martes, 30 de septiembre de 2025

PUES DOY ESTOS DOS ENSAYOS QUE YA LOS HE SUBIDO AQUÍ PERO SIEMPRE PENSÉ QUE PODÍAN LLEGAR A LIBRO, Y PUES, NO LLEGARON A LIBRO, PERO NUNCA NADIE DUDÓ DE QUE ERAN BUENOS ENSAYOS, POR MARCOS GARCÍA LOS DOS.

 

Sobre Saúl Ibargoyen y su obra “El Torturador

En el número 227 de la revista Quién (29 de Octubre de 2010) aparece una sugestiva lista de los “50 personajes que mueven a México”. Lo mejor de ésta lista o, por lo menos para los registros que se pretenden en éste ensayo es que: El número dos en cuanto a importancia de los personajes que aparecen es  Carlos Fuentes. En el cuatro  está José Emilio Pacheco. En el diez el historiador, escritor y director de Letras Libres, Enrique Krauze; en el número veintidós está  Guillermo Arriaga. El lugar veintinueve lo ocupa  Elena Poniatowska. Hay que aclarar que no es una revista que tenga acento en la literatura y que es más parecida a una revista para ser hojeada en un consultorio médico o que, dicha sea la verdad, todos éstos escritores son cubiertos por los fenómenos mediáticos y que, tal vez la verdad es que México sea el que los mueve a ellos y no al revés, pero es innegable el valor de sus trayectorias no sólo dentro sino fuera de México.

Ahora que si la pregunta fuera por quiénes son los cincuenta escritores que mueven a México, es seguro que podríamos barajar muchos nombres con certeza y creo, muchos de ellos con unanimidad.

Yo apuesto que en una lista así tendría que estar el nombre de Saúl Ibargoyen, escritor uruguayo-mexicano con un poco más de 35 años de trabajo activo en nuestro país.

Este año que acaba de concluir, Ibargoyen lo terminó con una gira de estudio y presentaciones de sus trabajos en Buenos Aires, Quito y otras ciudades del Cono Sur, además de que bajo ediciones EÓN publicó su última novela: El Torturador.

Antes de hacer un abordaje de análisis de la obra, no podemos olvidar mencionar que Ibargoyen sacó su poesía édita, que comprende desde 1956 hasta el año 2000, en un libro con el título de El Poeta y Yo, que es un amplio volumen cuya selección y presentación estuvo a cargo de Hugo Giovanetti Viola, estudioso de la obra de Ibargoyen. Saúl además durante mucho tiempo fue maestro en La Escuela Mexicana de Escritores de la SOGEM, además de que bajo el mismo sello de EÓN editorial se publicaron sus libros: Toda la tierra (novela) y Cuento a Cuento (relatos completos) y su poemario El escriba de pie, (edición de editorial Tintanueva) el cual mereció el Premio Nacional “Carlos Pellicer” en su edición del año 2002. Agréguense ensayos, entrevistas, artículos, poemas sueltos en la mayoría de las revistas literarias y periódicos importantes del país.

El volumen de El Poeta y yo por su extensión y por sus resoluciones poéticas, que abarcan cuarenta y cuatro  años de madurez, perseverancia y fe en la poesía, merecería un ensayo completo aparte. Por el momento nos basta decir que El Poeta y Yo con el paso del tiempo se verá cada vez más como referencia obligada, tanto para estudiantes de Letras como para escritores en activo y poetas primerizos, es una obra enorme en todos los sentidos. Juan Gelman y Eduardo Milán (otro gran poeta de origen uruguayo entre nosotros) han celebrado sin ambages la poesía de Saúl Ibargoyen, quien, por supuesto, también perteneció al grupo de escritores de Latinoamérica y el Sur de Estados Unidos que en los años sesenta del  XX formaron parte de El Corno Emplumado (hay que recordar que Julio Cortázar, ya con toda la fama y autoridad moral que tenía en ese momento, felicitaba y veía con muy buenos ojos las creaciones de lo que iniciaron Margaret Randall y Sergio Mondragón, que, finalmente, con la represión del tlatelolcazo el 2 de octubre de 1968 y que continuó posteriormente, terminó por hacer desaparecer a la revista).

Principalmente poeta, Saúl Ibargoyen maneja la prosa de largo aliento y el relato sin el famoso “desastre” que ocurre —según decía Augusto Monterroso—, cuando el poeta decide narrar. Saúl Ibargoyen  logra ambas cosas con veracidad total y, además, en su prosa no se puede dejar de advertir y sentir el  peso de la palabra que significa, por supuesto, que nuestro narrador es un gran poeta. Un rasgo característico de  su prosa (algo que también ha mencionado Hugo Giovanetti Viola) es su tendencia hacia visiones escatológicas y  muy lejos del tipo de edificaciones “estetizantes”. Ibargoyen nos confronta en su poesía hacia observar la necia oligofrenia del mundo y la obscenidad del ser humano cuando éste  se comporta como perro. Y, si esto es así, Saúl no lo sabe de oídas: a su obra han de agregarse sus denuncias sobre los abusos de  tortura en su país de origen y de México… Pues… ¿la verdad qué esperaban?

Lo primero que salta a la vista al leer al Ibargoyen narrador es su construcción maestra de un slang violento en la urdimbre del texto y entre el habla de los personajes, que no es un slang propiamente extraído de la calle o de los barrios bajos de las zonas urbanas de un país como México, pero que (y he ahí una de sus genialidades en cuanto a innovación estilística) inmediatamente nos es identificable, es un slang que Ibargoyen ha pulido en su expresión y en su decir y ese slang nos toca, se nos acerca como un filo, es parte de nosotros aunque de él no tengamos la experiencia real en estricto sentido, es un logro de poeta:  esa vivencia del slang puesto al servicio de la literatura es la mejor arma del Saúl narrador en El Torturador que sacó de las quintaesencias del lenguaje violento de “un país que está a medio camino entre Uruguay y México” pero que definitivamente es parte de nuestra historia. Seríamos necios si no nos reconociéramos en ésta nueva novela suya, que apuesto, está todavía por verse su impacto en las letras mexicanas.

El Torturador  narra, y tiene como personaje central a Escipión Carrasco, alias “el Machito”, alias el agente SSS007, quien terminará torturándolo todo, inclusive así mismo. Es “un hijo sin madre” identificable, no hay registro alguno de quién fue su progenitora en ningún lado; existió su padre, quien fue su primer torturador y en un enfrentamiento, pero amoroso,  el padre muere; después y por medio de ese slang recorriendo toda la narración, se irá conformando la historia y saldrán toda una caterva de personajes: “los juanes”, el Coronel Dunviro, el Presidente del Estado Mesoriental, etcétera.

Saúl Ibargoyen es de los maestros que gustan recordar siempre la importancia del primer poema reconocido a nivel mundial de la humanidad: Gilgamesh, (en La Escuela de Escritores de la SOGEM donde me dio clase en el año 2000 ya lo hacía con vehemencia) poema que como se sabe, es un recorrido onírico y un viaje al mundo de los muertos que hacen Gilgamesh y su amigo Enkidú para encontrar el secreto de la inmortalidad. Según una entrevista que dio a Alejandra Silva Lomelí de El Sol de México, en donde la periodista arroja la pregunta desde el título mismo de su trabajo: “El Torturador: ¿novela polifónica?”

Pregunta  Silva Lomelí:

 

El personaje principal de tu novela, Escipión Carrasco, es un incompleto de sí mismo, según tu misma definición. Carece de todo, incluso de una identidad inicial. Él tiene que forjarla solo, y en gran parte lo hace a través de sus sueños, que son catárticos y reveladores. ¿Nos puedes hablar sobre lo onírico en tu novela? ¿Cómo forman la personalidad de Escipión?

