LECTURAS PRELIMINARES WALSERIANAS
Abro
el libro de mi amigo fallecido en 2020, el poeta, traductor y ensayista José
Vicente Anaya, Poetas en la noche del mundo, (página 237, publicado por
la UNAM en 1997) y leo:
“Todo
aquel que se atreve a escribir poesía sin estar poseído por el delirio que este
arte exige, creyendo que puede ser poeta tan sólo por escribir de acuerdo con
determinados recursos técnicos, estará muy lejos de ser un verdadero poeta.
Pues la poesía de los letrados siempre será eclipsada por aquella que destila
locura divina”. (Son palabras de Platón).
Tal
es el caso de Robert Walser. Hablar de Robert Walser es hablar de un escritor
suizo-alemán que, (como dijo Jean-Paul Sartre en Las Palabras): “Vivió,
amó, luchó, quiso vivir, se vio morir, eso basta para hacer un hombre”. Lo que
afirmó Walser ante todo fue su literatura y su vitalismo que buscó y se la jugó
tomando como escudo para presentar su batalla, un sustrato poético que
expresaba mayormente en prosas-composiciones no poéticas del todo, pero que
combinaba con poesías de su autoría; muchos de sus libros demuestran que en
efecto era poeta en lo profundo de su ser, y claro, “destilaba esa locura
divina” de la que habla Platón. (Él mismo lo dice en la página 69 de Escrito
a lápiz Microgramas III): “Es puñeteramente difícil escribir
estando loco”. Pero para probar su condición de poeta, más adelante en el mismo
libro (página 95) titula así una de sus prosas-composiciones pequeñas: “Mi
pasado refulge en conjunto como un impoluto cubierto de plata”. ¡Qué belleza
poética con este título! Y más adelante en el mismo libro, una
prosa-composición en la página 125 con el título: “No te desanimes, no pierdas
el valor, querido lector”. Con Walser estamos frente a un coloso que se sabe
algo loco pero que desea afirmar su vida con la escritura. (Los pasajes de Escrito
a lápiz volúmenes II y III lo dicen claramente en su solapa: “La minuciosa
labor de Werner Morlang y Bernard Echte que dedicaron más de quince años en
descifrarlos letra a letra, puso fin al desconcierto y reveló como una colección
de textos breves, poemas y dramas en verso de incalculable valor literario lo
que en un principio parecía fruto de la locura del autor suizo”. Su concepción
total de su obra, comprende todo aquello que vivió desde 1904 (6 años antes
había decidido dedicarse de lleno a la literatura, en 1898) hasta 1956, año de
su muerte de un infarto de forma sorpresiva mientras caminaba afuera del
Hospital Psiquiátrico donde llevaba décadas de estar ahí. (No he leído todavía
los libros que le dedicaron sus amigos, como Carl Seelig, que además de amigo
fue su mecenas que tiene un libro sobre él). Lo sorprendente de su caso, su
vitalismo, es que Walser tenía un estilo, que como él mismo decía: “El estilo
es la vida”. Me sorprende esta mención del estilo literario comparándolo con la
vida ya que, cuando yo empecé a escribir en los años noventa en la CDMX, había
entre nuestra generación de escritores de la escuela de escritores de la SOGEM,
un debate y reflexión sobre el estilo con varios maestros, incluso yo saqué a
relucir, ante un Óscar de la Borbolla un tanto descreído de la continudad de lo
poético, la opinión de Fernando Savater que dice: “quien se esmera en tener un
estilo, cree más importante el hecho de que lo que se dice lo dijo él, entonces
es más importante para éste fulano que lo haya dicho el enormemente fulano”,
(cito de memoria Despierta y Lee de Fernando Savater), además creíamos
con Octavio Paz que aquél que tiene un estilo, “deja de ser poeta y se
convierte en constructor de artefactos literarios”. (Primeras páginas de El
Arco y la Lira). Lo increíble, diríamos pues, es que en el libro de Microgramas
II de la serie de Escrito a Lápiz, Walser hace una observación
sobre su propio estilo que resulta muy vital, terminando en conclusión que, “el
estilo es la vida”. Me gusta esta afirmación porque entre mis propios libros,
de los que yo soy autor, veo algo de verdad en esa afirmación: en mi novela Antes
de Todos los Partidos, (edición de autor 2010) hay un diálogo entre los
personajes y uno de ellos le dice al que escribe su diario: “¿Y tú, ¿por qué te
quisiste quitar la vida?” El autor del diario, que vendría siendo yo, responde:
“¡Porque tenía demasiada, cabrón!” Y además es una novela que puede o no
gustar, pero indudablemente tiene un estilo propio, lo que me hace pensar que
sí, que el estilo es la vida como dice Robert Otto Walser, que es, por primera
de cuentas, un escritor que convence.
