POR MARCOS GARCÍA CABALLERO
Tengo entre mis libros uno llamado La ronda de las generaciones, de Luis
Gonzáles, que pudiera servir para esta pequeña indagación, pero lo primero que
me ha despertado la inquietud de este tema —los temas no se agotan, se agotan
los autores—, como dice mi amigo traductor y poeta José Vicente Anaya, es el
todavía poco lejano artículo de Carlos Monsiváis donde hace una aproximación a
Alejandro Lora, El TRÍ y los chavos que acuden al tianguis del Chopo en la
ciudad de México. “Es el mito del reventón interminable”, una sagaz idea de
Monsi, por lo cual quiero acercarme al tema de las generaciones y
principalmente la mía, más allá de parámetros literarios que, aunque son los
que más me importan, pretendo también echar mano de ejemplos de la llamada
“generación X”, los nacidos en la década de los setenta del XX, como es sabido,
estamos apadrinados así gracias al oportunista novelista gringo Douglas Copland,
que después hasta se atrevió a sacar un libro cuyo título fue algo como: “Planeta Shampoo”, la verdad, esta veta
inexplorada de la apología de lo trivial, abre hacia el futuro títulos de
libros que serán best-sellers en México, que no podrían ser de otro modo sino
como: “La era o Lola era garrotera”, “Lolo sale del taxi y come un taco” “Viene, viene viene quebrándose…
ahí está, listo jefe”. o cosas parecidas.
Ojalá los escritores venideros que serán noticia dentro de 25 años,
tengan como tutores a los mejores de los que ahora nos debatimos en el juego
interminable por sobresalir, en aspectos profesionales y personales, que si no
van juntos, simplemente no van.
Es
porque en parte, el mito del reventón interminable, como dice Monsiváis, alude
también al mito del eterno goce de los sentidos, y que sin duda, son o han sido
parte de mi generación, cito de memoria: “los jóvenes que acuden al tianguis
del Chopo no tienen trabajo, sus demandas no serán escuchadas, entre la
cerveza, el speed metal, las drogas
fuertes, la vestimenta extravagante y la nula participación política, ¿qué
quedará de ellos? No lo sé, pero mientras tanto, que hagan lo que quieran con
su horrible aspecto.”
Las
generaciones, como el conocimiento abstracto, las modas y la política, avanzan,
crecen y mueren. Cada generación vuelve a las preguntas eternas: “¿qué somos?
¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos?” De sus respuestas va a depender la
economía, la literatura, la prosperidad, y así sucesivamente, así que esperemos
que, por lo menos, las siguientes generaciones no vean los libros como una
excentricidad. Aristóteles, como en muchos otros casos, tenía razón en esto: el
hombre esencialmente hay que comprenderlo como ser activo. El hombre es lo que
hace y se hace en la actividad, la actividad lo inventa, pero lo inventa para
que siga perseverando en permanecer en su ser, como diría el sistemático
Spinoza. El librito Invitación a la ética
de Fernando Savater explora estos temas de manera clara y profunda, y por
supuesto es mejor que leerle su Política
para Amador o su Ética para Amador,
que son libros buenos, pero están saturados de algo así como elementalidad,
mejor dicho: demasiado perogrullescos. Invitación
a la ética es el primer Savater que leí y releí a profundidad, es decir,
con atención, pero ya estoy dislocando el tema. ¿Será porque el tema es X?