           

Saúl Ibargoyen responde:

 

“Los sueños son viejo asunto en todas las culturas. Basta recordar el Poema de Gilgamesh. En cuanto a Escipión, ese ámbito pesadillesco que lo acosa tiene origen, sin duda, en las más que penosas experiencias de vida. En él hay un torturador activo hacia los otros y uno físicamente pasivo hacia sí mismo. Esas pesadillas, producto de lo cotidiano y de la ausencia materna, a más de las carencias de la pobreza, generan más pesadillas que, de algún modo, se trasladan a la brutal vigilia que el personaje habita. Su propia imaginación puede ser interpretada como un mal sueño permanente. Escipión, en parte, es resultado de esos revoltijos oníricos...”

 

Todos sabemos de la maestría polifónica en las novelas de Milan Kundera, pero éste asunto no va por ahí. El discurso narrativo de El Torturador sería novela polifónica al estilo de esas mezclas de habla más bien, de La Habana en Tres Tristes Tigres de Guillermo Cabrera Infante, que también parten de “revoltijos” oníricos nocturnos, pero es dolorosa la experiencia de leer El Torturador y, a pesar del aparente paralelismo entre estas dos obras, la verdad es que son todo lo contrario, pues como el mismo narrador nos recuerda: “la ficción también hiere”. La obra que hizo mundialmente célebre a Cabrera Infante, no es sino una celebración de los ámbitos nocturnos de Cuba bajo el régimen de Batista, pero la verdad es que El Torturador es todo lo contrario o, más exactamente, es el otro lado de la moneda de esa celebración, ya que, en el Estado Mesoriental donde se desarrolla la novela, casi podemos ver, en la figura y el contexto de Escipión Carrasco, toda la historia de impotencia, desgarramientos, caos y devastación en nuestros países de América Latina en el siglo dos XX, cuando desde el poder, “la voz, agria de hipocresía, proclama que lo primero es el orden”, según dice uno de los poemas de protesta de Efraín Huerta.

Como lo sabemos todos los escritores mexicanos, los editores de libros, de revistas y suplementos culturales (toda publicación sobre las letras  que se precie no puede nunca estar fuera de estos debates,  encuestas y cuestiones) y demás gente cercana a los libros, en su número de abril de 2007 la revista NEXOS hizo una encuesta llamada “Las mejores novelas mexicanas de los últimos 30 años”. Yo creo que en el año 2030 se volverá a convocar a ciertos votantes exclusivos para otra encuesta que seguramente causará polémica  y será  llamada quizá: “Las mejores novelas mexicanas en las primeras dos décadas del siglo XXI”. Ojo: en ese entonces ya Carlos Fuentes, como figura y su gran conocimiento de los distintos Méxicos que somos, significará otra cosa para todos nosotros. De hecho, Ibargoyen arriesga mucho más que Fuentes en términos de novela política. La Voluntad y la Fortuna de Fuentes, por ejemplo, con todo y sus 552 páginas densas y espesas,  palidece ante el verdadero horror de El Torturador y la maestría de su inquietante final in crescendo. El Torturador  va a estar en esa lista que seguro vendrá  y quizá entre los diez primeros. Por su contundencia, su innovación estilística, su ironía amarga de triunfo pírrico, las carcajadas de borrachera que provoca, (¡no por otra cosa sino porque está escrita siempre desde el punto de vista del narrador que no deja descansar a nadie: ni a los personajes ni al lector, todos sufren y todos tenemos qué hacer catarsis ante El Torturador!) la solidez brillante de la historia en sí y por sí misma, así debería de ser. A éstas alturas todos sabemos ya qué es lo mejor de Jorge Volpi en su novelística (En busca de Klingsor), de Juan Villoro (sus recopilaciones de ensayos y la novela El Testigo), de Enrique Serna (El Seductor de la Patria), de Gerardo de la Torre (Su obra de cuentos y Ensayo General), de Guillermo Samperio (La Antología que le publicó Alfaguara) etc...

Abro un libro de ensayos críticos reciente de Geney Beltrán Félix (2009, publicado por la UNAM) cuyo trabajo es notable y ha sido muy comentado en el periodismo escrito: El Sueño no es un Refugio sino un Arma y leo: “¿para quién se escribe? ¿No es aterrador que el diálogo intelectual fuera del círculo literario sea casi nulo? [...] ¿La literatura va a quedar relegada sólo al cubículo universitario del doctor en letras? (pp. 75-76). El ya mencionado Cabrera Infante declaró en el Prefacio a la cuarta edición de Así en la Paz Como en la Guerra (1960) que un amigo suyo le había dicho: “cuando un escritor tiene un público es hora de que comience a escribir para él”. No concuerdo totalmente con las preguntas de Geney Beltrán. No creo que ni él mismo las acepte. Pero reconozco que me obligan a meditar, a volver sobre preguntas mías que ya creía resueltas y replantear la idea o, más bien, ese conjunto de ideas, referidas claro,  a “la inmensa minoría” del público que tienen los libros y la literatura.

Una cosa sí es segura: El Torturador  no es una novela hecha para escritores y periodistas solamente; es para todo lector, toda lectora,  porque ese espacio narrativo “a medio camino entre Uruguay y México” del siglo pasado nos es dolorosamente próximo: Lomas Taurinas, Chiapas, Acteal, Tlatelolco, Oaxaca, el cura pedófilo Marcial Maciel, los filósofos marxistas Bolívar Echeverría y  Adolfo Sánchez Vásquez, los jóvenes emos, el ejército en las calles y la tortura misma (Ibargoyen se adelantó a Presunto Culpable, el documental de moda) ¿No son todas esas cosas, acontecimientos, lugares, nombres, repito (y la lista verdadera es más larga) no nos son definitivamente próximos y nuestros? Son nombres, lugares y cosas que han surgido por la tortura, por nuestra tortura.

 

Sobre la poesía y el Infierno

 

 

En una entrevista realizada en Madrid hace ya varios años y aparecida en el suplemento El semanal del periódico La Jornada, (La Jornada Semanal no. 434 junio, 2003) el periodista Carlos Alfieri intentó (y lo logró en gran parte) sacarle confesiones significativas para el público al filósofo francés André Comte- Sponville, que como dice la nota introductoria, “pertenece al reducido grupo de filósofos que conocen la gloria equívoca de la popularidad”. En dicha entrevista, Comte-Sponville se declara un pensador anti sistemático alejado de los grandes sistemas filosóficos como lo son los de un Hegel, un Spinoza o un Kant, y se declara partidario de filosofías como la de Pascal o Montaigne que, al abordar la labor filosófica, antes que nada lo hicieron en primera persona, no desde el mundo de las ideas o alguna otra entelequia más o menos respetada.

            Comienzo con ésta introducción porque aclaro que voy a hablar en primera persona, es decir, desde mi propio nombre y como  escritor y voy a acompañar mi reflexión con escritores y filósofos que considero notables y decididamente universales; en primer lugar, porque dicha sea la verdad y así lo creo, los grandes pensadores, novelistas, poetas, artistas o investigadores, lo son porque comenzaron su saber desde sí mismos y luego lo insertaron en sus respectivos ámbitos o derroteros particulares. Desde luego no es que yo me considere un súper gran escritor de peso completo, pero creo que entiendo que me han invitado a participar aquí   principalmente por mis libros y porque aunque sea uno, tengo un premio nacional de narrativa y cursé un semestre de la carrera de Filosofía, además de que soy egresado de la Escuela Mexicana de Escritores de la SOGEM. Es decir, me siento nadando a gusto en esta mesa y presiento que todo lo que voy a decir parte de una visión estrictamente personal. La razón es que en el campo del saber literario es precisamente la óptica propia lo que es precioso, es el qué de lo contado pero también y más importante el cómo es contado; es la abertura de la lente y con buena velocidad en el obturador y luz suficiente para la fotografía que pretendo tomar ante ustedes y de ustedes lo que me importa, si mi cámara no es lo suficientemente buena ya se verá, pero mientras tanto, ustedes manténganse a foco.

