miércoles, 5 de marzo de 2025

SOBRE ROBERT WALSER EN TIEMPOS DE FASTIDIO Y MULTICULTURALIDAD, POR MARCOS GARCÍA CABALLERO..

 

LECTURAS PRELIMINARES WALSERIANAS

 

Abro el libro de mi amigo fallecido en 2020, el poeta, traductor y ensayista José Vicente Anaya, Poetas en la noche del mundo, (página 237, publicado por la UNAM en 1997) y leo:

“Todo aquel que se atreve a escribir poesía sin estar poseído por el delirio que este arte exige, creyendo que puede ser poeta tan sólo por escribir de acuerdo con determinados recursos técnicos, estará muy lejos de ser un verdadero poeta. Pues la poesía de los letrados siempre será eclipsada por aquella que destila locura divina”. (Son palabras de Platón).

Tal es el caso de Robert Walser. Hablar de Robert Walser es hablar de un escritor suizo-alemán que, (como dijo Jean-Paul Sartre en Las Palabras): “Vivió, amó, luchó, quiso vivir, se vio morir, eso basta para hacer un hombre”. Lo que afirmó Walser ante todo fue su literatura y su vitalismo que buscó y se la jugó tomando como escudo para presentar su batalla, un sustrato poético que expresaba mayormente en prosas-composiciones no poéticas del todo, pero que combinaba con poesías de su autoría; muchos de sus libros demuestran que en efecto era poeta en lo profundo de su ser, y claro, “destilaba esa locura divina” de la que habla Platón. (Él mismo lo dice en la página 69 de Escrito a lápiz Microgramas III): “Es puñeteramente difícil escribir estando loco”. Pero para probar su condición de poeta, más adelante en el mismo libro (página 95) titula así una de sus prosas-composiciones pequeñas: “Mi pasado refulge en conjunto como un impoluto cubierto de plata”. ¡Qué belleza poética con este título! Y más adelante en el mismo libro, una prosa-composición en la página 125 con el título: “No te desanimes, no pierdas el valor, querido lector”. Con Walser estamos frente a un coloso que se sabe algo loco pero que desea afirmar su vida con la escritura. (Los pasajes de Escrito a lápiz volúmenes II y III lo dicen claramente en su solapa: “La minuciosa labor de Werner Morlang y Bernard Echte que dedicaron más de quince años en descifrarlos letra a letra, puso fin al desconcierto y reveló como una colección de textos breves, poemas y dramas en verso de incalculable valor literario lo que en un principio parecía fruto de la locura del autor suizo”. Su concepción total de su obra, comprende todo aquello que vivió desde 1904 (6 años antes había decidido dedicarse de lleno a la literatura, en 1898) hasta 1956, año de su muerte de un infarto de forma sorpresiva mientras caminaba afuera del Hospital Psiquiátrico donde llevaba décadas de estar ahí. (No he leído todavía los libros que le dedicaron sus amigos, como Carl Seelig, que además de amigo fue su mecenas que tiene un libro sobre él). Lo sorprendente de su caso, su vitalismo, es que Walser tenía un estilo, que como él mismo decía: “El estilo es la vida”. Me sorprende esta mención del estilo literario comparándolo con la vida ya que, cuando yo empecé a escribir en los años noventa en la CDMX, había entre nuestra generación de escritores de la escuela de escritores de la SOGEM, un debate y reflexión sobre el estilo con varios maestros, incluso yo saqué a relucir, ante un Óscar de la Borbolla un tanto descreído de la continudad de lo poético, la opinión de Fernando Savater que dice: “quien se esmera en tener un estilo, cree más importante el hecho de que lo que se dice lo dijo él, entonces es más importante para éste fulano que lo haya dicho el enormemente fulano”, (cito de memoria Despierta y Lee de Fernando Savater), además creíamos con Octavio Paz que aquél que tiene un estilo, “deja de ser poeta y se convierte en constructor de artefactos literarios”. (Primeras páginas de El Arco y la Lira). Lo increíble, diríamos pues, es que en el libro de Microgramas II de la serie de Escrito a Lápiz, Walser hace una observación sobre su propio estilo que resulta muy vital, terminando en conclusión que, “el estilo es la vida”. Me gusta esta afirmación porque entre mis propios libros, de los que yo soy autor, veo algo de verdad en esa afirmación: en mi novela Antes de Todos los Partidos, (edición de autor 2010) hay un diálogo entre los personajes y uno de ellos le dice al que escribe su diario: “¿Y tú, ¿por qué te quisiste quitar la vida?” El autor del diario, que vendría siendo yo, responde: “¡Porque tenía demasiada, cabrón!” Y además es una novela que puede o no gustar, pero indudablemente tiene un estilo propio, lo que me hace pensar que sí, que el estilo es la vida como dice Robert Otto Walser, que es, por primera de cuentas, un escritor que convence.

 

Acabado de leer “Los cuadernos de Fritz Kocher”.

Pues sí, Robert Walser al iniciarse en la escritura con este libro, comprueba lo que se verá después, Walser era un poeta en prosa, los escritos de Los cuadernos… dan cuenta cabalmente que desde el principio, Walser tenía ésa forma de trabajar, se encendía, se inspiraba, (como decía un contemporáneo suyo en los cincuentas) “Todo pensamiento comienza con un poema”. Frase citada por Georges Steiner en “La Poesía del pensamiento.” (Primeras páginas), es decir, pues, Robert Walser tenía una idea, la trabajaba y el resultado era, como casi siempre lo fue después, una prosa poética que le otorgaba su visión extraordinaria y que desgraciadamente al fin de su vida lo condujo a un hospital psiquiátrico.

Los cuadernos de Fritz Kocher, este libro, brillantemente escrito, nos cuenta y da cuenta, de la visión inmortal de este suizo-alemán sobre su entorno, en este caso, Los cuadernos…, casi parecen la visión de un estudiante frente a su maestro: están rebosantes de gracia, están rebosantes de ternura, están rebosantes del deseo de fundar la vida, por y para la escritura; su disparidad temática pero en excelente encajamiento de parecido estilo, forma, extensión, de ése libro que hizo el joven irónico que fue,  y similar forma una prosa a otra, datan de 1904. Fue su primer libro impreso. Como dice en la introducción en su comentario, su colega escritor Hermann Hesse: “Su primer librito, un objeto elegante y coqueto con divertidas ilustraciones de su hermano Karl… lo compré entonces atraído por su simpática y original presencia y lo leí durante un corto viaje… En principio, estas curiosas, casi pueriles composiciones parecían ser disertaciones juguetonas y ejercicios de estilo característicos de la retórica de un joven irónico. Lo que en ellas llamaba más la atención y atrapaba era, sin embargo, la cuidada y fluida dejadez en su exposición, la alegría en la disposición de frases y fragmentos ligeros, simpáticos y agradables que tan rara vez se encuentra en escritores alemanes”.

