. (Se oye por ahí alguien aclarándose la garganta) Prosigamos… de una vez escancien esos Casilleros del Diablo para que esto se prenda. Escuchen esa voz: “Por eso y no otra cosa quisiera recordar aquél momento, sin lujo de detalle y sin error de apreciación de lo que fue mi relación con Laura Domínguez, en mi trabajo durante unas encuestas de preferencias políticas, allá por el año de 2005.” “Sí… así es… fue en un sórdido cabaret…” Todo en ese momento de las encuestas era sorprendente, o por lo menos, entre todos los que fuimos parte, sabíamos a lo que nos enfrentábamos. La orden fue así de simple desde la capacitación: “tú tienes que hacer de todo cabrón, es tu asunto.” Entre una centena de personas, a mí y a Laura nos tocó cumplir la faena en el barrio de la tercera sección de la Condesa. Nos tocó revisar los cuestionarios y hacer el trabajo en unas oficinas que fueron prestadas para que ahí laboráramos. La escritura es un juego con el tiempo. No soy el esperado don Santo Nobel ni el profeta, eso lo tengo bien seguro, pero no objetaría que escribir debe ser una amable divagación para uno mismo en primer lugar. Hacerse uno amable así mismo. Es decir, presentable, y después ya veremos su manuscrito y le daremos nuestro minucioso seguimiento, si quiere ser usted un very nice writter tiene que aguantar vara. Ese es un buen punto mi querido Buk: Si te emociona salir al parque y ver niños jugando con pistolitas de agua todavía no estás en el barranco donde vive Nietzsche gritando sus verdades y chupando birra con Wagner, Hölderlin y otros locos mitológicos. Laura, la hermosísima Laura y yo nos hicimos pareja. Escribo tres años después, en 2008 y en otro sitio que no es la ciudad de México sino Aguascalientes, una ciudad que a pulso está mostrando sus diversas complejidades sociales. Primera enseñanza para escribir: escribe para que seas feliz, además de que hay que ser feliz en la vida, porque si uno la toma como refugio la escritura no se vuelve refugio.

—Se vuelve un podrido calabozo.

Tengo un buen amigo que hice en el 2004 que se llama Julio Morales, psicólogo de profesión y guitarrista por devoción o, mejor dicho, por aferrado, que ahora vive en Mexicali. Lo conocí en la cola que formaba la gente para pedir una beca del FONCA a un lado de la Cineteca Nacional en Coyoacán. Recuerdo que me habló porque se sorprendió que yo le hablara a mi vez a una fulana guapa que estaba por ahí pidiendo su beca para ser bailarina, ella me dio su teléfono y tenía cuerpo de conejita feroz. Luego del trámite salimos y nos tomamos una cerveza en el hijo del Cuervo y fue ahí donde, de repente,  tuve la impronta de la certeza que de beca nos iban a dar puro chile. Julio decía con la cerveza: “¡Salud maestro, por la conejita feroz!” Desde ese  entonces Julio Morales es mi guitarrista predilecto. Él es el que suple la función en la vida que tengo por no conocer a Eric Clapton. El otro día me lo topé en el messenger. Lo que no entiendo es por qué el internet y el teléfono celular nos narcotizan hasta el punto que nos han vuelto sus bobo-narcotizados-dependientes. Es mejor el cine, o el trabajo, o el sexo, o la literatura. O todavía mejor: la conversación significante con quien seguramente tendrás sexo en un ratito. Pero entre amantes no existe la filosofía. Con las mujeres se habla de todo, de todo lo que sirva para seguir cohabitando, pero tu monstruo te lo guardas. O te lo aman. Pero como de cualquier forma te lo maman, no exageres ni hagas un dramón. Yo por ejemplo, aunque sí lo quisiera, nunca he podido irme a la cama con una mujer después de explicarle la fina ironía de Karl Popper en su etapa post-marxista o La Ética Utilitarista de John Stuart Mill.

Terriblemente he soportado las cosas peores, los dramas mentales más tortuosos, pero también he gozado de la ciudad de Londres, de Amsterdam, de París, que nunca se acaba como dice Echenique, y la verdad además París es como una enorme y hermosa sinfonía del pensamiento occidental, es decir, en Francia (pongamos, un bar o café del barrio Latino) es bien suave decir en una conversación de sobremesa con una copa panzona de coñac que “todo lo que llamamos  Universo precisamente se parece más a un gran pensamiento que a una maquinaria, que a una simple rueda”; ahora, amable lector, piense usted lo mismo o convérselo en un barrio bajo de Guatemala, Honduras o  Colombia mientras ve pasar a los inmigrantes tras el sueño americano. Ahí parecerá que el Universo…

—fue prestado o rentado... o rematado.