Acabado
de leer “Los cuadernos de Fritz Kocher”.
Pues
sí, Robert Walser al iniciarse en la escritura con este libro, comprueba lo que
se verá después, Walser era un poeta en prosa, los escritos de Los cuadernos…
dan cuenta cabalmente que desde el principio, Walser tenía ésa forma de trabajar,
se encendía, se inspiraba, (como decía un contemporáneo suyo en los cincuentas)
“Todo pensamiento comienza con un poema”. Frase citada por Georges Steiner en “La
Poesía del pensamiento.” (Primeras páginas), es decir, pues, Robert
Walser tenía una idea, la trabajaba y el resultado era, como casi siempre lo
fue después, una prosa poética que le otorgaba su visión extraordinaria y que
desgraciadamente al fin de su vida lo condujo a un hospital psiquiátrico.
Los
cuadernos de Fritz Kocher, este libro, brillantemente escrito,
nos cuenta y da cuenta, de la visión inmortal de este suizo-alemán sobre su
entorno, en este caso, Los cuadernos…, casi parecen la visión de
un estudiante frente a su maestro: están rebosantes de gracia, están rebosantes
de ternura, están rebosantes del deseo de fundar la vida, por y para la
escritura; su disparidad temática pero en excelente encajamiento de parecido
estilo, forma, extensión, de ése libro que hizo el joven irónico que fue, y similar forma una prosa a otra, datan de 1904.
Fue su primer libro impreso. Como dice en la introducción en su comentario, su
colega escritor Hermann Hesse: “Su primer librito, un objeto elegante y coqueto
con divertidas ilustraciones de su hermano Karl… lo compré entonces atraído por
su simpática y original presencia y lo leí durante un corto viaje… En
principio, estas curiosas, casi pueriles composiciones parecían ser
disertaciones juguetonas y ejercicios de estilo característicos de la retórica
de un joven irónico. Lo que en ellas llamaba más la atención y atrapaba era,
sin embargo, la cuidada y fluida dejadez en su exposición, la alegría en la
disposición de frases y fragmentos ligeros, simpáticos y agradables que tan
rara vez se encuentra en escritores alemanes”.
Para
rematar el comentario de Hesse, diríamos pues, es un libro de poemas en prosa,
pero no se trata aquí de una prosa disfrazada de poesía como en el caso de las
prosas poéticas de nuestro Octavio Paz, sino que, en este caso, Walser ha
pensado poéticamente en su entorno y como buen estudiante deja clara su
exposición que lleva ya implícitamente su carga estética. Es decir, no poetiza
con el lenguaje, más bien lo usa para digresiones sobre cosas que él encuentra
que realmente son bellas, un espacio al aire libre, una mujer, cosas por el estilo,
o un bosque; junto a una alegría que no deja de asombrar y fascinar a quien las
escribe. Esto es, por supuesto, la medida de su grandeza. Walser ha buscado
luchar desde éste su primer libro, presentando su batalla a una realidad que lo
desdice, mediante sus alegres paseos por Alemania en sus caminos, sus lagos,
sus bosques, etc. Es así como Walser nos da cuenta poéticamente de la Alemania
anterior a la Primera Guerra Mundial, en una prosa que se convierte en el
devenir del talento y de las múltiples actividades de los pueblos en su lucha
por la vida. Pienso en su libro Sueños, ahí lo que sucede, es el paseo
que mientras avanza y se va metamorfoseando en una ontología y metafísica
hermosa y terrible, el libro se convierte en un consejo para otro, que nunca
aparece en el texto, pero después del paseo y de todo lo admirado y aprobado
por Walser, es él mismo que vuelca la palabra sobre ese alguien que, debido al
tratamiento de la prosa, se convierte en otro al que Walser educa y aconseja,
dejando de lado los desplantes de machismo, Walser se engrandece y nos
enriquece mediante sus pequeñas composiciones en prosa, que nunca poética en un
sentido de lenguaje estetizante, pero sí, definitivamente, rebosante de
belleza. Es su gran capacidad de digresión walseriana: mental, estética,
humana, del hombre que en vida fue él lo que está expresado página tras página,
igual sucede con los Microgramas.