Para rematar el comentario de Hesse, diríamos pues, es un libro de poemas en prosa, pero no se trata aquí de una prosa disfrazada de poesía como en el caso de las prosas poéticas de nuestro Octavio Paz, sino que, en este caso, Walser ha pensado poéticamente en su entorno y como buen estudiante deja clara su exposición que lleva ya implícitamente su carga estética. Es decir, no poetiza con el lenguaje, más bien lo usa para digresiones sobre cosas que él encuentra que realmente son bellas, un espacio al aire libre, una mujer, cosas por el estilo, o un bosque; junto a una alegría que no deja de asombrar y fascinar a quien las escribe. Esto es, por supuesto, la medida de su grandeza. Walser ha buscado luchar desde éste su primer libro, presentando su batalla a una realidad que lo desdice, mediante sus alegres paseos por Alemania en sus caminos, sus lagos, sus bosques, etc. Es así como Walser nos da cuenta poéticamente de la Alemania anterior a la Primera Guerra Mundial, en una prosa que se convierte en el devenir del talento y de las múltiples actividades de los pueblos en su lucha por la vida. Pienso en su libro Sueños, ahí lo que sucede, es el paseo que mientras avanza y se va metamorfoseando en una ontología y metafísica hermosa y terrible, el libro se convierte en un consejo para otro, que nunca aparece en el texto, pero después del paseo y de todo lo admirado y aprobado por Walser, es él mismo que vuelca la palabra sobre ese alguien que, debido al tratamiento de la prosa, se convierte en otro al que Walser educa y aconseja, dejando de lado los desplantes de machismo, Walser se engrandece y nos enriquece mediante sus pequeñas composiciones en prosa, que nunca poética en un sentido de lenguaje estetizante, pero sí, definitivamente, rebosante de belleza. Es su gran capacidad de digresión walseriana: mental, estética, humana, del hombre que en vida fue él lo que está expresado página tras página, igual sucede con los Microgramas.

 

Traducciones al castellano de las obras de Robert Walser

·         Jakob von Gunten, trad. de Juan García Hortelano y C[arlos] B[arral] Agesta. Barcelona: Barral, 1974. (Basada en la edición italiana de Adelphi.)

·         El ayudante, trad. de Juan José del Solar. Madrid: Alfaguara, 1982; Siruela, 2001.

·         Jakob von Gunten, trad. de Juan José del Solar. Madrid: Alfaguara, 1984; Siruela, 2000.

·         Los hermanos Tanner, trad. de Juan José del Solar. Madrid: Alfaguara, 1985; Siruela, 2003.

·         Vida de poeta, trad. de Juan José del Solar. Madrid: Alfaguara, 1990; Siruela, 2010.

·         El paseo, trad. de Carlos Fortea. Madrid: Siruela, 1996.

·         Poemas. Blancanieves, trad. de Carlos Ortega. Barcelona: Icaria, 1997.

·         Los cuadernos de Fritz Kocher, trad. de Violeta Pérez y Eduardo Gil Bera. Valencia: Pre-Textos, 1998.Segunda edición 2007**

·         Las composiciones de Fritz Kocher, trad. de Helena Graciela Cisneros. Buenos Aires: Eudeba, 1999.

·         Historias de amor, trad. de Juan de Sola. Madrid: Siruela, 2003.

·         El bandido, trad. de Juan de Sola. Madrid: Siruela, 2004.

·         Escrito a lápiz. Microgramas I (1924-1925), trad. de Juan de Sola. Madrid: Siruela, 2005.

·         La habitación del poeta. Prosas y poemas inéditos, trad. de Juan de Sola. Madrid: Siruela, 2005

·         Escrito a lápiz. Microgramas II (1926-1927), trad. de Rosa Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2006.

·         Escrito a lápiz. Microgramas III (1925-1932), trad. de Rosa Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2007.

·         Ante la pintura. Narraciones y poemas, trad. de Rosa Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2009.

·         Historias, trad. de Juan José del Solar. Madrid: Siruela, 2010.

·         Sueños. Prosa de la época de Biel, trad. de Rosa Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2012.

·         Diario de 1926, trad. de Juan de Sola. Segovia: La Uña Rota, 2013.

·         Desde la oficina, trad. de Rosa Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2016.

·         El pequeño zoológico, trad. de Rosa Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2017.

·         Lo mejor que sé decir sobre la música, trad. de Rosa Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2019.

·         Berlín y el artista, trad. de Isabel García Adánez. Madrid: Siruela, 2021.

·         El hombre que perdió la cabeza, trad. de Juan de Sola. Barcelona: Las Afueras, 2021.

 

 

EL CLUB FLÁNEUR: LOS INDEPENDIENTES

 

En estos autores se ha manifestado el título del libro de André Marlaux, el clásico, La Condición Humana: Por el más viejo de los invocados a este brindis, un alemán híper independiente, fulgurante, proteico, excelente: Robert Walser, que seguramente vendrá con la camisa empolvada del camino, parece, al ver hacia atrás, que dos gemelas estaban preocupadas por él, quizá conversó con ellas sobre el periódico y se los dejó olvidado junto a unas latas de sardinas en aceite. Brindemos por la más nueva, como dice Jaime Labastida, nuestro poeta, “levantemos la copa en el mar de Venecia…” por la excitante, abrasadora, rutilante, rumano-alemana Herta Müller, galardonada con numerosos premios prestigiosos hasta su culminación con el premio Nobel de literatura 2009. Bella y hermosa, lúcida y radiante joya en el aire.  Luego como su contraparte sublime, el gran faisán del mundo: lo que  nos relató con la vida de Oskar Pastior, el aguerrido y aferrado poeta moribundo en un campo de trabajos forzados de la URSS; que nos da como resultado de esa experiencia, una poética  negra y moribunda: como lo único bueno que hay son dos raciones de pan al día, aparece, conforme avanza la narración y desde las primeras páginas de la novela, un ángel de hambre que nos viene a visitar después de días, meses, años, de picar piedra y cargarla inútilmente. Es el hecho de no poder comer ni una sola comida decente hasta alcanzar la libertad; cuando la muerte ya está demasiado cerca.

Se trataba, para él y millones con el mismo tipo de historias, de tanta piedra muerta, tanta cadena enganchada a los pies, tanta tonelada de mierda, tanta bazofia en los enredos mentales injustificados de los cerebros de sus verdugos, (tanto rusos como alemanes los tuvieron) que hasta el cuerpo de Pastior vomita un ángel del hambre: sobre su propia figura latigueada, maltratada, mancillada su pobre condición humana: ¿ante quién denunciar? ¿el suicidio? No lo hizo y por eso amo al personaje. A él llega, como si fuera una esperanza que viene inútilmente, una pelusa salida de sus desdichadas entrañas; es lo mismo que otros narradores de parte de las provincias rusas buscaban refinar de modo estetizante en toda esa literatura sobre La Segunda Guerra Mundial; vista desde el punto de los supervivientes como un Vasili Grossman, o Solienytzin: eran esas calderas infernales de los nazis de un Auchwitz o lugares parecidos. Definitivamente imposibles de olvidar y, principalmente, la misión es no olvidar, nunca, como parte del género humano, nunca jamás esa barbarie. El libro de Müller es Todo lo que tengo lo llevo conmigo, obra aparecida el mismo año que los diez y ocho académicos de Estocolmo se decidieran por la literatura de esta escritora nacida en 1953.

Witold Gombrowicz es parte fundamental de este brindis de espera perpetuamente postergada. Uno de los tres mejores escritores de vanguardia de todo el siglo XX, según Gilles Deleuze, la eminencia filosófica. Los otros dos, según su criterio, son Franz Kafka y James Joyce. ¿Capricho? Más bien la síntesis del maestro Gilles Deleuze después de leer, ¿cuánto crees? ¿Cinco mil libros?