Afortunadamente yo he gozado precisa y precozmente de la  sensación  de haberme arrebatado de por donde no se lo sospechaba la academia universitaria, a buena parte de la filosofía, de la literatura, y de varias y en varios sitios ya olvidados, a ciertas mujeres encantadoras. Por ejemplo ella. ¿No me escribió un correo la semana pasada? Puedo afirmar, como ella dice que: “Sólo el amor puede destruir la guerra.” Ese es su lema. Laura Domínguez es comunicóloga con ideas hippiosas y además, instalada en una familia completamente promedio, tal vez más promedio de lo que debería incluso ser el promedio en un país como el nuestro, donde todos, por decir lo menos, estamos de panzazo con el destino incierto de la sobredosis de panbol y esas historias de sentimentalismo paranormal llamadas “paranoverlas”. El trabajo era en resumidas cuentas, calificar, ordenar, dar seguimiento a los cuestionarios que contestaban los compatriotas mexicanos del barrio de la colonia Condesa. Así que era una faena medio especial porque a la gente que los encuestadores les tocan su puerta le vale madres si tú estás ahí bajo la lluvia torrencial o si te acaban de robar hasta la camisa de la empresa. Porque por un lado, la Hipódromo Condesa es medio fresón y ahí es más tranquilo: la gente saca a cagar a sus perritos y luego se van a comer filetes en sensacionales fonditas tipo argentino, pero un poco más arriba, por Constituyentes, por el Panteón, allí está más cabrón, es colonia brava. Por cierto que por ahí se prepara un pozole riquísimo. Pero no nos desviemos. Laura y yo nos empezamos a tener aprecio en nuestra soledad de burócratas out-siders y menospreciados, cobijados solo por la voz de Julieta Venegas y un desgraciado frío que levantaba ámpula. Nos enamoramos y qué bueno ¿verdad Domínguez? Te mando un beso desde acá, ciudad de cielo amoratado esta noche, hot waters, aguasardientes,  etc. Después de los besos, ¡qué rico besabas Laura!, recuerdo que había conexión. ―Rodilla temblorosa contra rodilla temblorosa y pecosa—, como diría Jack Kerouac. Lo que quiero resaltar con todo esto, además de lo mágico de esos momentos que duraron cerca de tres meses, es que nunca había tenido una novia en mi lugar de trabajo, no quiero resaltar fundamentalmente más que eso, ese es el chilorio, esa es la rebanada de pizza que me importa: ¡Primera vez que el Señor me paga bien en mi largo camino laboral! Fuera de eso, la florecilla no tenía realmente nada fuera de lo común, un día era hermosa y otro día me daba pena ajena con oír lo que decía o quizá lo poco que decía. Pero eso sí: sabía reconocer el aura romántica del momento para decir en medio del frío burocrático: te amo Mateo, lo eres todo para mí. Y además estaba cursando su segunda carrera, primero comunicación y después arquitectura, además cuando para mi fortuna sus tetas estaban de fuera, -mi casa por ejemplo-, se veía hermosa como un dedal de vino, una honesta, noble y blanda furia y lo mejor era cómo me deseaba con esa furia. Era una hermosa música sin petulancia, mitad Lucybell mitad Vivaldi y un toque de Buena Vista Social Club. Por ser mi chiquilla la adoraba. Le regalé un libro de mis poemas y conoció a mi abuelo, que es ya a éstas alturas, un general retirado, es decir, es general en el mejor oficio de todos, el de vivir. Ahora, a sus ochenta y siete, tiene una joven que lo cuida. Mi abuela murió hace poco, dos años ha. Todavía pasaba la telenoverla de “La buena más fea” o algo así. Yo la vi morir, es decir casi la vi morir, falleció la noche del día en que la visité en el hospital. Fue una cosa muy, muy triste. Como dice José Emilio Pacheco en un poema, el resultado de cualquier familia es la final dispersión, pero la abuela era de árbol fuerte, su pérdida es y será insustituible. Háganse de cuenta que aquí pongo una oración como un tronco para evitar sentir el vértigo del dolor y a duras penas, tras la congoja, como después de caerse accidentalmente de la silla, me reincorporo lentamente a la línea siguiente gracias al mangoneado hilo conductor de éste relato que, la verdad, es para nadie para que al final resulte ser para alguien. A Laura también le cayó muy bien mi abuela, incluso, debo decirlo, entre ellos hablaron de nuestro próximo matrimonio, pero si aun así fuera poco… la invité a vivir conmigo a hot waters, ¡a las Aguasardientes! ¿Y qué pasó?… se me echó para atrás. Bah. Push the red botton. Domínguez dissapeard. Domínguez erased.