Traducciones al castellano de las obras de Robert
Walser
·
Jakob von Gunten, trad. de Juan García Hortelano y
C[arlos] B[arral] Agesta. Barcelona: Barral, 1974. (Basada en la edición
italiana de Adelphi.)
·
El ayudante, trad. de Juan José del Solar. Madrid:
Alfaguara, 1982; Siruela, 2001.
·
Jakob von Gunten, trad. de Juan José del Solar.
Madrid: Alfaguara, 1984; Siruela, 2000.
·
Los hermanos Tanner, trad. de Juan
José del Solar. Madrid: Alfaguara, 1985; Siruela, 2003.
·
Vida de poeta, trad. de Juan José del Solar.
Madrid: Alfaguara, 1990; Siruela, 2010.
·
El paseo, trad. de Carlos Fortea. Madrid:
Siruela, 1996.
·
Poemas. Blancanieves, trad. de Carlos
Ortega. Barcelona: Icaria, 1997.
·
Los cuadernos de Fritz Kocher, trad. de Violeta
Pérez y Eduardo Gil Bera. Valencia:
Pre-Textos, 1998.Segunda edición 2007**
·
Las composiciones de Fritz Kocher, trad. de Helena
Graciela Cisneros. Buenos Aires: Eudeba, 1999.
·
Historias de amor, trad. de Juan de Sola. Madrid:
Siruela, 2003.
·
El bandido, trad. de Juan de Sola. Madrid:
Siruela, 2004.
·
Escrito a lápiz. Microgramas I (1924-1925), trad. de Juan de
Sola. Madrid: Siruela, 2005.
·
La habitación del poeta. Prosas y poemas inéditos, trad. de Juan de
Sola. Madrid: Siruela, 2005
·
Escrito a lápiz. Microgramas II (1926-1927), trad. de Rosa
Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2006.
·
Escrito a lápiz. Microgramas III (1925-1932), trad. de Rosa
Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2007.
·
Ante la pintura. Narraciones y poemas, trad. de Rosa Pilar
Blanco. Madrid: Siruela, 2009.
·
Historias, trad. de Juan José del Solar.
Madrid: Siruela, 2010.
·
Sueños. Prosa de la época de Biel, trad. de Rosa
Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2012.
·
Diario de 1926, trad. de Juan de Sola. Segovia: La
Uña Rota, 2013.
·
Desde la oficina, trad. de Rosa Pilar Blanco. Madrid:
Siruela, 2016.
·
El pequeño zoológico, trad. de Rosa
Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2017.
·
Lo mejor que sé decir sobre la música, trad. de Rosa
Pilar Blanco. Madrid: Siruela, 2019.
·
Berlín y el artista, trad. de Isabel
García Adánez. Madrid: Siruela, 2021.
·
El hombre que perdió la cabeza, trad. de Juan de
Sola. Barcelona: Las Afueras, 2021.
EL CLUB FLÁNEUR: LOS INDEPENDIENTES
En
estos autores se ha manifestado el título del libro de André Marlaux, el
clásico, La Condición Humana: Por el más viejo de los invocados a este
brindis, un alemán híper independiente, fulgurante, proteico, excelente: Robert
Walser, que seguramente vendrá con la camisa empolvada del camino, parece, al
ver hacia atrás, que dos gemelas estaban preocupadas por él, quizá conversó con
ellas sobre el periódico y se los dejó olvidado junto a unas latas de sardinas
en aceite. Brindemos por la más nueva, como dice Jaime Labastida, nuestro
poeta, “levantemos la copa en el mar de Venecia…” por la excitante, abrasadora,
rutilante, rumano-alemana Herta Müller, galardonada con numerosos premios
prestigiosos hasta su culminación con el premio Nobel de literatura 2009. Bella
y hermosa, lúcida y radiante joya en el aire.
Luego como su contraparte sublime, el gran faisán del mundo: lo que nos relató con la vida de Oskar Pastior, el
aguerrido y aferrado poeta moribundo en un campo de trabajos forzados de la
URSS; que nos da como resultado de esa experiencia, una poética negra y moribunda: como lo único bueno que
hay son dos raciones de pan al día, aparece, conforme avanza la narración y
desde las primeras páginas de la novela, un ángel de hambre que nos viene a
visitar después de días, meses, años, de picar piedra y cargarla inútilmente.