Friedrich Dürrenmatt, celebridad europea en los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX leído sí que lo es, pero conocido en México más por lectores- escritores que buscado por la masa amorfa de lectores ávidos y aventurados en nuestro país. Mi entrañable Dürrenmatt. En literatura es difícil hablar de originalidad, mucho más en estos tiempos socorridos por temas como sexo, narcotráfico, análisis político o literatura fantástica como Harry Pötter. Dürrenmatt me fascina porque trae desde el pasado la religión que quisiéramos ver en un futuro inmediato: El politeísmo. El animismo.

Robert Walser triunfó relativamente durante la Alemania de la república de Weinmar y fue redescubierto para México ya entrado el siglo XXI. Me refiero al conjunto de narraciones de Sueños, La Habitación del Poeta y De paseo. Obras deliciosas por donde se les vea. Walser simplemente se va de largos paseos por los pueblos de Alemania y parece que su turismo bohemio le favorece: todos los problemas y alegrías del pueblo alemán, sus empeños y sus dramas, sus carcajadas y sus lágrimas le llueven por igual, lo mismo un cocinero con un matrimonio hecho pedazos que una duquesa o baronesa que se aburre en una vida aristocrática heredada en busca de algo nuevo: todos esos temas (las preocupaciones de sus semejantes) son recogidos y anotados por Walser, el gran observador de la condición humana y Walser el gran conversador, el gran titán alemán que aprendió lecciones de Hölderlin más que de Goethe; además también interlocutor del autor de El lobo estepario, Herman Hesse, con quien conversaba ampliamente. Pero si al principio parecía una locura pensar en entregarse despreocupadamente al simple pasear por los caminos boscosos alemanes, finalmente siempre hay algo bueno que intercambiar: un trago, una enseñanza de tipo moral, un amorío o un consejo para un par de  enamorados, y de paseo en paseo se va armando sin desearlo premeditadamente al parecer, hasta llegar a lo sacralizado: de repente es el lector el que encuentra a Walser en el paseo, y Walser, como viejo lobo, te indica toda otra disquisición que será la segunda parte del libro de Sueños, publicado en 2012 en México por la prestigiada editorial Siruela. ¡¡Haa!! ¿Conque metiéndose de galán con un par de jóvenes princesas? En lo absoluto. Más bien convirtiendo el hecho de pasear, conversar, leer el periódico, hablar con mujeres y hombres de todo tipo de oficios, para cocinarlo con todo tipo de aderezos y volcarlo página tras página, capítulo por capítulo, en una metafísica narrada que es el relato del devenir de la existencia y el talento de los pueblos. O algo como eso parecen descubrir las sirvientas, los niños y todo tipo de alimañas que conviven con Walser en cada punto donde se detiene a degustar un café, o un inolvidable tarro de cerveza o agua para ver a la idiosincrasia y actitud o el estilo alemán en su diario enfrentar la cotidianidad. Con el alivio de poder afirmar que ante malos tiempos, deben sobrar buenas sonrisas. Me recuerda éste gran escritor alemán, claro que en otro tono y otro contexto histórico, lo que decía Jorge Luis Borges en su Historia de la literatura trágica alemana: Monstruos enormes como los de la Gesta de Beawolf mezclándose en los lejanos tiempos de los tiempos mitológicos cuando ese portentoso, honorable y envidiado héroe, tiene la encomienda de matar al monstruo Grendel. Quiero decir, no sé si me explico bien, es el mismo bosque alemán el escenario de todo esto, como en Beawolf. Así lo entiende también Jorge Volpi en sus dos cuentos un tanto sanguinarios en www.descargacultura.unam.mx.  Robert Walser aparece como un gigante parecido a un Frankenstein del siglo XX, desdibujado o hiper coloreado, terrible, pero a su modo sonríe más: tal vez esta ocasión pide demasiado a un tabernero cuando recibe gratis una ración de patatas y salchicha con tarro espumoso. Pero tomará gran camino y bríos fáusticos este paseante lector-escritor para decirnos: Cuidado con los pastores alemanes, son criaturas nobles pero no hay que hacerlos enojar nunca, y mientras tu novia capta la idea, Walser sonríe y se despide ya desde lejos, mientras los niños hacen y le juegan una broma a una pequeña quinceañera que vende mermeladas y pasa por un puente. Me limpio las botas del lodo del camino, subo a una carroza o saltándome las leyes de todo tipo de tiempo en los tiempos, aparecemos en un camino polaco junto a Witold Gombrowicz en esa obra genial que se llama perfectamente: “Pornografía”. ¡De repente cuerpos desnudos vuelan por los aires! ¿Qué? Niña, o tú bellaco: no estén ustedes haciendo afirmaciones banales, porque superfluo ya de eso hay mucho. ¡Chupando que es gerundio! ¡Salud! Se trata de la primera escena memorable del libro Pornografía, (reconocida así mismo por el propio autor), que relata el momento de llegar a misa a las doce del día.

Es precisamente esta escena, en la iglesia, la que sostiene todo el entramado ontológico de la novela. Me resulta encantadora la forma en que su autor afirma como tesis de la novela: el hombre quiere ser joven; es decir, inacabado, no confirmado, imperfecto, excitado por lo rara que le parece la existencia. También hay que decir que ésta es la gran tesis del buen Witold Gombrowicz: lo dice en todas partes; lo dice su novela Ferdydurke, su Diario Argentino y muchas otras veces: la juventud era su gran y ontológico tema central. También es justo decir que fue (ya a su regreso a Europa después de la guerra), candidato a premio Nobel.  Lo que la novela contemporánea gana por puntos, según la venerable opinión de Julio Cortázar, hoy en día en boca de cualquier maestro de literatura, resulta en esta obra magnífica exactamente lo contrario. Es la acción radical de negar a Dios o cualquier entidad superior, de negar la oración, y eso, subrepticiamente expuesto por el muchacho que finge estar rezando en la iglesia que encuentran el grupo de Witold al lado del camino, es decir, al ejecutar su no-rezar, lo que muestra mientras prosigue la narración, Gombrowicz lo narra con la altura de un ser mirado por la inmortalidad: es decir, como si la tierra, hablando del planeta, experimentara un mostrarse en toda su brutal desnudez obscena. ¡Locura de campanas! Y esto es lo que vuelve enigmáticamente y en correcto español: “Pornográfica” a la novela, eso porque esto es realmente lo pornográfico: eso ocurre con la pornografía, lo que repelemos de lo llamado porno es esto. Debemos tener cuidado en esta inflexión de la narración. Porque no es por principio de cuentas, o no fue así su principio, lo llamado “porno” algo que muestra el cuerpo humano, no, sino por el hecho de mostrar lo obsceno que se esconde dentro del mundo. Si aceptamos y damos por hecho los descubrimientos de la partícula de Higgs, hace pocos años en la frontera entre Suiza y Francia cerca del año 2011, como nos lo indican los científicos (tuve la oportunidad de ver un bellísimo documental en Netflix al respecto), resulta que nuestro universo alberga una constitución mitad lógica-matemática y otra mitad caótica poética. Así es como defiendo el siguiente argumento: lo pornográfico es cuando vemos esa parte del mundo que no se nos presenta en forma de un poema o un cuento de Borges, o cuando un afamado experto como Issac Asimov u otros como Sthepen Hawking nos cuentan la trama oculta del Universo… Sino cuando vemos una tubería podrida de cualquier ciudad del mundo, en estado descompuesto, reventada; es este hecho de ver, es la relación entre nuestros sentidos y lo obsceno, ¡guácala! Donde nace lo que es “porno”. Y válgame la suerte, ¡por mis proverbiales y queridos santitos protectores en mi oficina presentes! Witold Gombrowicz novelizó este hecho, como nadie en el mundo literario esperaba verlo en aquel tiempo. (Su primera publicación fue en el año 1960 exactamente). Aunque genios como Milan Kundera, nos lo enseñaron a entender en esa memorable obra ensayística que es Los Testamentos Traicionados (Tusquets, 1993). El problema que tuvo el buen Witold, es que nadie que lo pudiera entender lo leyó cuando el debió ser leído, aunque fue nominado al Nobel; nunca fue entendido en sus términos cuando debía serlo, además que la pinche Segunda Guerra Mundial le resultó un estorbo tan terrible que tuvo que irse a Argentina y sólo hasta después fue aceptado en la lógica del canon cultural europeo.