Si sucede como preveo que hacia donde avanza la
globalización y todo lo que ella nos trae como consecuencias, simplemente la
clase media social dejará de existir: será todavía más pulverizada y a cambio,
seremos más pobres, más militarmente saturados de noticias y más
pluriculturales; una masa de hechos nos invade diariamente por los medios de
comunicación y dicha masa va hacia ninguna parte, nuestros conceptos y
categorías para entender el mundo contemporáneo son obsoletas y casi nadie
acepta el desafío de la comprensión pues cae en la marginalidad, (con honrosas
excepciones críticas como Adolfo Sánchez Vásquez), pero la hegemonía
estadounidense tardará en caer y si su
caída ya comenzó con el 11 de septiembre y la locura que se desató y en cierto
sentido otorgó la única directriz política de la administración de Bush, esa de
la “guerra contra el terrorismo” que en realidad es una guerra surgida de la
paranoia de no comprender la sana diversidad de las culturas del mundo, será la
caída de un imperio —el más grande que ha existido en la Historia—, pero su
caída será interminable también, quizá porque
los aspectos más oscuros de Estados Unidos, que sin duda en su corta
historia han sido una gran nación en cultura: desde los poetas Whitman y
Thoreau del XIX, sus grandes deportistas olímpicos en todo el XX y su inmensa
literatura hecha tanto por hombres como por mujeres (desde Faulkner a Toni
Morrison o Paul Auster), dichos problemas o sectores oscuros como son el
racismo, la ignorancia, la violencia y una praxis demasiado práctica en
política que se traduce en vacío y miseria de la política (la política vista
como botín o sencillamente como hueso),
el vacío en la interlocución del jefe al empleado, del político a su pueblo y
de sus íconos pop a sus fans, harán del siglo XXI un siglo de
fantasmas, el drama de la Historia no ha concluido, Irak sigue ardiendo, en
Madrid hoy en día hay odio y muerte: estamos ante la miseria de la
autoritarismo político frente a los anhelos de libertad en todo el mundo. Más
aún, porque es la noción misma de
progreso la que está en crisis y como nuestro mayor escritor vivo, Carlos
Fuentes, podemos preguntarnos: ¿Es tolerable un mundo en el que en Europa se
gasta en helados la misma cantidad que podría poner en Latinoamérica a cada
niño frente a un pizarrón y con un maestro que enseñe matemáticas?. El gran
poeta estadounidense Jerome Rothemberg, que ha batido a contra corriente de la
campaña de desinformación que circula al interior de los E.U., tuvo la lucidez
de comprender, en el ámbito poético, al igual que Lee Kyong Hae, el japonés que
se quitó la vida en la cumbre de la OMC
en Cancún a modo de terrible protesta en octubre de 2003, que la lucha no es de
tal o cual mercado por otro, sino una lucha entre la vida y la muerte.
Rothemberg habla así en este poema que decidí que tenía que ser la despedida o
la conclusión de mi primer libro:
Mientras el siglo veinte se esfuma
El diecinueve comienza
Otra vez
Como si nada hubiera sucedido
Aunque aquellos que lo vivieron pensaron
Que todo estaba sucediendo
Lo suficiente como para nombrar un mundo y un
tiempo
Para tenerlos en tu mano
Ilimitados
El último engaño
Como la perfecta máscara de la muerte.
O sea que el eterno retorno nietzscheano, para la
globalización y su fábrica de mediocres y desempleo si regresa, pero regresa
sólo cada vez que lo invocamos y utilizamos nuestras energías tanto para el
trabajo práctico como para la labor del pensamiento, o en otras palabras, la sobre saturación y la vertiginosidad con
la cuál ocurrieron todo tipo de hechos
en la política, el arte, la cultura y la ciencia durante el XX, su devenir más
idóneo sería para el XXI un reciclaje que obligara a la cultura hegemónica a
asimilar las particularidades de las demás culturas, (¿Todavía se supone que
los gringos son el ejemplo a seguir por los demás países?) cuando la cultura es
desde lo que vestimos hasta lo que intelectualmente digerimos y asimilamos como
propio, pero lo que se está pensando desde las altas esferas del poder en
Estados Unidos no es eso precisamente ni mucho menos. En el rubro de la cultura
específicamente, he asistido a foros en la ciudad de México donde cineastas y
dramaturgos canadienses tanto mexicanos, como el brillante dramaturgo ahora
fallecido Víctor Hugo Rascón Banda, han insistido en una nueva legislación en
términos de los derechos de autor y las ganancias que provienen de los
productos culturales. La argumentación principal de estos creadores es
abiertamente incluyente, un auténtico comercio e intercambio de la cultura
canadiense y la mexicana, pero tanto ellos como los representantes mexicanos
insisten en que los E.U. no sólo invadan nuestro mercado con sus productos
cinematográficos, por ejemplo, y si bien la palabra “competición” en todos los
rubros del TLC sale sobrando, cuando se lee en el trabajo de José Luis Calva Efectos de un TLC en el campo mexicano, que simplemente por cada tractor en
nuestro campo existen mil en los Estados Unidos, nosotros, la generación X,
podemos decir sin derrotismo o pesimismo, como el mismo Geney Beltrán Félix lo
ha dicho o la poeta jalapeña multipremiada Estrella del Valle, que el valor del
texto literario, cumple su función para transformar la realidad inmediata, para
volver universal lo particular, para no hablar en términos de política estricta
sino de ideales de convivencia, y en ese terreno es en el que es más plausible —tal
vez desgraciadamente— la incorporación del discurso zapatista en la política
mexicana. Toda vez que a partir de las múltiples lecturas de cualquier texto
determinado (parafraseando a Harold Bloom podemos decir que sería realmente
estúpido leer por ejemplo, La broma
de Milan Kundera sin exigirle al autor una poética donde convergen los aspectos
esenciales del ser humano), nos es posible imaginar un mundo mejor y como se
sabe, la imaginación bien dirigida es el primer paso para la acción, donde
convergen la praxis y la poiesis aristotélica. Amén.
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