Es el hecho de no poder comer ni una sola comida decente hasta alcanzar la
libertad; cuando la muerte ya está demasiado cerca.
Se
trataba, para él y millones con el mismo tipo de historias, de tanta piedra
muerta, tanta cadena enganchada a los pies, tanta tonelada de mierda, tanta
bazofia en los enredos mentales injustificados de los cerebros de sus verdugos,
(tanto rusos como alemanes los tuvieron) que hasta el cuerpo de Pastior vomita
un ángel del hambre: sobre su propia figura latigueada, maltratada, mancillada
su pobre condición humana: ¿ante quién denunciar? ¿el suicidio? No lo hizo y
por eso amo al personaje. A él llega, como si fuera una esperanza que viene
inútilmente, una pelusa salida de sus desdichadas entrañas; es lo mismo que
otros narradores de parte de las provincias rusas buscaban refinar de modo
estetizante en toda esa literatura sobre La Segunda Guerra Mundial; vista desde
el punto de los supervivientes como un Vasili Grossman, o Solienytzin: eran
esas calderas infernales de los nazis de un Auchwitz o lugares parecidos. Definitivamente
imposibles de olvidar y, principalmente, la misión es no olvidar, nunca, como
parte del género humano, nunca jamás esa barbarie. El libro de Müller es Todo lo que tengo lo llevo conmigo, obra
aparecida el mismo año que los diez y ocho académicos de Estocolmo se
decidieran por la literatura de esta escritora nacida en 1953.
Witold
Gombrowicz es parte fundamental de este brindis de espera perpetuamente
postergada. Uno de los tres mejores escritores de vanguardia de todo el siglo
XX, según Gilles Deleuze, la eminencia filosófica. Los otros dos, según su
criterio, son Franz Kafka y James Joyce. ¿Capricho? Más bien la síntesis del
maestro Gilles Deleuze después de leer, ¿cuánto crees? ¿Cinco mil libros?
Friedrich
Dürrenmatt, celebridad europea en los años cincuenta, sesenta y setenta del
siglo XX leído sí que lo es, pero conocido en México más por lectores-
escritores que buscado por la masa amorfa de lectores ávidos y aventurados en
nuestro país. Mi entrañable Dürrenmatt. En literatura es difícil hablar de
originalidad, mucho más en estos tiempos socorridos por temas como sexo,
narcotráfico, análisis político o literatura fantástica como Harry Pötter.
Dürrenmatt me fascina porque trae desde el pasado la religión que quisiéramos
ver en un futuro inmediato: El politeísmo. El animismo.
Robert
Walser triunfó relativamente durante la Alemania de la república de Weinmar y
fue redescubierto para México ya entrado el siglo XXI. Me refiero al conjunto
de narraciones de Sueños, La Habitación del Poeta y De paseo. Obras deliciosas por donde se
les vea. Walser simplemente se va de largos paseos por los pueblos de Alemania
y parece que su turismo bohemio le favorece: todos los problemas y alegrías del
pueblo alemán, sus empeños y sus dramas, sus carcajadas y sus lágrimas le
llueven por igual, lo mismo un cocinero con un matrimonio hecho pedazos que una
duquesa o baronesa que se aburre en una vida aristocrática heredada en busca de
algo nuevo: todos esos temas (las preocupaciones de sus semejantes) son
recogidos y anotados por Walser, el gran observador de la condición humana y
Walser el gran conversador, el gran titán alemán que aprendió lecciones de
Hölderlin más que de Goethe; además también interlocutor del autor de El
lobo estepario, Herman Hesse, con quien conversaba ampliamente. Pero si al
principio parecía una locura pensar en entregarse despreocupadamente al simple
pasear por los caminos boscosos alemanes, finalmente siempre hay algo bueno que
intercambiar: un trago, una enseñanza de tipo moral, un amorío o un consejo
para un par de enamorados, y de paseo en
paseo se va armando sin desearlo premeditadamente al parecer, hasta llegar a lo
sacralizado: de repente es el lector el que encuentra a Walser en el paseo, y
Walser, como viejo lobo, te indica toda otra disquisición que será la segunda
parte del libro de Sueños, publicado
en 2012 en México por la prestigiada editorial Siruela. ¡¡Haa!! ¿Conque
metiéndose de galán con un par de jóvenes princesas? En lo absoluto. Más bien