Hace no mucho tiempo ofrecí una lectura de poesía (misión, misión, hay que ser misioneros de la letra y la palabra en éste mundo de la anarquía drogadicta y la docta señora analfabeta), en un bar del cual mi hermana era la dueña, acá en Aguascalientes, ella también se llama Laura, es guapa y está tatuada, pero yo lector desocupado, también estoy tatuado, tengo una Virgen Guadalupana en la espalda y toda la letra de las canciones de Tom Waits en cada partícula elemental de mi epidermis desde que salí de mi prisión, donde un hombre necio y muy perseverante redactaba, en mi misma celda una obra que él llamaba “El Conde de Montecristo”. La parte que me tocó a mí hablar de poesía, digo, porque también hubo un amigo mío al teclado y muy entusiasta  que causó revuelo, fue para honrar al altísimo poeta colombiano Jaime Jaramillo Escobar. Poeta de altísimos vuelos y vuelos crípticos, aterradoramente lleno de luz. Fue un evento extraordinario, la gente respondió muy bien a la poesía de Jaime y no es para menos: Ese hombre en cada poema suyo es capaz de engañarte a tal punto que terminas pensando que siempre has estado girando hacia el otro lado las tuercas de la vida y dándole cuerda al revés a tu reloj, poeta extraordinario. Mara, mi amiga de hace años y antiquísimo amor estuvo ahí, así como los amigos de Laura mi hermana. El bar era propiedad de ella y su novio, pero ahora eso pertenece a una oscura historia entre ellos dos que no me corresponde a mí sacar a la luz. Hasta a las mejores familias se les ocurre llevar a cabo negocios fallidos, finalmente el bar se fue a la quiebra y con mucho graffitty juvenil pintarrajeado en ambos baños. Nunca hay que dudar para ser veraz, y la verdad, Tom Waits lo es, además de que es muy paciente.

Escribir es jugar con el tiempo. El tiempo es paradójico, no rectilíneo, como la mentalidad chata lo quisiera. No voy a entrar a discutir con Heidegger y polemizar con él, si el ser es el tiempo o cosa parecida. Prefiero subrayar el carácter paradójico del tiempo porque, somos en el presente lo que imaginamos en el pasado que llegaríamos a ser. Es lo que Paul Wazlawick llama la auto profecía y válgame, casi siempre se cumple. Por eso los poetas nos recuerdan que hay que merecer nuestros sueños. Y esto toma las modalidades más raras que el ser pudiera tener, si es que ser y tiempo son lo mismo. Para mí, el aparato psíquico  del hombre está compuesto de identidad, memoria y conciencia. De cualquiera de estas palabras se puede indagar filosóficamente qué es la pregunta por el hombre, al estilo de uno de los mejores y aún vivo: Ernst Tugenhat; esa es la triada, la sagrada trinidad. Quiero empezar a escribir una novela corta, una noveleta como dicen los críticos, pero… ¿Por dónde carambas empezar? ¿Quizá mirando los imperturbables ojos del retrato de la bisabuela alemana que me vigilan y me siguen cuando ando por la casa? ¿O quizá cuando me enteré que el traductor mexicano de Ezra Pound era un asesino y yo ya lo había saludado esperando de él el gesto generoso del Maestro? Para empezar, el amor entre Laura Domínguez y yo ya lo volví cuento y hasta lo subí a un blof-spot, esas sucias páginas raras de internet donde todo mundo tiene tremendas atrocidades qué contar, pero de verdad las cuentan tan atrozmente que los buenos blofs se cuentan con los dedos de una mano. Sobre mi participación política con los zapatistas en el año 2001 no tengo nada que decir o quizá ya lo diré. No tiene por qué ser una novela autobiográfica, estrictamente, pero tiene que ser un relato que signifique algo, en primer lugar para  mí. Unas páginas en las cuales yo sea el signo y el significante. La pregunta y la respuesta.