            El Diablo, el chamuco mexicano o su respectiva contraparte femenina que es la chingada, Satán para los Hebreos, es decir, el Adversario, el Enemigo; para la Grecia Clásica el Diablo, o sea el Acusador, el Calumniador, el Demonio en resumidas cuentas, es el santo patrono de la poesía y de la literatura toda. Por ejemplo, para los pensadores del Medioevo que pusieron a la Filosofía de sirvienta de la Teología como San Agustín, el “infierno” es un “lugar” etc, seguramente con muchas llamitas. Sé que esta expresión puede no ser compartida por todos ustedes, pero sostengo que tiene un muy alto grado de verdad en particular para la poesía moderna que se inicia en 1821 con el nacimiento del primer poeta maldito y uno de los dos o tres más grandes de Francia: Charles Baudelaire y más o menos igual Arthur Rimbaud. En la expresión latina non serviam, es decir, no servir, no ser útil en términos prácticos o de solidaria cooperación social, es donde se encuentra el poeta y subrayo a Baudelaire y Rimbaud porque ellos fueron los primeros poetas iconoclastas, irreverentes o, por lo menos, los primeros reconocidos a nivel mundial que además de clavar su mirada poética en lo putrefacto, la carroña, lo infernal, sirven como ejemplo perfecto para esta exposición simplemente por su frase: “La más hermosa habilidad del Diablo es habernos persuadido de que él no existe”(Baudelaire). Toda la poética de Baudelaire es una metafísica, es decir, un discurso que se basa en la ausencia y la presencia. La pregunta fundamental de la metafísica es: ¿por qué hay algo y no más bien nada? Desde Hesíodo, el poeta griego autor de la Teogonía, los grandes metafísicos han dado diversas respuestas a su indagación ontológica partiendo de esta frase. Algunos, lo resuelven remitiéndose a Dios, el padre creador del Universo; otros, más audaces como Jean Paul Sartre, llegaron a la conclusión de que el ser humano “es una pasión inútil”, sin Dios, ni Demonio, ni… precisamente, nada. Sartre experimentó y estudió una ontología basada en la intemperie del Ser. Sartre fue audaz y hasta en sus errores fue genial porque prefirió morir-mortal que morir con la inmortalidad del premio Nobel, que aunque a Sartre le cabe mucha inmortalidad, el prefirió morir escribiendo su filosofía y sus doctrinas para sus camaradas en el vivir y de ahí se explica el Monumento Sartre repartiendo volantes de la lucha estudiantil del Mayo francés de 1968.  Pero vuelvo a Baudelaire y ésta idea de lo infernal que resulta la creación poética.

            Y es que el rango metafísico de lo infernal le corresponde a la poesía primero que a todas las artes (y es la que posibilita y da vida a todas las demás disciplinas artísticas) por la misma razón que al Diablo lo mandaron al infierno: por no servir para nada, por un rotundo exclamar que sus obras y sus glorias no cabían en éste mundo hecho para la técnica del trabajo y alejados cristianamente de la soledad, otro tema importante en la literatura, porque es a partir de la soledad y precisamente por la soledad de donde nace la poesía, autogenerándose, compitiendo en forma desleal en un mundo en que estamos hechos individuos en un ser-para-sí pero también ser-para-los-otros, en todas las modalidades que se pueda y con las responsabilidades que nuestra condición humana conlleva.

¿Pero la poesía? ¿Qué es la poesía? La poesía primero y antes que nada es un acto de libertad, pero como su más alta misión en solidarizarse con la soledad ajena, el poeta, al luchar para encontrar su propio canto y todo lo que después los críticos vendrán y dirán: “Ha, lo que pasa es que este poeta se expresaba en metáforas, prolepsis y analepsis”, primero es una energía que para ser considerada poética, debe atravesar la sensación de vacío precisamente para que el vacío en el resultado del texto poético haya quedado  trascendido y superado, y por medio de la poesía el ser humano experimente el recogimiento. El recogimiento de sí mismo. Trascender el vacío  como una de las formas de experimentar la ausencia del ser y sus cualidades ontológicas de las que todo Ser comparte: Verdad, Unidad y Bondad, en palabras del filósofo tomista Joseph de Finance en su Tratado del Ser (editorial Gredos). ¿Por qué es infernal la poesía? Porque no sirve para nada, a lo que remite el mensaje del poeta es a la subjetividad mía o la de cualquiera, a experimentarse uno a sí mismo libre, una categoría individual que no se agota en criterios políticos, jurídicos o de sólo horarios de trabajo, sino la posibilidad de albergar amor, o ser principio de una historia mítica. Es decir que en todos cabe la posibilidad de ser poetas porque estamos solos (y de hecho la Poesía juega a metamorfosear esa soledad), y al mismo tiempo en todos cabe la posibilidad de ser virtuosos porque nos lo cuentan, es decir, porque nos cuentan cuentos y es, sin lugar a dudas, de la virtud de lo que hablan los buenos cuentos; de cómo aprovecharla, ganarla, perderla, sufrir su ausencia o recobrarla, nada más piensen en los cuentos cinematográficos o literarios que más les hayan dejado algo y me entenderán o compartirán esta idea. ¿Ejemplos modernos? La última versión cinematográfica de El conde de Montecristo, la gran obra de Dumas, o los cuentos del gran escritor guatemalteco Augusto Monterroso recientemente fallecido, del cual me disculpo en ausencia y presencia porque en una entrevista que me hicieron en el radio dije que él no era buen escritor, espero que allá en el infierno  me perdone y mi castigo dantesco sea que por los siglos de los siglos  él me recite o me lea su obra, porque yo, tanto gusto, sería bueno amanecer todos los días en el infierno y recordar eternamente que el dinosaurio sigue ahí, el dinosaurio como problema metafísico y que trasciende a la Historia con mayúscula, porque sigue ahí y ahí seguirá…. Qué caray. Pero bueno. La virtud, el tema filosófico universitario… Aristóteles, o por lo menos  lo que sabemos de Aristóteles (pues la mayoría de su obra está perdida quizá para siempre), sabemos que él no comprende las virtudes como algo fijo, seco o acabado, Aristóteles nos dice que para ser virtuosos imitemos al virtuoso, hay que recordar que Aristóteles es uno de los rectores intelectuales de la Humanidad de todos los tiempos. Pero no he acabado con Baudelaire y Rimbaud, ni pienso acabar, veamos un fragmento del poema 143 de su primera obra importante, Las flores del mal de Baudelaire y después un fragmento significativo para ésta mesa de Una Temporada en el Infierno de Rimbaud:


“Oh tú, el más sabio y bello de los Ángeles,

Dios traicionado por la muerte y privado de alabanzas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Oh Príncipe del exilio, a quien se ha agraviado,

Y que, vencido, siempre te vuelves a levantar más fuerte,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú que todo lo sabes, gran rey de las cosas subterráneas,

Familiar curandero de las angustias humanas,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!

Tú que, hasta a los leprosos y a los parias malditos,

Enseñas mediante el amor el sabor del Paraíso,

¡Oh, Satán, apiádate de mi enorme miseria!”