 

También resulta adecuada la afirmación canónica: éste será un libro de comentario como decía Arthur Schopenhauer: los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto y, para después, viene (ojalá también los otros 40 años y) el comentario.

A mis años ya es así: este libro, mi libro compilación de nosotros otros todos que los aprecio tanto, me separo de mi generación y quisiera ser visto como un ensayista que hablo apologéticamente de los genios: Clément Rosset, Herta Müller, José Saramago, Robert Walser y Witold Gombrowicz. Hablando de aspiraciones, la forma en que los admiro estoy seguro me engrandece.

Lo primero es esclarecer la pregunta: ¿Por qué estos autores y no otros? A lo que inmediatamente debo responder: simple y llanamente que mis treinta y dos años de ser escritor me desembocan en estos autores: Clément Rosset lo leí mucho hace muchos años que fui alumno de filosofía en La Universidad La Salle Ciudad de México y cuando volví a estudiar Filosofía en 2015 por la Autónoma de Chihuahua vía internet volví sobre el pensamiento de Rosset y me pareció genial, como entonces. Lo fabuloso es que él se acordaba de mí:  Rosset, un gran prosista filosófico, además todo un flaneur: si lo buscan en Internet anda parecido a mí: con sombrero, en sus paseos y algo más persiguiendo siempre, a la saga de su inteligencia y furor por tundir las teclas. Así pues, les comparto: recuerdo su imagen que él me compartió la misma imagen de mis estudios, es decir: me confirmó que me había puesto atención cuando yo lo leía. Ésa magnífica pieza del pensamiento francés que es El principio de crueldad, por su tesis, por su gran erudición y sus agallas de genio, la magistral forma en que está escrito, hace de Clément Rosset uno de los grandes filósofos europeos de estos tiempos, junto a otro francés: Michel Onfray o el koreano-alemán Byung-Chul Han. Fíjense: llevamos años pidiendo un buen premio para Han.

Luego vuelvo a 2009, cuando yo tenía una beca estatal de Aguascalientes por el proyecto “Vestigios de Cerro Hermoso” --mi novela, ahora se puede consultar en la página web: http://antares101.blogspot.com. Como digo, en ese año también le dieron el Premio Nobel a Herta Müller y me ha seguido pareciendo muy importante su estética en sus libros, su poesía que se desprende de su palabra, su genio de dibujante-poeta-en-novela. (Volveré a hablar de ella más adelante) José Saramago ¿Cómo decirlo? Saramago lo leí mucho mientras estuve ---según yo solamente-- buscando la Revolución por la vía del EZLN y hasta fui a Chiapas en 2001, -nunca miré a nadie de ellos, los alzados, lo más que observé fue campesinos que nos ganaron en el futbol a mí y unos italianos y niños y niñas contentos porque les dimos dulces en piñatas, pero el portugués José Saramago, él sí apoyaba mucho ese movimiento y curiosamente, me preguntaba con ingenuidad: “¿por qué no me entienden que quiero ser como él?” O sea: lo ingenuo era mi romanticismo de la revolución, cosa que hasta después entendí.

A José Saramago yo lo leía mucho, lo comentábamos mucho en La Escuela de Escritores de la SOGEM, José Saramago visto como uno de los grandes entre los grandes escritores que no hizo concesiones al mercado literario y sin embargo, obtuvo el Premio Nobel en 1998 y que seguía escribiendo lo que él siempre quiso, un escritor de extraordinarias capacidades que debatió con Carlos Fuentes y Carlos Monsiváis, que nos avisó del problema de “El Factor Dios”, un escritor que cada vez nos parecía como nadie más, el mejor ejemplo a seguir junto con Borges y/o Fuentes y Paz. (Bueno, pues Ricardo Piglia se ha dedicado a hacer conferencias sobre Borges en Argentina con la tesis de que se puede llegar a ser Borges, así como antes era la consigna “Jóvenes maten a Borges”).

Y ¿Robert Walser? Sucede que en mis largas y fecundas conversaciones con el maestro, traductor, poeta y ensayista José Vicente Anaya, en “la Gandhi vieja” me recomendaba mucho a este escritor alemán; ése es mi último recuerdo de Anaya (falleció en 2020), dos cosas o dos consejos, uno: piensa en las escritoras, aprende de ellas no siendo impaciente, no sólo como tus novias y dos: él recomendándome a Robert Walser y a Roberto Bolaño, su amigo de los años infrarrealistas. Al leer a Walser, supe inmediatamente que se trataba de un descubrimiento el libro Sueños; luego conseguí La Habitación del Poeta y Desde la Oficina. Me resultaron apasionantes, divertidos, inteligentes y extraordinarios, por decir lo menos. He aprendido mucho a divertirme con este tipo de libros, de hecho, esa es la idea que subyace a mis últimos libros: hacer pensar y divertir a un tiempo. Ésa es la noción, por ejemplo, de mi libro En búsqueda del Rosetón de Plata y otras Narraciones (2020).

¿Y qué decir de haber elegido hablar de Witold Gombrowicz?, pues me parece adorable y sensacional este personaje, me lo imagino en una de sus largas caminatas en Buenos Aires, lejos de la locura de La Segunda Guerra Mundial, de la que huyó. Pornografía, Trans-atlántico, Ferdydurke, Diario Argentino… Maravillas estupendas por donde las veas. Recuerdo en la revista Alforja que hacía José Vicente Anaya junto con José Ángel Leyva y María Luisa Martínez Passarge y yo entre varios, descubrí que la escritura, --que toda escritura: poética y narrativa, guarda un sentido ciertamente algo anárquico, que la escritura de estos géneros, son algo así como enemigos de la política, cuando la política está en malas condiciones (totalitarismos, dictaduras, etcétera.) Y precisamente: ¡Witold Gombrowicz, es un escritor anárquico! La búsqueda de lo nuevo o estar a la vanguardia, después de mi libro En búsqueda del Rosetón de Plata y otras Narraciones, y de que publiqué mucho ensayo en esa página web, me hace pensar que, además, por fortuna, no hay nada perdido en el sentido del oficio de escritor: ahí… ¿desembocaste? Bien: Respira y continúa sonriendo y amando intensamente este oficio. ¿Qué te ha determinado los últimos 33 años? Pues tu escritura: mi relator preferido, mi escritor de palacio, mi teólogo de Frankeinstein, o teogónico…

Pienso que hay algo más: sería correcto llamar un tanto anárquicos a estos autores. Autor es uno que implícitamente afirma haber dado lo mejor de su inteligencia y yo apoyo a las ciencias cognitivas nórdicas: El ser humano es principalmente su mente y principalmente lo que hace con su mente. Hablar de José Saramago es hablar de un maestro mundial de la novela, eso pretendo hacer. Herta Müller es apasionante y profesional, le devoré con panes de mermelada de naranja mientras la admiraba sus libros y amé Todo lo que tengo lo llevo conmigo y La Bestia del corazón, ella me lo engrandeció. Herta Müller tiene la poesía de su lado.