La pregunta, obviamente, es: ¿Cuál es mi pasado? La respuesta: ¿Cuál será mi futuro? (¿Llegaré a presentar éste libro algún día? ¿No o sí? Quizás falte al evento y me vaya con una musa a pasear a un hotel de por ahí.) La memoria es polisémica: tiene multitud de significados, como la poesía. Porque también vive en rendijas que escapan al tiempo y tal vez a la escandalosa muerte. La revivimos al hacerla ficción,  haciéndola flexible. En gran medida eso es lo que hace el psicoanálisis. Al hacer flexible tu memoria, tomas la ruta que mejor te convenga: tu propia reinterpretación. Roland Barthes decía que el psicoanálisis era inventar calles e inventar tu propia ciudad, darle a cada rincón un espacio mental significante (de la memoria y de la ciudad). Efraín Huerta poetizó ese pensamiento agregando: “Sé dueño de tu infierno”. Otra forma es ésta: el cuento de Inés Arredondo en el que, en tono onírico al principio, la autora cuenta un episodio de su familia y con libertad creadora, ¿azarosa?, termina preguntándose: ¿Por qué soñé con los Estados Unidos? Es un cuento mexicano maravilloso; Inés Arredondo pertenece a la generación de la Casa del Lago, como Juan García Ponce. Parece entreverse que en estos tiempos, nadie opta por la escritura autodiegética, es decir la del narrador que cuenta su propia historia, pero también habría que señalar el fundamento terapéutico del mito relato personal, donde, si uno escribe y recuerda, recuerdan lectores y recuerdan alrededores.   

La novela y la escritura se hacen sudando y se  hacen en gerundio: ―estoy escribiendo una novela, ―estoy pensando la novela, ―estoy cogiendo con Laura y además con la novela, ―estoy paseando con la novela y al rato: ―Véanme: gracias a un proceso mágico y misterioso estoy presentando ante ustedes, público cautivo, la novela, se llama así y éstas son sus características. Aplausos, entrevistas en radio y prensa y todo porque en Mateo se generó y germinó una pícara síntesis de una mezcla entre un Weltanschauung con abscesos y dosis de ironía, lujuria y algo de mitomanía de su propia vida. Entonces ya eres famoso Mateo. Por fin se te hizo. ¿Me  creo? ¡ay sí que padre! Luego, más pronto de lo que te imaginas, vendrán la caterva de críticos a vapulearte, aunque  lo que deben de hacer es jugar a desarmar y hacer pedazos la novela, ajá pero sí y solo sí de forma elegante como sólo ellos se la creen: “hay en ésta obra un oficio altamente depurado, pero falla en… a, b o en z” y al hacerlo deben desarmarse  a sí mismos, deben ser ficción que coloca errores y aciertos y ficción que vuelve a desaparecer. ¿Por qué? Bueno, porque en estricto sentido nadie tiene el derecho a juzgar con don o con  el condón de la autoridad. No hay jurado máximo, pregúntenselo a Milan Kundera o a Luis Villoro o a Fernando del Paso  o al que pasó vendiendo los periódicos donde se leía a ocho columnas: “Acabará el gobierno con la pobreza en quince minutos”. Pero bueno, si lo que quieres es pensar que  nos ven en la tele desde la Próxima Centauri o en el Planeta Marte… El arte no está esperando su estrellita de buena conducta. Aunque a veces se la merezca. En el arte literario, la mejor definición de lo que es un escritor es la que hizo el alemán Elías Canetti, Premio Nobel 1981, (un año antes que Gabriel García Márquez): “El escritor debe ser el custodio de las metamorfosis”. El animalito literario puede ser una bestia, un tábano, un zorro, un dragón femenino con cara de Desdémona o un tigre, un pelícano salido del famoso poema de Baudelaire, un adolescente con i-pod o un ser de otro mundo. Toda la mitología, tanto la de Grecia como la de China, desciende del hecho de que nuestros primeros dioses fueron los animales… eso nos hizo darnos cuenta de que pensábamos, de que teníamos... Razón. El verdadero invento griego. No existía en Grecia un libro canónico sino una tradición poética fundada en la mediación de las divinas musas hijas de Mnemosyne, la Memoria. ¿Acaso escribir no es jugar con el tiempo? Dicho y hecho: del 2005 a la gloriosa época micénica y vuelta otra vez al 2008. Ja.