 

El poema es largo, cito sólo éste fragmento pero creo que se aprecia lo fundamental que Baudelaire sostendrá en todo su poema, el ritmo de acumulación o en otras palabras, Baudelaire busca que su lector se sature de la oración que él le hace a Satán. Ahora imaginemos cómo estaba Baudelaire para escribir esto y, sobre todo, un libro que mantiene el mismo tono.

Ahora de Arthur Rimbaud:

 

“ Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín en el que todos los corazones se abrían, en el que todos los vinos se escanciaban.
Una tarde, me senté a la Belleza en las rodillas. - Y la encontré amarga. - Y la cubrí de insultos.
Me armé contra la justicia.
Escapé. ¡Oh brujas, miseria, odio: a ustedes se les confió mi tesoro!
Logré que se desvaneciera en mi espíritu toda la esperanza humana. Sobre toda alegría, para estrangularla, salté como una fiera, sordamente.
Llamé a los verdugos para, mientras perecía, morder las culatas de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme en la arena, en la sangre. La desgracia fue mi dios. Me tendí en el lodo. Me dejé secar por el aire del crimen. Y le hice muy malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la horrorosa risa del idiota.
Ahora bien, últimamente, habiendo estado a punto de soltar el último ¡cuac!, se me ocurrió buscar la clave del antiguo festín, en el que había, quizá, de recobrar el apetito.
La caridad es esa clave. - ¡Semejante inspiración demuestra que todo fue un sueño!
"Seguirás siendo hiena, etc.", exclama el demonio que de tan amables adormideras me coronó. "Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo, y todos los pecados capitales."
¡Ah! Ya he aguantado demasiado: - Pero, querido Satanás, te lo suplico, menos irritación en la pupila. Y mientras van llegando las pequeñas cobardías que faltan, para ti, que tanto valoras en el escritor la carencia de facultades descriptivas o instructivas, arranco unas cuantas páginas repelentes de mi cuaderno de condenado.”

Sé que mi voz jode, por eso leí el poema con tanta vehemencia, creo que realmente no hay otro modo de dar una ponencia que mostrando ira. De lo demás Rimbaud es el que tiene la culpa, pero no se preocupen, en toda Francia es lectura obligada desde el bachillerato. (Escribir nota para mi agente literario y preguntarle qué pensó la gente de mis risas detrás de  dientes).

Es que la palabra Diablo en el pensamiento suena con mucho peso, al contrario de Dios, que es una palabra con muy poco peso, quiero decir, hablar de Dios es reducirlo, simplemente nombrarlo es en parte acabar con su grandeza —seamos creyentes o no—, pero en cambio hablar o leer sobre el Diablo tiene mucha fuerza y mayor que la del propio Dios en la conciencia humana. Si como algunos experimentos han demostrado que durante el día a una persona normal le pasan cerca de 100 veces por la cabeza ideas sobre el sexo, sería interesante saber cuántas veces pensamos sobre el infierno o sobre el Diablo aunque sea sólo en pequeñas dosis y breves instantes. En efecto, la cita literaria dice “en el instante entran Dios y el Diablo”. O sea que dios y el diablo están en este instante… [clic] y en éste instante también. La poesía ensancha el instante, lo fomenta, lo puebla de signos y significados que es, en otras palabras, la polisemia: multitud de significados. Si al hacer enorme el instante, entonces la poesía debe mucho a dios y al diablo: pensemos en los grandes poemas de Efraín Huerta, Octavio Paz o José Gorostiza, en especial su celebradísimo poema Muerte sin fin, veamos un fragmento entresacado:

 

 

¡Tan-Tan! ¿Quién es? Es el Diablo,

es una espesa fatiga,

un ansia de trasponer

estas lindes enemigas,

ese morir incesante,

tenaz, esta muerte viva,

¡oh Dios! Que te está matando

en tus hechuras estrictas,

en las rosas y en las piedras,

en las estrellas ariscas

 y en la carne que se gasta

como una hoguera encendida,

por el canto, por el sueño,

por el color de la vista.

¡Tan-tan! ¿Quién es? Es el diablo,

ay, una ciega alegría,

un hambre de consumir

el aire que se respira,

la boca, el ojo, la mano;

estas pungentes cosquillas de disfrutarnos enteros

en un solo golpe de risa,

ay, esta muerte insultante,

procaz, que nos asesina

a distancia, desde el gusto

que tomamos en morirla,

por una taza de té,

por una apenas caricia.

 

[Fin de cita] Entonces la experiencia cotidiana contiene a dios y al diablo, efectivamente. Eros y Tanatos en términos freudianos; el bien o la ética y el mal en términos de filosofía; en poesía, ambas polarizaciones condensadas y fundidas en una sola y única experiencia: la creación poética. De ahí que los grandes filósofos como un Nietzsche, tomó como poeta de cabecera a Hölderlin y Hiedegger hizo su brillante ensayo de poética tomando como remanente al mismo Hölderlin, el verdadero titán de las letras alemanas, porque aceptó su locura y abandonó la poesía debido, entre comillas, a “una oscura locura”, que claro, a los psicoanalistas les encanta analizar porque precisamente las grandes mentes tienen mucho qué decir, y los psicoanalistas, al escuchar la sensación del infierno, piensan para sus adentros: Aquí está lo sabroso. La realidad es que la filosofía ha demostrado, después del paso de los siglos, que nos ha enseñado a pensar, pero ahora, cuando la filosofía no se convierte en un discurso politizado, es decir, una verdadera doctrina, como la de Marx, brillantemente seguida en México por Adolfo Sánchez Vásquez, en el que la expresión ser-radical significa ir a la raíz del ser humano, digo, sino se hace filosofía así, sólo se está jugando o demostrando pedantería, por eso es que se enseña Historia de la Filosofía o se “problematizan” cuestiones ya superadas en las aulas de filosofía y no se enseña  a filosofar, como quería Kant, porque eso, verdaderamente hablando y siendo alejados de la academia y uno solo y su sombra, la filosofía está muy bien leyéndola, pero filosofar, realmente no sirve para nada más que para que uno expanda su horizonte cultural (se hable así mismo), mientras que la poesía sigue vigente y válida y los psicoanalistas lo saben muy bien porque piensan que cuando sus pacientes les hablan de su dolor, están haciendo poesía, ¿que crean eso? ¿En estricto sentido, el dolor y sólo el dolor es igual a la poesía? Yo creo que no, bueno, que ellos lo piensen está bien, después de todo, no cualquiera es poeta, sobre todo porque casi nadie aguanta “el peso bruto de la nada” en palabras de Octavio Paz. 

Pienso también en Alejandra Pizarnik: “Extracción de la piedra de la locura y El infierno musical”, una extraordinaria artista, que nació en Buenos Aires el 29 de abril de 1936, en una familia de inmigrantes del este de Europa. Estudió filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires y, después, cultivó su afición a la pintura bajo la supervisión de Juan Batlle Planas. Entre 1960 y 1964, Alejandra vivió en París, donde trabajó para la publicación Cuadernos y para algunas revistas francesas; colaboró con poesía y crítica de varias publicaciones en francés y en español; tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesairé e Yves Bonnefoy, y estudió historia de las religiones y literatura francesa contemporánea en la Sorbona. A su regreso a Buenos Aires, Alejandra publicó tres de sus volúmenes más importantes, Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de la locura y El infierno musical, así como la obra en prosa La condesa sangrienta. En 1969 se le concedió una beca Guggenheim, y en 1971 una beca Fulbright. El 25 de septiembre de 1972 salió de la clínica de psiquiatría en que estaba internada para pasar el fin de semana; falleció por una sobredosis de seconal que tomó por su propia mano. Y mientras la recordamos siguen existiendo las guerras estúpidas, la abyección del hombre que se comporta como lobo para el hombre, etc...