Hablar de Robert Walser es, desde mi perspectiva, algo necesario; falta en México alguien que hable de él, ése puede ser, quizás mi lugar, pienso. Además, Clément Rosset es un filósofo que se mantuvo activo mucho tiempo; es un grandioso este francés; hasta 2018, año de su muerte (estuvo cerca de Zacatecas por 2009 y de ahí le inspiró para un pequeño libro: Escritos de México). Su gran libro que leí en 2004 y 2005 fue El principio de Crueldad: ahí con mucha prosa filosófica y buen talante (¡de 1994!) Rosset plantea como tesis en ese libro: Principio de Crueldad=Principio de Realidad, excelente.

En nuestras alegres reuniones de alumnos de la SOGEM, mantengo la certeza de que yo quería y esperaba lo último de José Saramago y deseaba ser escuchado como él, me debatía mucho en sus palabras, pero de ninguna manera digo que ya terminé de leerlo, sólo he leído algo: Ensayo sobre la ceguera, Ensayo sobre la lucidez, El hombre duplicado, Las intermitencias de la Muerte y La caverna, lo demás de Saramago debo leerlo: así debe ser.

Robert Walser fue un escritor alemán que cuidó mucho su fuerza expresiva para dejar siempre latente en el lector la idea de que nunca decía toda la verdad y que no quería volar por arriba o debajo de nadie y eso es su sello característico: lo convierte en un imprescindible y más ahora ya entrado el siglo XXI. Es decir que es un autor que mantiene la idea de que los libros bien pudiera ser que todos son, en su conjunto, tablas de salvación de nuestra condición humana. Todo autor es uno que, implícitamente, afirma haber dado su mejor esfuerzo cuando vos lo lees y haber dado lo mejor para los demás, en todo tiempo y espacio y eso, es la verdad que se trasluce después de leerlo a él y también a José Saramago, Witold Gombrowicz y Herta Müller.  De este tipo de nociones debe estar hecha también nuestra literatura mexicana, razón por la cual haré otro tipo de trabajo (sobre Fernanda Melchor). En cierta forma el mercado literario es un camino, y la tradición literaria va por otro lado desde hace mucho tiempo, pero esa no es suficiente razón para tasajear una ni otra autopista: demasiado pedir es la idea de que los jóvenes solo deberían leer remakes de, por ejemplo, La Cartuja de Parma.

 

¿De qué hablan los libros de Robert Walser? En General, de un paseante que observa a la población alemana en la época de la república de Weimar. Saluda a los enamorados, saluda galantemente a las solteras y la gente que le invita una comida en estas zonas alemanas boscosas; todo le asombra, de todo saca una enseñanza, todo parece ser una lección de ética que Walser saca para darla al lector, son postales de Alemania en grandes momentos, como la república de Weimar. En uno de sus libros, Desde la Oficina, (traducción al español de la editorial Siruela 2011), afirma certeramente que nadie, hasta ahora, en sus tiempos de él, había escrito sobre la vida de los oficinistas y comienza a desplegar todo un microcosmos sobre los oficinistas que resulta exquisito y lleno de enseñanzas, como digo, principalmente morales.

 

Del libro La habitación del Poeta, extraigo este poema:

 

Poeta y novia

 

Un poeta le dijo a su novia:

“Ya sabes que soy un genio

Y que por eso no puedo evitar

Vivir al día cual inútil.

Es lo que hacían todos

Quienes se sintieron llamados a algo superior.

Los de mi linaje no nos resignamos a

Ser aplicados y trabajadores,

Es algo que dejamos para los burgueses”.

Acto seguido, la muchacha respondió:

“¿Acaso te crees más que el resto?

Deberías avergonzarte de un orgullo tan descarado.

 

Si eres un verdadero poeta,

Léeme lo que has escrito.

El cuento del Nonosresignamos

Mejor se lo cuentas a otra.

¡La arrogancia y las osadas frases hechas

No bastan para hacer un poeta!”

Él le mostró su último

Poema y dijo: “He tardado cuatro semanas

En escribirlo”. “¿Qué?”, exclamó ella. “¿Cuatro semanas?”

Lo leyó, y cuando hubo terminado,

Se rió en su cara y le tiró

El poema a los pies:

“estos versos son horribles,

Y el que los haya compuesto

Que se quite ahora mismo de mi vista”.

El poeta estaba derrotado,

Se pasó la mano por el cabello

Y dijo: “No te lo tomes así”,

Y le dio un beso y recogió

El poema, se buscó un buen

Oficio y se convirtió en un hombre honrado,

Y ambos fueron muy felices

Y se amaron, tuvieron hijos

Y no hicieron nada que no fuera sensato.

 

Es al leer pasajes como éste donde está el genio de Robert Walser: Un maestro del arte de la fuga: él desaparece del texto cuando se piensa, con justificada razón, que él debe decir algo personal, y como nunca lo dijo, quedó como enigma de las letras, algo semejante decía Paz de los grandes maestros, desaparecen detrás de su obra, decía. Él, Walser, sabe de los ánimos juveniles, él sabe de qué conversan, él sabe de la condición humana, pero como buen caballero, él no condena a nadie, él, muestra su trabajo y sonríe, se ríe mucho, pero era esa sonrisa precisamente lo que estaba perdido y por eso, la razón de publicarlo de nuevo.

Porque Walser rescata la vida cotidiana de los oficinistas, de los que hay en los periódicos, o en donde sea, porque él habla de jóvenes poetas, porque él sabe de las damas de sociedad, porque él es un gran conocedor de esa Alemania, debe perdurar, se debe de leer.

Como dije, cada autor es uno que afirma que dio su mejor esfuerzo, la industria editorial se encarga de que lo creamos, y él lo afirma, me explico: La sociedad, como dijo en su discurso de aceptación Rosa Beltrán a la Academia Mexicana de la Lengua, hace pocos años, busca sus códigos de supervivencia también en un libro clásico, así, de esta manera interpreto lo que es Walser: un clásico de las letras alemanas que ayuda a permanecer a su sociedad, por ende, a la nuestra.

Walser tiene pasajes que su fuerza nos hace sentir lo sagrado que fueron, son y serán, los libros que circulan por la tradición literaria mundial, lo que sé sobre eso es mi sensación mediante mi lectura, eso, transformado después en éste u otros comentarios, qué mejor ¿no crees?