Quiero decir, con este agotado decir y no digo sino mi dolor un tanto sofocado. Me burlo ante todo de mí mismo. Lamento desilusionarlos: Yo soy el personaje principal y no tengo mucho qué decir, además al final de la novela se ve la verdad: Dorinda  no sólo me hizo ver mi suerte sino que de pura suerte me salvé. Laura es sólo un pretexto más, es como la persona que se sienta al lado de ti para ver la tele y en la tele se ve realmente cómo vas cayendo tú, comido por los bytes. ¿Poderes fácticos? ¡Por lo menos mejoren al ciudadano! Ahí sólo se ve cómo pasas… de moda. ¿Me  creo? ¿Crees que la novela está muerta y ya pasó su época? Es decir, ¿creerías que la narración ya no tiene nada qué decirte a ti? Es como la persona que nada en la alberca donde tú estás y dices: ―Caramba, qué bonita es, hasta merece un poema. Pero que nunca volverás a ver, y en el poema te ahogas… y te ahogas... y de eso ya nadie te salva, la prueba está en que el bikini y la minifalda no pasan de moda. Otro buen punto mi querido Buk: todo escritor tiene su compromiso con lo miserable. El animalito escritor tarde o temprano se da cuenta que no todo en él es maravilla o genio, de ahí que tanto inventemos… digamos mentiras llenas de belleza, o llenas de fealdad, todavía peor: como lo que importa es que el corte narrativo  salga pulposo y bien cosido, así vistas las cosas: ¿Cómo inventa un escritor su propia obra? Nadie de sus amigos le cree escritor, le dan consoladoras palmaditas en la espalda pensando que TODO (¡TODO!) en sus escritos es mentira o TODO es verdad, precisamente porque el verdadero desafío es mezclar ambos conceptos y manipularlos: he ahí el proceso mágico y misterioso. Y de hecho lo pueden pensar y preguntar: (“¿Oye? ¿Y todo esto fue cierto?”) pero saben que se engañan ellos mismos o se dejan llevar por la ingenuidad: ni siquiera una filmación a cuatro cámaras de un hecho es un documento 100% objetivo y la arrolladora autoridad de Chomsky u otros como él lo han probado de sobra. Claro, pero… ji, ji, ji no vuelves a ser el mismo, claro, ¿pero el mismo a quién Laura? ¿Ya asoman las garras de la locura en tus neuronas estilo barroco? Te pregunto: no, no  nada de eso, no te la creas, te estoy vacilando,  lo que pasa es que mi novela no avanza (¿Le explicamos a mi  otro yo la chinga que es pararse a encuestar en la Hipódromo Condesa?) (Tú síguele Mateo que te están escuchando mi amor), (O.k. mi amor pero ¿Te vendrás después conmigo a Hot Waters a vivir? Prometo inventar otro abuelo para ti). Hojeo entre los días y la aburrida ráfaga de lluvias o vientos y lo triste de las modestas construcciones buscando  otro momento, otro instante del pasado, tal vez por lo borroso que se volvió: cuando yo y mi camarada el periodista Arturo Valdez Castro y mi amiga la poeta Anilú Hernández visitábamos en 2005 el taller de narrativa que ofrecía el maestro, en aquél entonces vivo, Rafael Ramírez Heredia allá en el barrio de Santa Catarina en Coyoacán, él sí que un escritor muy serio y muy vigente y… sobre todo…

—muy fumador. ¿Y de eso murió no? Con los pulmones perforados por la nicotina…

La onda era que el taller era interesante, se percibían las distintas inteligencias, las distintas sensibilidades, las búsquedas personales, las opiniones, los matices del punto de vista, etcétera, valía mucho la pena, ¿qué no? En esa época Laura Domínguez ya había pasado del lápiz al borrador, ya que su cuento lo escribí hasta llegar a Aguasardientes, a Hot Waters, al año siguiente y lo publiqué en la red desde una lap-top (Y esa lap me la robaron, ¡No decía el anuncio que hasta a las mejores familias se les acercan las cucarachas?). En fin. Valdez Castro me dijo: “¿Crees en la telepatía verdad?” “¿Por qué no te ligas a Anilú?” “¿Quiere conmigo?” Le pregunté. “¿Lo dudas? ¡no seas mamón!”

Creo que en esta época, en la que los medios de comunicación nos rebasan y sacan a diario un titipuchal de información que retumbando se va a hacia ninguna parte, sería absurdo crear una novela donde la anécdota sea lo más importante: ¡Vivimos rodeados de demasiadas anécdotas! ¡Punchis-punchis-político mediático Charro-Batman! La novela dará un viraje o no sobrevivirá frente al espíritu del mundo posmoderno, eso lo saben los  mayores genios actuales de éste género: Milan Kundera, Javier Marías o Lobo Antunes. Háganme favor de creer fielmente lo siguiente que copiaré y pegaré (copy and paste como  dicen las cacatúas) ya que es, amable auditorio, “La novela de Mateo”: éste es el primer platillo, así que, que se abra el telón:

CUENTO DESDE MEXICALI POR JULIO MORALES.