 

Ustedes no sé si se aferran a la psicología o al psicoanálisis, yo me aferro a la literatura y al pensamiento. Una de las cosas que aprendí en los distintos infiernos donde he estado (parecidos a los de Pizarnik), es que ni el tiempo adentro del infierno destruye al pensamiento, o bueno, eso creo yo, esa es mi creencia probada en el sentido que le da a las creencias Ortega y Gasset, pero ya se cerró la cámara y ya tomé mi foto, el que estuvo en el infierno bien lo hizo, el que estuvo en el cielo con sus alitas y su aureola también, bien lo hizo. Y ahora, después de éste instante, un poema, porque la poesía, finalmente nos hará libres.

Muchas gracias.

 

SOBRE JOSÉ VICENTE ANAYA POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Vicente Anaya: llegar al límite, no tocar fondo

           

Dejemos a los alcohólicos y los cocainómanos tocar fondo, que pierdan  su humanidad para descubrir que finalmente hay un dios cualquiera que éste sea, dejemos a los políticos corromperse, volverse tiranos y soñar con el poder; los poetas, los creadores y toda la comunidad artística tenemos nuestros propios negocios: viajar y cabalgar sobre el trueno (los artistas son aprendices de la luz, como decía Carlos Pellicer) y cabalgar también sobre unos muslos femeninos o masculinos, ya sea el caso, para compartir la aventura que significa ser parte del género humano, la empresa de la observación y de la óptica propia, el ángulo exacto  que pone en entredicho, refleja o cuestiona las luces y sombras de la sociedad y en tal actitud el creador pone de manifiesto que el sentido o el sinsentido de nuestros actos y de nuestra participación en la sociedad se refleja en la obra artística que tácitamente y como un rumor silencioso nos habla de que el significado de la vida, realmente está en otra parte,  en una dimensión que se nos escapa, cuando nos preguntamos si merecemos más felicidad que aquella, cuando la dicha estaba cerca, o si el sufrimiento o la pena que nos embarga debería ser menguada por x o y circunstancia que ya no está aquí, sino en la memoria. Y a pesar de que la labor filosófica contesta racionalmente diciendo que el sentido de la vida no existe, ni siquiera el filósofo más armado y más preclaro de entendimiento puede sostener de por vida la argumentación que relativiza nuestro malestar ante los embates de la vida cotidiana. El poeta, por el contrario que el filósofo, debe saber que el logos, la aprehensión intelectual del mundo, tiene un componente racional y otro irracional, que no se contraponen sino que se complementan, por eso los tratados de psicología o de filosofía, frente a las grandes obras poéticas resultan fríos, ajenos a la vida,  a la vivacidad y la pasión humana, porque precisamente es la obra poética —en su sentido más general, el sentido que abarca cualquier concepción de poética— donde se dan  la mano el intelecto, y la capacidad o la vitalidad de la imaginación. En éste sentido, el poeta es un ser con mayor compromiso con su obra que el académico o el crítico, toda vez que el creador es el primero y el primigenio de donde parte cualquier exégesis, paráfrasis o tratado de donde surgen  los segundos. Por eso es que sólo hay un Borges mientras que hasta el cantinero del bar de la esquina tiene su comentario borgeano.

El poeta debe entregarse a las aguas de la divinidad —o de la podredumbre y la putrefacción, como lo hizo Baudelaire— y su obligación, es decir, lo que su soledad creadora debe a los demás hombres, es mostrar sus resultados, la obra, “la poesía indispensable que no sirve para nada”, en palabras de Jean Cocteau, debe de ser vista como el archipiélago rocoso que une a una isla con otra, cuando el poeta bucea para encontrar esa unión y ese nexo inquebrantable, el nexo entre individualismo y sociedad, entre hombre y mujer, entre padre e hijo o cualquier otro tema o derrotero que persiga el poeta. ¿Pero qué labor es ésta? ¿Por qué el poeta tiende a ser segregado por la incomprensión que causa su trabajo? En ese centro, que es la incomprensión del arte, está la pregunta y cada vez más como duda: ¿qué es o qué será la poesía? ¿Cómo se hace un poema que merezca ese nombre? El verdadero poeta, el autor preparado,  sabe que su respuesta es la misma pero es diferente cada día, pues tal es el caso de las grandes cosas: carecer de cualquier definición perpetua. Y cualquier tentativa nueva, entre más vital, innovadora y significativa  sea, será mejor bienvenida, tal es el caso de la obra del maestro José Vicente Anaya (Villa Coronado, Chihuahua, 1947).

            En julio de 1995 me encontraba en una sórdida habitación de un hotel de Mérida, mi novia me había abandonado sin comida, sin dinero y sin esperanzas, sólo con una pesada  sensación de fracaso,  resaca y dos libros que a pesar de lo que yo había visto como una traición, me los devolvió, esos libros eran: Van Gogh o el suicidado por la sociedad, de Antonin Artaud y Híkuri, (1978) de José Vicente Anaya. Sólo hasta después comprendí que de quien Anaya había tomado hondas lecciones era de Artaud y en mi desesperada soledad de Mérida, entendí que no era gratuito mi primer acercamiento a Artaud junto a Vicente Anaya. Y es que cuando uno está en peligro y tiene que sacar fuerzas de algún lado, no se sabe de dónde, es buen momento para leer poesía; así me tocó descubrir Híkuri, (nombre del peyote en lengua rarámuri) este catártico poema hecho para expandir la mente a base de las lecciones-visiones del peyote y siempre recordaré:

 

                        Súbete al tren de lo desconocido

                        para saciar la vida y

                        visita la luna

                        antes de que la traguen los coyotes

                        C          A         M        I          N         A

                        y sólo confía en el movimiento

                        Cruza tus propios precipicios

                        sin dejar de conocer las celdas

                        donde agonizan los poetas

                        que han encontrado la distancia

                        en el centro de sus corazones:

                        el manicomio de Rodez

                        está en tu casa y

                        el Hospital de Santa Isabel

                        organiza redadas en los plenilunios.

 

Años después me seguía intrigando y preguntando el porqué de los  paréntesis, las rayas, los círculos dentro del texto y  la musicalidad sincopada que emana de Híkuri aunado a sus palabras en lengua rarámuri. En su conjunto era exactamente lo que todo buen poema debe ser y manifestar: la libertad absoluta del creador donde convergen la memoria del pórtico natal,  la experiencia recorrida y la urgencia de la expresión del poeta que proviene de un saber de la singularidad de su experiencia que, al ser compartida, nos enriquece y nos da el perfil de una generación —la generación de los jóvenes en 1968— de donde sólo los más hábiles pudieron  dejar testimonio de esa época, que como es sabido, fue un parte aguas en la historia de México. Híkuri debe ser recordado y asimilado como una búsqueda interior del reencuentro con la otredad cuando precisamente la política mexicana de la época contestaba con autoritarismo y represión.  Híkuri, al paso de los años, no  se lee  como si fuera la brizna de un poema caribeño, sino denota la desesperación de la autoconciencia en los momentos de alteración que causa el peyote: “Infierno y Paraíso esta Conciencia/ Otra Razón que no es razón. Silencio”  O como él dice más adelante: “la biznaga poderosa del todo, del bien-mal”, es decir, para Anaya, el peyote significó el límite de una comprensión entre las dualidades de conceptos polarizados: Eros y tanatos, blanco y negro, hombre y mujer, lo bueno y lo malo, Dios y el Diablo y todo por “la biznaga poderosa”, que obviamente produce visión y energía psíquica, en un pensamiento hecho cascada que apresa el instante: Híkuri no es un poema que marcha, sino que irrumpe, y por tal motivo, para ser asimilado es mejor observar sus silencios y sus pausas y lo significativo de éstas. Híkuri es compromiso veraz con la palabra que no es pesadez de concepto, ni mera orfebrería de imágenes como lo hacen los malos herederos de Octavio Paz, sino auténtico aliento, respiración que es saberse y confirmarse como libre,  un hálito, punto de partida hacia un viaje iniciático. Heredero en el mejor sentido de la palabra de los beats,  Vicente Anaya se acercó al peyote igual que ellos, pero como hombre consciente de su momento histórico, no pretendió ramplonamente imitarlos: los beats crecieron en Anaya en su lengua original, el inglés, y Anaya, dos generaciones más joven, se miró en ellos como mexicano y los vio como una forma de maduración poética y personal. No sé si antes de Híkuri Anaya se había pasoneado de peyote, pero Híkuri es rotundamente iniciático.