El Centro Robert Walser

 

Fundado en Berna en 2009, el Centro Robert Walser (Robert Walser-Zentrum, en alemán), es una entidad dedicada a la investigación y difusión de la obra de Robert Walser y de quien fuera su tutor en los últimos años, el escritor, editor y mecenas Carl Seelig. Conserva, gestiona y difunde la obra y el legado de ambos. El centro, que está abierto sin distinción tanto a especialistas como al público en general, acoge un archivo, una biblioteca de investigación, dos salas de lectura de libre acceso y un espacio de exposiciones temporales. Además de publicar obras y literatura especializada, organiza también actos, jornadas, talleres y muestras. Uno de los puntos más importantes de su labor es la promoción de traducciones de la obra de Walser. Para llevar a cabo su misión como lugar de referencia, el Centro Robert Walser colabora en algunos proyectos y tareas con instituciones nacionales e internacionales como universidades, escuelas, teatros, museos, archivos, editoriales o casas de la literatura.

El Centro Robert Walser acoge la principal biblioteca walseriana, que reúne textos de y sobre Robert Walser. Además de todas las ediciones alemanas de su obra ‒publicaciones sueltas y obras completas‒, su fondo cuenta con todas las traducciones extranjeras de la obra del autor suizo, así como con libros académicos, monografías, artículos de revista y trabajos universitarios de toda índole. Una herramienta de trabajo fundamental para el estudio y la investigación sobre la obra de Walser a escala internacional es el catálogo en línea de la biblioteca, que puede consultarse tanto en inglés  como en alemán. El Centro Robert Walser posee la mayor colección de traducciones de obras de Walser.

Los manuscritos frágiles y de valor se conservan en el Archivo Literario Suizo, en la sede de la Biblioteca Nacional de Suiza, en Berna. Los visitantes e investigadores pueden sin embargo consultar versiones digitalizadas de los originales y de otros materiales, todos ellos accesibles desde la biblioteca.

Dentro de su misión por conservar, catalogar, ampliar y difundir los fondos de la obra de Robert Walser, el archivo emprendió en los años ochenta una labor editorial que continúa hasta la fecha. Entre 1985 y 2000, publicó la edición en seis volúmenes de los famosos Microgramas. ​ Desde 2018 impulsa una nueva edición de las obras completas y de la correspondencia de Walser: la conocida como Berner Ausgabe.

(Con Información de Wikipedia)

 

 

COMO EN “LA GANDHI VIEJA”, JOSÉ VICENTE ANAYA ME HACE TERMINAR EN ELÍAS CANETTI

 

Vuelvo a tratar el tema de mi amigo José Vicente Anaya y su libro ya mencionado (Poetas en la noche del mundo). La segunda parte de ese libro suyo, es un conjunto de intensidades-definiciones sobre lo poético y sobre los poetas; pero ya sabemos desde hace tiempo que nadie puede agotar estos temas, la poesía es un arte tan cargado de historia que resulta imposible definir, o como dice otro muerto reciente, el maestro Saúl Ibargoyen: “¿De qué hablamos cuando hablamos de poesía?” Hablar de lo que es la poesía se convierte en una cuestión inagotable y tanto José Vicente Anaya como Saúl Ibargoyen lo sabían.

De acuerdo con este libro de José Vicente Anaya, en su segundo apartado, de estas intensidades-definiciones, la primera advierte:

 

“El primer estudio del hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento total; él busca su alma, la inspecciona, la tienta, la conoce. Desde que la aprehende debe cultivarla…

[…]

El poeta se vuelve vidente por un largo, inmenso, razonado desarreglo degradante de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura: se busca a sí mismo, consume todos los venenos para sólo conservar, las quintaesencias. Inefable tortura en que requiere de toda la fidelidad, de toda la fuerza sobrehumana en que se convierte entre todos en el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito —¡y el Sabio Supremo!— porque llega a lo desconocido. ¡Pues ha cultivado su alma ya rica, más que nadie! Llega a lo desconocido, y cuando, asustado, acabaría por perder la inteligencia de sus visiones, ¡Las ha visto! ¡Que reviente en su brinco por todas las cosas inauditas he innumerables: vendrán otros horribles trabajadores: comenzarán por los horizontes donde el otro desfalleció!

[…]

¡Esos poetas existirán! Cuando sea rota la infinita servidumbre de la mujer, cuando ella viva por ella y para ella, el hombre –hasta ahora abominable—Entregará una devolución, ella será poeta, ¡Ella también! Ella encontrará lo desconocido. ¿Acaso sus mundos de ideas se diferencian de los nuestros? --Ella encontrará las cosas extrañas, renovantes, deliciosas; nosotros recibiremos esos encuentros, y alcanzaremos la comprensión”.

Arthur Rimbaud

Ahora bien, Robert Walser, quien seguramente también era un visionario que “había pasado por un desarreglo total de sus sentidos” acompañó con poesías muchas de sus prosas poéticas, algunas tan hermosas como las citada arriba de “Poeta y novia”, son excelentes divertimentos, donde se muestra buena parte de lo mejor de Walser. Subrayo esto: su obra muchas veces es un desprenderse del peso o digámoslo así, “la molestia” de no poder dejar de ser alguien en la vida. ¿Cuántos escritores no habrán, en los últimos cien años, soñado que podrían desprenderse de la Humanidad y poder tener una vista o visión ‘realmente’ diferente? Lo que me falta para defenderlo más de su supuesto trastorno mental, es el libro de Carl Seelig. No lo he encontrado en librerías. Contra lo que suele creerse, en vida Robert Walser fue respetado y admirado por varios escritores de talla mundial, como Elías Canetti. Del escenario internacional de las letras que han aclamado su obra o le han rendido homenaje cabe citar a: JM Coetzee, Susan Sontag, Claudio Magris, Roberto Calasso, W.G. Sebald, y Enrique Vila-Matas o Elfriede Jelllinek.   

Vila-Matas lo menciona con mucha solvencia en su libro Bartleby y compañía (Anagrama 2001). Ahí Vila-Matas lo coloca en una ¿supuesta? ¿sugestiva? ¿necesaria? Lista-narración de escritores que le dicen: “NO” al oficio de escritor, vaya, pues así es la temática de ese libro. La escena es memorable: Marcel Duchamp explicándole esto de los escritores del NO a los pupilos Guy de Maupassant, Arthur Rimbaud y Witold Gombrowicz. Robert Walser es mencionado sin maestro, sólo citado en el trayecto, de pasada, varias veces. Por cierto: tres pupilos de los cuales los mismos tres reniegan de su supuesto maestro Marcel Duchamp (Muy buen libro, ese texto breve de Vila-Matas).

Elías Canetti, es un escritor, (lo supimos más tarde) que desde siempre buscó lo inmortal, buscó escribir de asuntos inmortales; digo esto sin detrimento de su obra colosal; caray, ¡Es autor de La provincia del hombre! ¡El corazón secreto del reloj! (Aforismos) ¡Masa y poder! (su Opus Magna) ¡El suplicio de las moscas! y ¡La conciencia de las palabras! Son esos los libros suyos que sé del premio Nobel de literatura 1981, un año antes que García Márquez, que tenía un pleito casado con Freud porque como él mismo dice de Masa y poder: “Es una refutación de Freud” (cito de memoria) en la que: “quise agarrar por el cuello al Siglo XX” y “¿qué soy ahora?” “Soy el cráter de mi libro” Por decirlo con palabras que conocemos: “Elías Canetti fue uno de los últimos grandes maestros de la Humanidad” y/o “Me resulta sorprendente que Harold Bloom no le hace comentario extra en El canon del ensayo, etc… Un Verdadero Profeta (Como usa la palabra Bloom).