 

Me gustaba observar las estrellas

Me gustaba observar las estrellas, acostarme en el pasto con la mirada arriba, inventar formas en el firmamento. Líneas infinitas dibujaban sus conjuntos. Bestias marinas y terrestres compuestas por puntos de luz. Siluetas de guerreros desconocidos, rostros extraños, signos indescifrables escritos en una página negra auguraban el fin del mundo, pero nadie sabía aun lo que decían.

Armaba grupos con las más próximas entre sí. A veces tenía que pensar durante un rato para desdibujar los conjuntos que ya había organizado. Me costaba trabajo la formación de constelaciones nuevas, pero no volver a formar las que en otros días había ya imaginado. Las cejas de Mónica, un perro echado sobre el pasto, un águila con las alas cerradas, una llave de tuercas, un murciélago abriendo el hocico o una pipa. No sabía casi nada de la ubicación de las formas generalmente conocidas, había creado las mías impunemente sin que nadie lo supiera. En la escuela no me habían enseñado gran cosa acerca de lo que había allá arriba; o mejor dicho, no había aprendido mucho en las clases a las que asistí, sin contar aquellas en las que falté por ir a ver a Mónica. Tal vez aprendí más de las estrellas cuando estaba con ella que cuando llegué a asistir a la clase de geografía.

La esperaba afuera de su salón o nos veíamos en su casa antes de que su madre regresara de trabajar. Retozábamos largas horas con las sábanas encima. Mirábamos el techo y me ponía a recordar las constelaciones de la noche anterior. Luego me adentraba en Mónica de nuevo y cuando salía de ella volvía a las estrellas nuevamente.

Muchos días fueron así, uno cercano al otro, como estrellas dibujando una figura en el cielo. Todo eso fue antes de que la madre de Mónica nos encontrara retozando desnudos. Antes de que la enviaran a estudiar a otro país. Antes del aborto clandestino que le practicó su tío. Antes de enterarme de su muerte.

De no ser por las estrellas no sabía que hubiera hecho. Por eso acepté la invitación a la Sierra de San Pedro Mártir. Iríamos todos los del salón acompañados por el maestro de geografía. Estuve tirado en el suelo con la fogata al lado, viendo hacia arriba. El cielo estaba como si alguien hubiera lanzado una cubeta de luz y se hubieran quedado sus gotas pegadas en el techo del mundo. Destellos eran los que se derramaban de la noche sobre mí. Aunque Bebí las gotas que traía el recuerdo de Mónica. Pero no las que venían de las estrellas.

Hacía un frío tremendo. A lo lejos se escuchaban los coyotes. Mi compañero fue por más leña para la fogata. Entré a la tienda de campaña para sacar el frasco de café, la olla, el agua y las tazas. Estuvimos platicando un buen rato con la taza de café humeando en las manos, cerca del fuego. Se levantaron chispas. Las ramas secas crujían iluminadas. Las palabras eran lo de menos, el paisaje tenía su propia narrativa. Saqué la guitarra del portaequipaje de la camioneta. Cantamos canciones de Silvio hasta las dos de la mañana. Todos se habían ido a dormir.

La luz de la fogata se iba disipando. Quedaban el manto celeste salpicado de estrellas y las dos lámparas sordas que estaban en la tienda. Hacía una hora que mi compañero se había ido a dormir. Comencé un diálogo con lo que brillaba arriba. Sentía que la noche me tocaba la piel, se apoderaba de mis nervios, tomaba cada poro de mi cuerpo. Llegó el momento en que no sabía dónde terminaba yo y dónde comenzaba la noche. Yo era la noche, pero la noche no era yo. Nunca nadie volvió a encontrarme. Me buscaron durante días. A lo mejor si me hubieran buscado en la noche me hallaban abrasado con Mónica en la Sierra de San Pedro.

 

Julio Morales

Mexicali, BC

lunes, 9 de noviembre de 2020

ALÁRMA!! ALÁRMALA DE TOS UN DOS TRES PATADA Y COS!!