 

Tuvieron que pasar seis años para que conociera personalmente al maestro y con su generosidad me ayudara a publicar mi primer libro. Ante mis ojos me resultó siempre como un poeta que hablaba de la poesía como si fuera otra (o la verdadera) antropología, el verdadero estudio del hombre; luego estaban sus vivencias fronterizas: Tijuana, San Diego, Los Ángeles y de ahí, como según dice, fue de los primeros mexicanos en traer discos de Tom Waits a la ciudad de México. También me fascinó su absoluto respeto ante los hallazgos ajenos: él no lee un haiku de Bashoo: él ve toda una  declaración de  estética. En fin, un hombre cabal, completo, pues. Un poeta por los cuatro costados y los cinco sentidos.

            No es posible seguir la apretada agenda de un escritor que se ha consagrado al estudio, escritura, traducción y difusión de la literatura como él desde toda su vida: ha colaborado con reportaje, crítica y ensayos en más de 12 revistas y periódicos nacionales e internacionales como La Cultura en México de Siempre!, Casa del Tiempo (Universidad Autónoma Metropolitana), Unomásuno, Atticus Review (de San Diego, California, USA), Bajareque (Universidad del Zulia, Venezuela), Alero (Universidad de San Carlos, Guatemala), La Jornada Semanal del periódico La Jornada, El Financiero, etc.

            Ha dado lecturas de poesía y conferencias en varias universidades y centros culturales de México, Estados Unidos e Italia y ha tenido importantes aventuras editoriales en más de seis sitios diferentes, hasta que en marzo de 1997 fundó y  junto con José Ángel Leyva, dirigió  Alforja REVISTA DE POESÍA, que tuvo  proyección nacional e internacional y a mi juicio, fue absolutamente la mejor revista de poesía que circuló en sus 13 años de vida  y la más arriesgada; en alforja se  escribió  sobre las relaciones entre el tiempo y la poesía, poesía y budismo, poesía contemporánea española, poesía y vanguardia, poesía femenina y feminista, poesía neo helénica, poesía y Jazz, etcétera. El grupo de escritores que nos  reunimos  en torno a alforja, más que pretender acaparar la hegemonía o la directriz de un discurso que dictara  las pautas del quehacer poético y ensayístico,  fue un  conglomerado de voces que prorrumpieron en  distintos escenarios poéticos, donde se ha dado lo mismo un espacio a textos polémicos de toda índole, (como una polémica entre Heriberto Yépez contra Gabriel Zaíd y que Zaíd nunca respondió) el rescate a viejos poetas que pernoctaban en el olvido como José María Facha (1879-1957) o los primeros esbozos poéticos de autores y autoras menores de veinte años. Incluidos maratones poéticos donde protestamos en contra de la guerra de Irak, etcétera. Precisamente como alforja se mantuvo como revista independiente, no pudo adjudicarse una actitud de patriarcado cultural como los resentidos le  achacaron:  nada quedaba más lejos de nuestras intenciones, ya que en palabras del mismo Anaya: “alforja nació para expresar todas las voces de los poetas, todas sus búsquedas y las muchas culturas del mundo, con la idea de propiciar la diversidad en este mundo que ha ido cerrándose en la ceguera de dogmas que derivan en fundamentalismos y caudillismos con sus típicos abusos en la intolerancia.”

            ¿Desde dónde escribe el poeta? Existen casi tantas respuestas como poemas: desde el delirio, desde la razón, la soberbia, el bruto egocentrismo, la tonta ocurrencia, la genial espontaneidad, lo libresco, lo erudito, la pasión, la pesadilla... En sus otras obras poéticas,  Anaya se coloca —o más correcto sería acotar—: se desliza, hacia estados que provocan un llamado de conciencia, pero no un vértigo estéril que desemboca en el desasosiego; más bien todo lo contrario: su poesía nos trae a nosotros mismos ante nosotros mismos. El tema puede ser terrible, pero no se nos impregna; poesía que pide ser escuchada desde la conciencia hacia un más allá de ella, como creo percibir en Morgue (1975-1976), una de sus más fecundas rachas creativas, donde el poeta entra al mundo para recorrerlo y el mundo hace lo mismo con él:

                       

He salido a revolcar la voz. Con cada paso

                        ascienden las cenizas

                        de los incinerados. La garganta

                        no puede con otro ritmo

                        que esté alejado

                        de los acordes con que responde el piso

                        en cada huella... La noche

                        está empeorando,

                        con esta canción

                        que se introduce

                        a envenenar las venas, como

                        si otro alguien, que soy yo,

                        se hubiera metido en mí

                        para usurparme

                        las ganas de vivir... y

                        en esta pena

                        me preparo un escándalo mayor

                        que sufriré más tarde.

                       

Otro caso que merece mención es el  poemario Los valles solitarios nemorosos, publicado por vez primera en 1976, que contiene lo que un escritor  cocainómano corrido de un reformatorio, juzga como lo breve descomunal, noción que me un acierto, pero ya el maestro Anaya en una entrevista aparecida en La Jornada Semanal (num. 287, diciembre de 1994) abundaba sobre el tema:

 

            “Esa expresión está sustentada en la profunda cosmogonía del pueblo chino. Por ser la cultura más antigua del oriente, la cultura china civilizó al Japón y a los pueblos que la rodean. El interés por la brevedad se da principalmente en el taoísmo, allá por el año 400 a. de C. Y en el budismo Chan, que en Japón la pronunciación se deformó en zen, siglos después. El confucianismo es la otra parte filosófica que cultiva la discreción, lo sucinto, el empleo de las palabras en su justa medida y oportunidad. [...] Hay también poemas chinos muy largos, poemas y novelas muy extensos. Lo que más le interesa al taoísmo es hacer que el individuo se sienta como parte de la armonía del Universo, se trata de un concepto llamado sincronicidad. [...] La unidad conforma un signo de totalidad, es la relación entre lo grande y lo pequeño.”

 

            Esta idea del breve concepto poético que rompe con esquemas occidentales de pensamiento, se une a sus otros grandes temas: Vallejo, Miguel Hernández, la posibilidad del surgimiento de cualquier tipo de vanguardia en todo momento (él acotaría que sólo siempre y cuando sea el momento oportuno para que los escritores den a conocer sus intereses profundos), la poesía y el humor, la poesía de los beatniks, sus traducciones de Gregory Corso, Marge Piercy, Ginsberg,  Henry Miller, y la polémica en torno a la demasiada veneración y culto a la figura de Octavio Paz entre las plumas mexicanas, que una vez hecha la brecha, gustosos la recorren sin aportar legítimamente nada nuevo. El propio Paz, que a propósito de Sade escribió: “tanto el erudito, el sabio, el poeta y el que sueña con la abolición de la siniestra realidad, disputan como perros sobre los restos de tu obra”,  ejemplifica lo que a él mismo le ha ocurrido.