convirtiendo el hecho de pasear, conversar, leer el periódico, hablar con
mujeres y hombres de todo tipo de oficios, para cocinarlo con todo tipo de
aderezos y volcarlo página tras página, capítulo por capítulo, en una
metafísica narrada que es el relato del devenir de la existencia y el talento de
los pueblos. O algo como eso parecen descubrir las sirvientas, los niños y todo
tipo de alimañas que conviven con Walser en cada punto donde se detiene a
degustar un café, o un inolvidable tarro de cerveza o agua para ver a la
idiosincrasia y actitud o el estilo alemán en su diario enfrentar la
cotidianidad. Con el alivio de poder afirmar que ante malos tiempos, deben
sobrar buenas sonrisas. Me recuerda éste gran escritor alemán, claro que en
otro tono y otro contexto histórico, lo que decía Jorge Luis Borges en su Historia de la literatura trágica alemana:
Monstruos enormes como los de la Gesta de
Beawolf mezclándose en los lejanos tiempos de los tiempos mitológicos
cuando ese portentoso, honorable y envidiado héroe, tiene la encomienda de
matar al monstruo Grendel. Quiero decir, no sé si me explico bien, es el mismo
bosque alemán el escenario de todo esto, como en Beawolf. Así lo
entiende también Jorge Volpi en sus dos cuentos un tanto sanguinarios en www.descargacultura.unam.mx. Robert Walser aparece como un gigante
parecido a un Frankenstein del siglo XX, desdibujado o hiper coloreado,
terrible, pero a su modo sonríe más: tal vez esta ocasión pide demasiado a un
tabernero cuando recibe gratis una ración de patatas y salchicha con tarro
espumoso. Pero tomará gran camino y bríos fáusticos este paseante
lector-escritor para decirnos: Cuidado con los pastores alemanes, son criaturas
nobles pero no hay que hacerlos enojar nunca, y mientras tu novia capta la idea,
Walser sonríe y se despide ya desde lejos, mientras los niños hacen y le juegan
una broma a una pequeña quinceañera que vende mermeladas y pasa por un puente.
Me limpio las botas del lodo del camino, subo a una carroza o saltándome las
leyes de todo tipo de tiempo en los tiempos, aparecemos en un camino polaco
junto a Witold Gombrowicz en esa obra genial que se llama perfectamente: “Pornografía”. ¡De repente cuerpos
desnudos vuelan por los aires! ¿Qué? Niña, o tú bellaco: no estén ustedes
haciendo afirmaciones banales, porque superfluo ya de eso hay mucho. ¡Chupando
que es gerundio! ¡Salud! Se trata de la primera escena memorable del libro Pornografía,
(reconocida así mismo por el propio autor), que relata el momento de llegar a
misa a las doce del día.
Es
precisamente esta escena, en la iglesia, la que sostiene todo el entramado
ontológico de la novela. Me resulta encantadora la forma en que su autor afirma
como tesis de la novela: el hombre quiere ser joven; es decir, inacabado, no
confirmado, imperfecto, excitado por lo rara que le parece la existencia.
También hay que decir que ésta es la gran tesis del buen Witold Gombrowicz: lo
dice en todas partes; lo dice su novela Ferdydurke, su Diario
Argentino y muchas otras veces: la juventud era su gran y ontológico tema
central. También es justo decir que fue (ya a su regreso a Europa después de la
guerra), candidato a premio Nobel. Lo
que la novela contemporánea gana por puntos, según la venerable opinión de
Julio Cortázar, hoy en día en boca de cualquier maestro de literatura, resulta
en esta obra magnífica exactamente lo contrario. Es la acción radical de negar
a Dios o cualquier entidad superior, de negar la oración, y eso,
subrepticiamente expuesto por el muchacho que finge estar rezando en la iglesia
que encuentran el grupo de Witold al lado del camino, es decir, al ejecutar su
no-rezar, lo que muestra mientras prosigue la narración, Gombrowicz lo narra
con la altura de un ser mirado por la inmortalidad: es decir, como si la
tierra, hablando del planeta, experimentara un mostrarse en toda su brutal
desnudez obscena. ¡Locura de campanas! Y esto es lo que vuelve enigmáticamente
y en correcto español: “Pornográfica” a la novela, eso porque esto es realmente
lo pornográfico: eso ocurre con la pornografía, lo que repelemos de lo llamado