Pero gracias también a Canetti hoy se lee más que antes a Robert Walser, cosa que nos pone contentos y nos despierta el apetito sobre los libros suyos que faltan por leer. Y sí, en nuestras conversaciones entre José Vicente Anaya y yo, varias veces terminaba yo en Elías Canetti y la gran fuerza expresada en la teoría de “el superviviente”, una teoría fuerte, tremenda. Gracias José Vicente Anaya: en estos días desde tu partida, extraño a un amigo de tu envergadura; gracias por recomendarme ampliamente a Robert Walser.

Por otro lado, Claudio Magris, escritor italiano experto en temas Germanos, tiene un gran libro, llamado Danubio, en él hay toda una riqueza y narrada con excelsa maestría, sobre las culturas que han poblado el afluente del río Danubio desde hace siglos, por ello, la tesis principal del libro es: “Si estás preparado para leer este texto, coadyuvarás a que su afluente suba, harás crecer al río”. Y también él mostró admiración por Robert Walser.

domingo, 8 de diciembre de 2024

SOBRE SAÚL IBARGOYEN Y SU OBRA EL TORTURADOR, POR ¡MARCOS GARCÍA CABALLERO!

 

SOBRE “EL TORTURADOR” DE SAÚL IBARGOYEN

POR MARCOS GARCÍA CABALLERO 

En el número 227 de la revista Quién (29 de Octubre de 2010) aparece una sugestiva lista de los “50 personajes que mueven a México”. Lo mejor de ésta lista o, por lo menos para los registros que se pretenden en éste ensayo es que: El número dos en cuanto a importancia de los personajes que aparecen es Carlos Fuentes. En el cuatro está José Emilio Pacheco. En el diez el historiador, escritor y director de Letras Libres, Enrique Krauze; en el número veintidós está Guillermo Arriaga. El lugar veintinueve lo ocupa Elena Poniatowska. Hay que aclarar que no es una revista que tenga acento en la literatura y que es más parecida a una revista para ser hojeada en un consultorio médico o que, dicha sea la verdad, todos éstos escritores son cubiertos por los fenómenos mediáticos y que, tal vez la verdad es que México sea el que los mueve a ellos y no al revés, pero es innegable el valor de sus trayectorias no sólo dentro sino fuera de México.

Ahora que si la pregunta fuera por quiénes son los cincuenta escritores que mueven a México, es seguro que podríamos barajar muchos nombres con certeza y creo, muchos de ellos con unanimidad.

Yo apuesto que en una lista así tendría que estar el nombre de Saúl Ibargoyen, escritor uruguayo-mexicano con un poco más de 35 años de trabajo activo en nuestro país.

Este año que acaba de concluir (el 2010), Ibargoyen lo terminó con una gira de estudio y presentaciones de sus trabajos en Buenos Aires, Quito y otras ciudades del Cono Sur, además de que bajo ediciones EÓN publicó su última novela: El Torturador.

Antes de hacer un abordaje de análisis de la obra, no podemos olvidar mencionar que Ibargoyen sacó su poesía édita, que comprende desde 1956 hasta el año 2000, en un libro con el título de El Poeta y Yo, que es un amplio volumen cuya selección y presentación estuvo a cargo de Hugo Giovanetti Viola, estudioso de la obra de Ibargoyen. Saúl además durante mucho tiempo fue maestro en La Escuela Mexicana de Escritores de la SOGEM, además de que bajo el mismo sello de EÓN editorial se publicaron sus libros: Toda la tierra (novela) y Cuento a Cuento (relatos completos) y su poemario El escriba de pie, (edición de editorial Tintanueva) el cual mereció el Premio Nacional “Carlos Pellicer” en su edición del año 2002. Agréguense ensayos, entrevistas, artículos, poemas sueltos en la mayoría de las revistas literarias y periódicos importantes del país.

El volumen de El Poeta y yo por su extensión y por sus resoluciones poéticas, que abarcan cuarenta y cuatro años de madurez, perseverancia y fe en la poesía, merecería un ensayo completo aparte. Por el momento nos basta decir que El Poeta y Yo con el paso del tiempo se verá cada vez más como referencia obligada, tanto para estudiantes de Letras como para escritores en activo y poetas primerizos, es una obra enorme en todos los sentidos. Juan Gelman y Eduardo Milán (otro gran poeta de origen uruguayo entre nosotros) han celebrado sin ambages la poesía de Saúl Ibargoyen, quien, por supuesto, también perteneció al grupo de escritores de Latinoamérica y el Sur de Estados Unidos que en los años sesenta del  XX formaron parte de El Corno Emplumado (hay que recordar que Julio Cortázar, ya con toda la fama y autoridad moral que tenía en ese momento, felicitaba y veía con muy buenos ojos las creaciones de lo que iniciaron Margaret Randall y Sergio Mondragón, que, finalmente, con la represión del tlatelolcazo el 2 de octubre de 1968 y que continuó posteriormente, terminó por hacer desaparecer a la revista).

Principalmente poeta, Saúl Ibargoyen maneja la prosa de largo aliento y el relato sin el famoso “desastre” que ocurre —según decía Augusto Monterroso—, cuando el poeta decide narrar. Saúl Ibargoyen logra ambas cosas con veracidad total y, además, en su prosa no se puede dejar de advertir y sentir el peso de la palabra que significa, por supuesto, que nuestro narrador es un gran poeta. Un rasgo característico de su prosa (algo que también ha mencionado Hugo Giovanetti Viola) es su tendencia hacia visiones escatológicas y muy lejos del tipo de edificaciones “estetizantes”. Ibargoyen nos confronta en su poesía hacia observar la necia oligofrenia del mundo y la obscenidad del ser humano cuando éste se comporta como perro. Y, si esto es así, Saúl no lo sabe de oídas: a su obra han de agregarse sus denuncias sobre los abusos de tortura en su país de origen y de México… Pues… ¿la verdad qué esperaban?

Lo primero que salta a la vista al leer al Ibargoyen narrador es su construcción maestra de un slang violento en la urdimbre del texto y entre el habla de los personajes, que no es un slang propiamente extraído de la calle o de los barrios bajos de las zonas urbanas de un país como México, pero que (y he ahí una de sus genialidades en cuanto a innovación estilística) inmediatamente nos es identificable, es un slang que Ibargoyen ha pulido en su expresión y en su decir y ese slang nos toca, se nos acerca como un filo, es parte de nosotros aunque de él no tengamos la experiencia real en estricto sentido, es un logro de poeta:  esa vivencia del slang puesto al servicio de la literatura es la mejor arma del Saúl narrador en El Torturador que sacó de las quintaesencias del lenguaje violento de “un país que está a medio camino entre Uruguay y México” pero que definitivamente es parte de nuestra historia. Seríamos necios si no nos reconociéramos en ésta nueva novela suya, que apuesto, está todavía por verse su impacto en las letras mexicanas.