            En sus poemas amorosos, como en el ya celebrado Morgue, Anaya ve a su amante que baila, que se desdobla y se crea ante sus ojos; a lo que el poeta le inventa un nombre, Dorinda, en un baile que resulta ser un éxtasis y evocación de la memoria en el que el poeta recorre su trayectoria política y cultural: “Y tuvimos Rock para olvidar/ el fastidio de una ciudad/ que se nos encima a fuerza.” O las amigas: “esperaban/ la reencarnación de Trotsky/ en algún compañero/ para hacer el amor con el gran viejo/ sin cráneo destrozado...” Y al final:

                       

Danza, muchacha,

                        porque nuestro tiempo

                        no tiene ritmo, ni madre.

                        El tiempo nos asalta

híbrido para empujarnos hacia un túnel

de espacio tumefacto.

Danza, muchacha, porque

no queremos morir repletos de vacío.

 

 Si tuviera que elegir entre los mejores libros de Anaya (operación que los críticos camuflan), elegiría sin dudar, Híkuri, Morgue, Peregrino (ediciones Alforja 2002), donde hay Haikus brillantes como:

 

Mariposas en vuelo

hacen el amor

arriba de mi pelo.

 

y Poetas en la noche del mundo (UNAM, 1997). Éste último libro pertenece a una corriente que prácticamente él a inaugurado en México; el libro de ensayos-traducciones, tal como lo es también su estudio sobre los beats, Los poetas que cayeron del cielo. Pero Poetas en la noche del mundo a mi parecer, es más ecléctico,   más extenso y  —afortunadamente—, más pretencioso: ahí se encuentran analogías entre Rimbaud y Henry Miller, la poesía de Charles Bukowski, (poeta “punk” como él lo define), el surrealismo propio de Artaud, una aproximación a las  más arriesgadas y sagaces  poetas contemporáneas estadunidenses: Di Prima, la poeta suicida y llorada (yo la lloré antes de saber de su muerte) Anne Sexton, Wakoski y la segunda parte del libro, que es algo así como un conjunto de intensidades/ aproximaciones al fenómeno poético que recaba Anaya de esa auténtica pandilla mítica-metahistórica de locos y anarcos: Rimbaud, Cesare Pavese, Efraín Huerta, Henry Miller, Jack Kerouac, Robert Duncan, Concha Urquiza, Cioran, Ezra Pound, Vicente Huidobro, Sylvia Plath, Jim Morrison, etcétera.

            En fin, creo que Anaya ha terminado periodos creativos y ha iniciado otros; por más que lo quieran encasillar los críticos simplemente como traductor, el permanecerá como una de las voces más originales de la literatura mexicana con su obra escrita, traducida y recopilada (sospecho que la tríada es indisoluble) y lo que falta por venir... No me queda nada más que agregar, más que José Vicente Anaya, como el eterno retorno del que hablaba Nietzsche, está condenado a repetirse cada vez más breve-enorme, más plural-etéreo, más inagotable y que siempre llegará al límite verdadero: cada nuevo decir poético.

 

 

NOTA: Este texto fue escrito antes de la muerte el pasado 2020 del Maestro José Vicente Anaya, no creo que haya mejor pretexto para invitar a la lectura del gran amigo, conversador, escritor, poeta, traductor he incansable promotor cultural que fue en vida José Vicente Anaya.

 

SOBRE KARL POPPER POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Karl Popper revisa a Platón

 

Porque lo queramos o no, Popper, filósofo muerto en 1994, es ya un clásico. En primer lugar puede darse el lujo de bajar de su eterno pedestal a ni más ni menos que a uno de los rectores del pensamiento de todos los tiempos: Platón, en la obra La sociedad abierta y sus enemigos (5° reimpresión española, 1992), tabique de 693 páginas que por sí solo ya produce un goce estético: “¡Este cuate pensaba tanto!”, porque como se sabe, el tabique es hermoso pero más hermoso es el horno de donde sale…

            Pero no es contra Platón el personaje por sí mismo que ataca Popper, sino: “más bien, a destruir todo aquello que, a mi juicio, tiene de perjudicial esta filosofía. Es la tendencia totalitaria de la filosofía política de Platón lo que trataré de analizar y criticar.” No es este el espacio de cuestionar tal ataque sino de describirlo en forma resumida partiendo de la siguiente afirmación: en algún grado de verdad,  el psicoanálisis y sus mayores expositores de cierta forma le dan un golpe bajo a toda la producción intelectual occidental, por lo menos, precisamente hasta la desde los tiempos de la Grecia clásica y de la misma manera lo hace Popper con Platón cuando nos refiere el contexto en el cual fue creciendo el discípulo de Sócrates: “Durante la juventud de Platón, el gobierno democrático de Atenas se vio envuelto en una guerra mortal con Esparta, la ciudad cabecera del Peloponeso, que había conservado muchas de las leyes y costumbres de la antigua aristocracia tribal. La guerra del Peloponeso duró, incluyendo una interrupción, veintiocho años. […] Platón nació durante la guerra y tenía veinticuatro años cuando ésta terminó…” ¿Pero qué guerra fue o por lo menos, qué dimensiones tenía mientras crecía Platón? Atenas, en sus años de mayor esplendor, debió haber sido, comparativamente, del tamaño de la ciudad de Aguascalientes en los años 70’s del XX, mientras que Popper, es preciso recordar, escribió La sociedad abierta y sus enemigos cuando el rumbo de La Segunda Guerra Mundial todavía era incierto para los países aliados. Imagino a Popper, este pensador inmenso y orejón,  escribiendo  con la auténtica conciencia de que su obra lo iba a inmortalizar, diciéndole a Platón en su soledad: “Yo no fui cobarde como tú, porque no me acobardó Hitler ni perdí la dimensión del pensamiento crítico, mientras que  usted, a los 24 años ya era un cobarde ante su realidad política”. Pero de la analogía no debe desprenderse un símil de pleito de machitos de cualquier cantinita, sino cuál fue la actitud tanto de Platón frente a su realidad como la de Popper frente a la suya, ambos en ardua labor de pensamiento profundo y creador. Mi especulación debe quedar como lo que es: mera especulación, pero  tal axioma especulativo puede servir para entender cómo Popper derrumba a Platón en uno de los temas centrales de la obra: el ataque a toda forma de interpretación historicista, y el método del pensador historicista, aclara Popper al comienzo de la obra: “es la tendencia a juzgar los Grandes acontecimientos, las Grandes Ideas, las Grandes Naciones o los Grandes Líderes dentro de la comedia representada en el escenario Histórico y claro está que si logra hacerlo será capaz de predecir las evoluciones futuras de la humanidad”. Éste párrafo nos da la oportunidad para entender que el enemigo intelectual de Popper no es Platón propiamente, sino los líderes de los países del eje y se puede así considerar que La sociedad abierta y sus enemigos no fue escrita por mera casualidad en esas fechas —1943—: puede hablarse de que verdaderamente es un monumento intelectual para afirmar que ante la aberración de la guerra, Popper hace lo mejor que puede ejercer un intelectual: mostrarse como verdadera autoridad frente a la barbarie.