porno es esto. Debemos tener cuidado en esta inflexión de la narración. Porque
no es por principio de cuentas, o no fue así su principio, lo llamado “porno”
algo que muestra el cuerpo humano, no, sino por el hecho de mostrar lo obsceno
que se esconde dentro del mundo. Si aceptamos y damos por hecho los
descubrimientos de la partícula de Higgs, hace pocos años en la frontera entre
Suiza y Francia cerca del año 2011, como nos lo indican los científicos (tuve
la oportunidad de ver un bellísimo documental en Netflix al respecto), resulta que nuestro universo alberga una
constitución mitad lógica-matemática y otra mitad caótica poética. Así es como
defiendo el siguiente argumento: lo pornográfico es cuando vemos esa
parte del mundo que no se nos presenta en forma de un poema o un cuento de
Borges, o cuando un afamado experto como Issac Asimov u otros como Sthepen
Hawking nos cuentan la trama oculta del Universo… Sino cuando vemos una tubería
podrida de cualquier ciudad del mundo, en estado descompuesto, reventada; es
este hecho de ver, es la relación entre nuestros sentidos y lo obsceno,
¡guácala! Donde nace lo que es “porno”. Y válgame la suerte, ¡por mis
proverbiales y queridos santitos protectores en mi oficina presentes! Witold
Gombrowicz novelizó este hecho, como nadie en el mundo literario esperaba verlo
en aquel tiempo. (Su primera publicación fue en el año 1960 exactamente).
Aunque genios como Milan Kundera, nos lo enseñaron a entender en esa memorable
obra ensayística que es Los Testamentos
Traicionados (Tusquets, 1993). El problema que tuvo el buen Witold, es que
nadie que lo pudiera entender lo leyó cuando el debió ser leído, aunque fue
nominado al Nobel; nunca fue entendido en sus términos cuando debía serlo,
además que la pinche Segunda Guerra Mundial le resultó un estorbo tan terrible
que tuvo que irse a Argentina y sólo hasta después fue aceptado en la lógica
del canon cultural europeo.
También
resulta adecuada la afirmación canónica: éste será un libro de comentario como
decía Arthur Schopenhauer: los primeros cuarenta años de vida nos dan el texto
y, para después, viene (ojalá también los otros 40 años y) el comentario.
A
mis años ya es así: este libro, mi libro compilación de nosotros otros todos
que los aprecio tanto, me separo de mi generación y quisiera ser visto como un
ensayista que hablo apologéticamente de los genios: Clément Rosset, Herta
Müller, José Saramago, Robert Walser y Witold Gombrowicz. Hablando de
aspiraciones, la forma en que los admiro estoy seguro me engrandece.
Lo
primero es esclarecer la pregunta: ¿Por qué estos autores y no otros? A lo que
inmediatamente debo responder: simple y llanamente que mis treinta y dos años
de ser escritor me desembocan en estos autores: Clément Rosset lo leí mucho
hace muchos años que fui alumno de filosofía en La Universidad La Salle Ciudad
de México y cuando volví a estudiar Filosofía en 2015 por la Autónoma de
Chihuahua vía internet volví sobre el pensamiento de Rosset y me pareció
genial, como entonces. Lo fabuloso es que él se acordaba de mí: Rosset, un gran prosista filosófico, además
todo un flaneur: si lo buscan en Internet anda parecido a mí: con
sombrero, en sus paseos y algo más persiguiendo siempre, a la saga de su
inteligencia y furor por tundir las teclas. Así pues, les comparto: recuerdo su
imagen que él me compartió la misma imagen de mis estudios, es decir: me
confirmó que me había puesto atención cuando yo lo leía. Ésa magnífica pieza
del pensamiento francés que es El principio de crueldad, por su tesis,
por su gran erudición y sus agallas de genio, la magistral forma en que está
escrito, hace de Clément Rosset uno de los grandes filósofos europeos de estos
tiempos, junto a otro francés: Michel Onfray o el koreano-alemán Byung-Chul
Han. Fíjense: llevamos años pidiendo un buen premio para Han.
Luego
vuelvo a 2009, cuando yo tenía una beca estatal de Aguascalientes por el
proyecto “Vestigios de Cerro Hermoso” --mi novela, ahora se puede
consultar en la página web: http://antares101.blogspot.com.