El Torturador  narra, y tiene como personaje central a Escipión Carrasco, alias “el Machito”, alias el agente SSS007, quien terminará torturándolo todo, inclusive así mismo. Es “un hijo sin madre” identificable, no hay registro alguno de quién fue su progenitora en ningún lado; existió su padre, quien fue su primer torturador y en un enfrentamiento, pero amoroso,  el padre muere; después y por medio de ese slang recorriendo toda la narración, se irá conformando la historia y saldrán toda una caterva de personajes: “los juanes”, el Coronel Dunviro, el Presidente del Estado Mesoriental, etcétera.

Saúl Ibargoyen es de los maestros que gustan recordar siempre la importancia del primer poema reconocido a nivel mundial de la humanidad: Gilgamesh, (en La Escuela de Escritores de la SOGEM donde me dio clase en el año 2000 ya lo hacía con vehemencia) poema que como se sabe, es un recorrido onírico y un viaje al mundo de los muertos que hacen Gilgamesh y su amigo Enkidú para encontrar el secreto de la inmortalidad. Según una entrevista que dio a Alejandra Silva Lomelí de El Sol de México, en donde la periodista arroja la pregunta desde el título mismo de su trabajo: “El Torturador: ¿novela polifónica?”

Pregunta Silva Lomelí:

 

El personaje principal de tu novela, Escipión Carrasco, es un incompleto de sí mismo, según tu misma definición. Carece de todo, incluso de una identidad inicial. Él tiene que forjarla solo, y en gran parte lo hace a través de sus sueños, que son catárticos y reveladores. ¿Nos puedes hablar sobre lo onírico en tu novela? ¿Cómo forman la personalidad de Escipión?

           

Saúl Ibargoyen responde:

 

“Los sueños son viejo asunto en todas las culturas. Basta recordar el Poema de Gilgamesh. En cuanto a Escipión, ese ámbito pesadillesco que lo acosa tiene origen, sin duda, en las más que penosas experiencias de vida. En él hay un torturador activo hacia los otros y uno físicamente pasivo hacia sí mismo. Esas pesadillas, producto de lo cotidiano y de la ausencia materna, a más de las carencias de la pobreza, generan más pesadillas que, de algún modo, se trasladan a la brutal vigilia que el personaje habita. Su propia imaginación puede ser interpretada como un mal sueño permanente. Escipión, en parte, es resultado de esos revoltijos oníricos...”

 

Todos sabemos de la maestría polifónica en las novelas de Milan Kundera, pero éste asunto no va por ahí. El discurso narrativo de El Torturador sería novela polifónica al estilo de esas mezclas de habla más bien, de La Habana en Tres Tristes Tigres de Guillermo Cabrera Infante, que también parten de “revoltijos” oníricos nocturnos, pero es dolorosa la experiencia de leer El Torturador y, a pesar del aparente paralelismo entre estas dos obras, la verdad es que son todo lo contrario, pues como el mismo narrador nos recuerda: “la ficción también hiere”. La obra que hizo mundialmente célebre a Cabrera Infante, no es sino una celebración de los ámbitos nocturnos de Cuba bajo el régimen de Batista, pero la verdad es que El Torturador es todo lo contrario o, más exactamente, es el otro lado de la moneda de esa celebración, ya que, en el Estado Mesoriental donde se desarrolla la novela, casi podemos ver, en la figura y el contexto de Escipión Carrasco, toda la historia de impotencia, desgarramientos, caos y devastación en nuestros países de América Latina en el siglo dos XX, cuando desde el poder, “la voz, agria de hipocresía, proclama que lo primero es el orden”, según dice uno de los poemas de protesta de Efraín Huerta.

Como lo sabemos todos los escritores mexicanos, los editores de libros, de revistas y suplementos culturales (toda publicación sobre las letras que se precie no puede nunca estar fuera de estos debates, encuestas y cuestiones) y demás gente cercana a los libros, en su número de abril de 2007 la revista NEXOS hizo una encuesta llamada “Las mejores novelas mexicanas de los últimos 30 años”. Yo creo que en el año 2020 se volverá a convocar a ciertos votantes exclusivos para otra encuesta que seguramente causará polémica y será llamada quizá: “Las mejores novelas mexicanas en las primeras dos décadas del siglo XXI”. Ojo: en ese entonces ya Carlos Fuentes, como figura y su gran conocimiento de los distintos Méxicos que somos, significará otra cosa para todos nosotros. De hecho, Ibargoyen arriesga mucho más que Fuentes en términos de novela política. La Voluntad y la Fortuna de Fuentes, por ejemplo, con todo y sus 552 páginas densas y espesas, palidece ante el verdadero horror de El Torturador y la maestría de su inquietante final in crescendo. El Torturador va a estar en esa lista que seguro vendrá y quizá entre los diez primeros. Por su contundencia, su innovación estilística, su ironía amarga de triunfo pírrico, las carcajadas de borrachera que provoca, (¡no por otra cosa sino porque está escrita siempre desde el punto de vista del narrador que no deja descansar a nadie: ¡Ni a los personajes ni al lector, todos sufren y todos tenemos qué hacer catarsis ante El Torturador!) la solidez brillante de la historia en sí y por sí misma, así debería de ser. A éstas alturas todos sabemos ya qué es lo mejor de Jorge Volpi en su novelística (En busca de Klingsor y el ensayo Leer la Mente), de Juan Villoro (sus recopilaciones de ensayos y la novela El Testigo), de Enrique Serna (El Seductor de la Patria y El Dador de Silencios), de Gerardo de la Torre (Su obra de cuentos y Ensayo General), de Guillermo Samperio (La Antología que le publicó Alfaguara) etc...

Abro un libro de ensayos críticos reciente de Geney Beltrán Félix (2009, publicado por la UNAM) cuyo trabajo es notable y ha sido muy comentado en el periodismo escrito: El Sueño no es un Refugio sino un Arma y leo: “¿para quién se escribe? ¿No es aterrador que el diálogo intelectual fuera del círculo literario sea casi nulo? [...] ¿La literatura va a quedar relegada sólo al cubículo universitario del doctor en letras? (pp. 75-76). El ya mencionado Cabrera Infante declaró en el Prefacio a la cuarta edición de Así en la Paz Como en la Guerra (1960) que un amigo suyo le había dicho: “cuando un escritor tiene un público es hora de que comience a escribir para él”. No concuerdo totalmente con las preguntas de Geney Beltrán. No creo que ni él mismo las acepte. Pero reconozco que me obligan a meditar, a volver sobre preguntas mías que ya creía resueltas y replantear la idea o, más bien, ese conjunto de ideas, referidas claro, a “la inmensa minoría” del público que tienen los libros y la literatura.

Una cosa sí es segura: El Torturador  no es una novela hecha para escritores y periodistas solamente; es para todo lector, toda lectora,  porque ese espacio narrativo “a medio camino entre Uruguay y México” del siglo pasado nos es dolorosamente próximo: Lomas Taurinas, Chiapas, Acteal, Tlatelolco, Oaxaca, el cura pedófilo Marcial Maciel, los filósofos marxistas Bolívar Echeverría y  Adolfo Sánchez Vásquez, los jóvenes emos, el ejército en las calles y la tortura misma (Ibargoyen se adelantó a Presunto Culpable, el documental de moda) ¿No son todas esas cosas, acontecimientos, lugares, nombres, repito (y la lista verdadera es más larga) no nos son definitivamente próximos y nuestros? Son nombres, lugares y cosas que han surgido por la tortura, por nuestra tortura.