            Si como tan difundida está la idea en nuestra actualidad de que una mala lectura de Nietzsche fue lo que hizo que el Tercer Reich tomara las brutales determinaciones que fueron parte de la peor guerra de la humanidad hasta la actualidad, tal afirmación peca principalmente de partir de un lugar común y no de una investigación seria. (Es cierto que muchos soldados alemanes cayeron muertos con un ejemplar de Zaratustra, como lo relata Georges Bataille en sus Meditaciones Nieztcheanas, pero esto fue, obvio, porque el libro fue causa de un gran malentendido en Alemania desde que Lucía, la hermana de Nietzsche, fue obligada a reinterpretar los libros de su hermano.) Popper escribe la obra desde una perspectiva de autoridad moral irrefutable que cuestiona a Platón pero no alza el dedo para decirle: “La culpa de mi presente eres tú”, simplemente —como si así lo fuera—, hace una trayectoria intelectual de la filosofía social y hacia nosotros, los del siglo XXI, nos dice que  el problema de la guerra no fue causado  por malas lecturas de Nietzsche, sino por planteamientos y determinaciones funestas que, en parte, (compréndase: en parte), tuvieron su origen en la cuna de la civilización donde se gestaron los primeros errores casi tan descomunales como los mejores hallazgos de  lucidez; pensar de modo historicista es decir:  en la Grecia clásica se gestó el germen de la guerra contra Irak, George W. Bush, la Coca cola, La fura dels baus o el Mundial de Francia 98, pero el origen del historicismo platónico se vio obligado a utilizar un “principio discriminatorio entre los rasgos buenos, originarios o antiguos de las instituciones existentes”, de modo tal que siempre devendrá en decadencia; de ahí, por ejemplo, el desarrollo del historicismo platónico en la obra Decadencia de Occidente, de O. Spengler, de modo tal que la excelencia en cualquier campo social estará en el pasado; en Creta, por ejemplo. En una carta a un amigo suyo, Karl Popper dice: “Platón=Hitler.” Y piensa que esto es todo un descubrimiento y así lo argumenta, como podemos ver en el reciente libro: Después de La Sociedad Abierta, (Paidós, 2010) que es principalmente correspondencia de Popper con colegas en todo el orbe, mientras redactaba el libro en cuestión desde Nueva Zelanda.

            Si Platón, como sostiene Popper, albergaba nociones de una raza superior que debería de gobernar Atenas, así como la defensa de un Estado promotor de la esclavitud de ciertos miembros de la ciudad, (nociones que actualmente son simplemente un mito para cualquier persona), Platón se lo tomaba con verdad como dice el epígrafe de la primera parte de la obra, llamado El Influjo de Platón: “De todos los principios, el más importante es que nadie, ya sea hombre o mujer, debe carecer de un jefe. Tampoco ha de acostumbrarse el espíritu de nadie a permitirse obrar siguiendo su propia iniciativa, ya sea en el trabajo o en el placer. Lejos de ello, así en la guerra como en la paz, todo ciudadano habrá de fijar la vista en su jefe, siguiéndolo fielmente, y aún en los asuntos más triviales deberá mantenerse bajo su mando. Así, por ejemplo, deberá levantarse, moverse, lavarse o comer… sólo si se le ha ordenado hacerlo. En una palabra: deberá enseñarle a su alma, por medio del hábito largamente practicado, a no soñar nunca actuar con independencia, y a tornarse totalmente incapaz de ello.” (Platón de Atenas).  Al mismo tiempo que su noción de lo que es el cambio —idea que retoma de Heráclito—; para Platón el cambio en el gobierno, en las almas, en la sociedad, sólo puede generar degeneración: “En conclusión —escribe Popper—, Platón enseña que el cambio es el mal y que el reposo es lo divino”. Dicha conclusión es monstruosa para el contexto del futuro que seguiría La Segunda Guerra Mundial. Y es que Platón, a parte de provenir de la familia real, creía que las fuerzas que operan en la historia eran de carácter cósmico; como muchos de los presocráticos, entre ellos Heráclito, su poética era su filosofía (pero para nosotros los posmodernos la poética y la filosofía no deben  contraponerse, pero tampoco una sustituye a la otra o la toma como máscara), por eso podemos entender que muchos de los poemas presocráticos, eran leídos con una visión científica; ciencia que provenía de la mitología griega y mitología griega que desembocaba  muchas veces en una visión historicista: Edipo encuentra su destino fatal, por ejemplo, debido a la profecía y a las medidas adoptadas por su padre para eludirla, y no a pesar de ellas. Estos rasgos son, en la literatura contemporánea mexicana, simplemente un exceso de creencia en la fatalidad…

            Popper recorre fragmentos de Las leyes y de La República para demostrar que  Platón, (probablemente debido a su origen real) ordena y justifica desde un punto de vista sociológico, que los gobernantes de Atenas o de los estados existentes, no fueran sino la copia de una Forma o Idea inmutable, de la cual sólo puede esperarse la decadencia y la vejez, (como el destino de todo hombre es la decadencia, así lo es de toda ciudad y de toda época) pero como a Platón esto le sirve para justificar la esclavitud o el totalitarismo autárquico, la relectura de La sociedad abierta y sus enemigos es de suma urgencia en la actualidad precisamente porque Popper explica y desentraña “la licencia poética” que debe rodear al nacimiento de las grandes creaciones, como en este caso, los estados nacionales, ni más ni menos.

            Si bien Karl Popper durante toda su vida insistió en que la filosofía debía ser una crítica de la ciencia, no desistió de analizar el fenómeno literario, como lo es su teoría del “Horizonte de expectativas”, (de acuerdo con la Encyclopedia of Contemporary Literary Theory, fue él y el sociólogo Karl Manheim quienes acuñaron el término, pero que se hizo famoso a raíz de que lo utilizó Hans Rober Jauss para medir el valor estético de una obra literaria.) Según Gadamer –teórico que influyó en Jauss–, el “horizonte de expectativas” es un punto de partida desde donde analizamos cualquier circunstancia, el cual está ligado a los prejuicios y los conocimientos previos que limitan nuestras posibilidades de visión. Es una hermenéutica literaria en otras palabras, un método que enseña que, por ejemplo, la lectura de un Kafka o un Joyce o incluso una pieza dramática de  Arthur Miller, no fue lo mismo en el XX de lo que será en el XXI, ya que las posibilidades de visión de cada época están marcadas por un sinfín de complejidades en todo tipo de aspectos. Popper es un pensador complejo que intervino también contra el materialismo histórico y la obra de Marx en lo que a su parecer, guarda remanentes del pensamiento platónico, cuando el pensamiento platónico comete también sus errores.  Dice Fernando Savater en algo de su vasta producción, que el aire platónico ha quedado para siempre como la marca de todo pensamiento filosófico (esa altísima tensión mental), aunque muchas de sus ideas sean, como he tratado de mostrar en este artículo, del todo monstruosas.

Pero no sólo nos queda la obra de Popper como su inmenso legado para los hombres y las mujeres del XXI, sino también ésta idea que hace poco por un efecto mediático y de coyuntura política rescató Carmen Aristegui en uno de sus programas de radio. Ella recordó que Popper, poco antes de su muerte, al parecer en una entrevista en el mismo año de su muerte (1994), declaró que si en la actualidad la televisión era un poder, como todo poder debería tener un contrapeso. Así como el poder ejecutivo tiene como contrapeso al legislativo, por ejemplo. Carmen Aristegui lo dijo y siguió dando noticias, pero al echar un vistazo al enorme poder de los medios en la actualidad, donde al instante nos enteramos de un tsunami en Indonesia y una protesta en El Cairo, por ejemplo, la pregunta-reflexión popperiana, parece no perder ninguna vigencia. Yo creo en lo personal, que Popper se preguntaba: ¿Cómo pensarán los poderosos de la Televisión?