MUNDANOS Y MIS QUERIDOS LECTORES: EN AGS, AGS; EL GOBERNADOR  MARTÍN OROZCO SANDOVAL LE APUESTA A MI DESGASTE PARA QUE NO ME DEN UN PREMIAZO INTERNACIONAL POR TODO ESTO QUE DESDE AQUÍ Y HÁPAX POÉTICO SE HA GENERADO, AHORA (DESPUÉS DE QUE HASTA LOS VECINOS PANISTAS SE  COMEN LA PÁGINA) VOY A DARME UN TIEMPO PARA MÍ  Y PEDIR AUXILIO SI EL EGOTE Y LA LESBIANA COCAINÓMANA DE TIJUANA ME LO PERMITEN (ADIVINARON: YEPES ES UN TARADO MÁS DDE LOS ESBIRROS DEL GOBERNADOR).

domingo, 8 de noviembre de 2020

ERA UN FRAGMENTO DE NOVELA NUEVA QUE AFORTUNADAMENTE LA VICTORIA DE JOE BIDEN ME ECHA PARCIALMENTE A PERDER SU TRAMA

 

Todos los días, desde hace ya tiempo, en la soledad de mi casa, se aparecen cuatro compadres: el egote, el pitaya, su hermano y la lesbiana cocainómana de Tijuana, se aparecen en forma de fantasmas, platican entre ellos sobre mí en mi refrigerador, y sobre todo, me tienen miedo, tienen miedo de que marque el celular privado del subcomandante marcos y que en el estado de Chiapas, México, comience seriamente y con alto impacto, la esperada emancipación del hombre a nivel y escala planetaria, ellos creen que en mi pequeña casa y con los empeños de mis estudios y lecturas, voy, por el solo hecho de mantenerme pensante, hacer saltar el mundo en pedazos, pero la verdad, no parece que a ellos les preocupe mucho el mundo, si por ellos fuera, sería el ser humano polvo y moscas cogiendo en la inmensidad del espacio, lo que parece que realmente les importa es la preservación del orden, de un estado de cosas, eso es lo que realmente les preocupa, y, cada vez que me visitan estos compinches, me amenazan, me perturban, quieren que me convierta en una mosca que coge con otra, así como egote coge con pitaya, mientras su hermano coge con la lesbiana cocainómana de Tijuana, y mientras tanto, el mundo avanza en su vuelo interminable y el teléfono del subcomandante marcos espera que se comunique con el que yo sepa, no tengo ni idea. Mientras tanto, también es tiempo de elecciones en los estados unidos y todo parece indicar, que la sociedad norteamericana está polarizada. Mientras tanto, la hija de Tere Hita, Alejandra, está fumando mariguana en esta tierra cercana al centro del país. Y yo, como veo el panorama, parece que tengo que volver a la filosofía en línea y presentar un libro de poesía; se trata de once años de lo más selecto y lo más alto que me ha salido del intelecto en materia lírica. Hacer esta tarea, se escribe fácil, pero ha sido una frontal batalla contra todo aquello que quisiera que yo solo fuera del ombligo de un bebé, la borrita. La que se dice y se presenta como soila, la pitaya, me dice de mil formas que es la muerte hecha persona. Y mientras tanto, en México city blues, la ciudad que se traga hasta las lágrimas de los que corazón en mano enarbolan una oración por su futuro mientras en roma el papa francisco se le olvida qué fue de los pederastas, el locutor Sergio sarmiento y lupita Juárez dan las noticias del modo más amable posible y entonces, como no hay ni existe nada ni nadie lo suficiente amable, por otro lado del mundo alguien agarra una caña de pescar y se acuerda de que en México país hay muchos burros como los que de su ranchería quisiera, el famoso pitaya. Y así ocurre un día común en mi casa, claro, si acaso no me habla Mayra, la luz de mis entrañas, la felicidad de mi vida, como así también, mi amigo Toño García. Esos pocos días que sirven de respiro, quiero olvidarme de que entre egote, la lesbiana cocainómana de Tijuana, el hermano y el pitaya, hackearon la página entera del colectivo nuestro que es hápax poético. De ahí, 202,200 visitas teníamos desde el 2007 al 2015. Y porque cayó en par, el 2016 será el año bisiesto que además de los olímpicos, yo pude presentar mi convocatoria, al sistema FONCA. Además, así celebro que desde 2010 solicito esa beca convocatoria al sistema de la creatura, parva natura, creativa. Tal parece que así voy por ahora, como la factura, la temperatura, la reserva, lo que subyace, lo que espera por ahora, hacerla gacha hasta con Camila…

Y en mis noches, tengo que aceptar que estoy solo, como decía el tío Oblongo, que claro, es más largo que ancho. Pero no solo eso, sino que llegan estos hijos de las moscas que cogieron con moscas, y se posan como vaqueritas de dallas frente a mi pantalla y empiezan a espiar en qué se convertirá este texto, no son ni pobres pero si son bien pobres diablos, la noche comienza con la cena, la ceremonia intelectual con mi madre, hasta que ella, como ve que funciona, me despida y me dé un beso a la salida. Luego entonces llegan las tandas de música, esas inolvidables sesiones de concierto en que recuerdo mis recuerdos, como diría Octavio, esto es para poner el pasado en claro. Me acuesto, sobre mi pobre lecho (la colonia entera grita a veces que soy un súper maestro), del lado que me acueste no hay nada hecho, nunca llega ni un solo sueño, porque la lesbiana cocainómana de Tijuana, a toda costa quiere imponer el estado de cosas de las cositas que se venden en bolsita, como escapes para ese fumado, que vive todo su hastío, con su hermana la coca, mientras a mí sólo me regresa, la risa que nos recomendó al mundo entero hace más de cuarenta años, ese enorme checo, de nombre Milan Kundera. La poesía penetra en el ser, es cierto, démosle la razón a Octavio Paz y su lectura de Heidegger, pero cuando interviene ese algo raro y desdoblado en dos llamado identidad, el lenguaje fracasa aunque sea autónomo. El hombre no es autónomo en su totalidad. Y como decía, en mi sueño, río, pienso un poco, y no tengo más remedio que entrar en las tinieblas que producen, este hecho, llamado recuerdo de Buscoso Busquiento, cuento infantil, constante pesadilla para mí aquí y ahora. ¿SOGEM? Esa era el aula de la cual todo después se gestaría, incluidos nuestros encuentros, en la televisión y la música que viene de estados unidos, no quiero, nunca quiero ir allá, lo que yo más quisiera, sería besar a Camila y abrazarla fuerte y amorosamente, en el malecón de la Habana…

Pero volviendo al tema que nos ocupa en esta noveleta, te digo y te repito que mencioné esos hooligans meteoros visitantes, pero por otra parte ahí sí la cosa cambia, porque a pesar de la brutal vigilia y la constante pesadilla causada como bien se dijo en La Jornada, gracias a eso que te odia, sabemos bien, que a pesar de todo hay amigos, que es felicidad saber que eso existe, aunque aquí nadie haya leído a Fitche, y sí tal vez demasiado a Friedrich Nietzsche… Esos amigos, son, palabras más, palabras menos, buenos meteoros porque a pesar de todo son mis eminencias y en este instante, gracias a Lizalde, todos ellos saben quienes son, ellos, los amigos, los buenos meteoros, tienen una generosidad y un corazón enorme mucho más allá que cualquier porquería que diga la estadística o la geografía, y la razón es obvia, si México es mágico, si en México como decía don Carlos Fuentes hay que creer simplemente, entonces no me enredo más y por una bendición que me dio Francisco hace rato, declaro que ellos son mis paraísos, declaro asimismo también, que estoy orgulloso de la fuerza y del pensamiento de todos mis amigos, esos meteoros buenos, qué tonto he sido, no les he dicho lo suficiente que los amo y que pierdo mi sentido si ellos no dan fe de mi existencia, recuerden amigos, ese verso de los arrabales de la India… O en otras palabras, como dijo Luis Gerardo Salas, sin retirada, sin rendición, expresión en la nostalgia de los que construyen la sociedad, en la experiencia viva, de una década de canto al suburbio, y cantó: “Bruce Springsteen, and the E Street Band”. Esto ya sabe a chocolate Turín o por lo menos, como se dice por ahí, dulce de calabaza, a tragar en recuerdo simultáneamente hecho olvido del pitaya, y ni se crean que ya lo he probado, y a fe mía, que esa chingadera no sabe a nada, no tiene chiste, puede volverse un fetiche, pero por el grito del pitaya, vale la pena darle una probada, cada quien, con cuidado, salut desde Latinoamérica por ese francés enorme, vivo y muy creativo, que siempre dá de qué hablar, y se conoce en estos lares como el director de cine Luc Besson. ¿Diríamos punto final al primer capítulo? ¿O mejor diríamos: te lo quiero leer en ciudad de México? Algo hay de todo eso, lo mejor será cavilar un poco en esa foto, haber si raspándole se sabe, la foto invisible, que nos señala, el trapiche 105, y que por un sucio pacto mágico, esa escoria quiere que lo llamemos fortaleza del vicio, yo los llamo seriamente, en tu nombre, Juan, de apellido pitaya, las familias de ladillas, esas mentes diferentes, o si no, ¿qué dirías Jack Custeau?

Esto es, un poco así, la vida cotidiana, pero al salir a la calle, eso sí es prepararse.