Como digo, en ese año también le dieron el Premio Nobel a Herta Müller y me ha
seguido pareciendo muy importante su estética en sus libros, su poesía que se
desprende de su palabra, su genio de dibujante-poeta-en-novela. (Volveré a
hablar de ella más adelante) José Saramago ¿Cómo decirlo? Saramago lo leí mucho
mientras estuve ---según yo solamente-- buscando la Revolución por la vía del EZLN
y hasta fui a Chiapas en 2001, -nunca miré a nadie de ellos, los alzados, lo
más que observé fue campesinos que nos ganaron en el futbol a mí y unos
italianos y niños y niñas contentos porque les dimos dulces en piñatas, pero el
portugués José Saramago, él sí apoyaba mucho ese movimiento y curiosamente, me
preguntaba con ingenuidad: “¿por qué no me entienden que quiero ser como él?” O
sea: lo ingenuo era mi romanticismo de la revolución, cosa que hasta después
entendí.
A
José Saramago yo lo leía mucho, lo comentábamos mucho en La Escuela de
Escritores de la SOGEM, José Saramago visto como uno de los grandes entre los
grandes escritores que no hizo concesiones al mercado literario y sin embargo,
obtuvo el Premio Nobel en 1998 y que seguía escribiendo lo que él siempre
quiso, un escritor de extraordinarias capacidades que debatió con Carlos
Fuentes y Carlos Monsiváis, que nos avisó del problema de “El Factor Dios”, un
escritor que cada vez nos parecía como nadie más, el mejor ejemplo a seguir
junto con Borges y/o Fuentes y Paz. (Bueno, pues Ricardo Piglia se ha dedicado
a hacer conferencias sobre Borges en Argentina con la tesis de que se puede llegar
a ser Borges, así como antes era la consigna “Jóvenes maten a Borges”).
Y
¿Robert Walser? Sucede que en mis largas y fecundas conversaciones con el
maestro, traductor, poeta y ensayista José Vicente Anaya, en “la Gandhi vieja”
me recomendaba mucho a este escritor alemán; ése es mi último recuerdo de Anaya
(falleció en 2020), dos cosas o dos consejos, uno: piensa en las escritoras,
aprende de ellas no siendo impaciente, no sólo como tus novias y dos: él
recomendándome a Robert Walser y a Roberto Bolaño, su amigo de los años
infrarrealistas. Al leer a Walser, supe inmediatamente que se trataba de un
descubrimiento el libro Sueños; luego conseguí La Habitación del
Poeta y Desde la Oficina. Me resultaron apasionantes, divertidos,
inteligentes y extraordinarios, por decir lo menos. He aprendido mucho a
divertirme con este tipo de libros, de hecho, esa es la idea que subyace a mis
últimos libros: hacer pensar y divertir a un tiempo. Ésa es la noción, por
ejemplo, de mi libro En búsqueda del Rosetón de Plata y otras Narraciones
(2020).
¿Y
qué decir de haber elegido hablar de Witold Gombrowicz?, pues me parece
adorable y sensacional este personaje, me lo imagino en una de sus largas
caminatas en Buenos Aires, lejos de la locura de La Segunda Guerra Mundial, de
la que huyó. Pornografía, Trans-atlántico, Ferdydurke, Diario
Argentino… Maravillas estupendas por donde las veas. Recuerdo en la revista
Alforja que hacía José Vicente Anaya junto con José Ángel Leyva y María
Luisa Martínez Passarge y yo entre varios, descubrí que la escritura, --que
toda escritura: poética y narrativa, guarda un sentido ciertamente algo
anárquico, que la escritura de estos géneros, son algo así como enemigos de la
política, cuando la política está en malas condiciones (totalitarismos,
dictaduras, etcétera.) Y precisamente: ¡Witold Gombrowicz, es un escritor anárquico!
La búsqueda de lo nuevo o estar a la vanguardia, después de mi libro En
búsqueda del Rosetón de Plata y otras Narraciones, y de que publiqué
mucho ensayo en esa página web, me hace pensar que, además, por fortuna, no hay
nada perdido en el sentido del oficio de escritor: ahí… ¿desembocaste? Bien:
Respira y continúa sonriendo y amando intensamente este oficio. ¿Qué te ha
determinado los últimos 33 años? Pues tu escritura: mi relator preferido, mi
escritor de palacio, mi teólogo de Frankeinstein, o teogónico…
Pienso
que hay algo más: sería correcto llamar un tanto anárquicos a estos autores.
Autor es uno que implícitamente afirma haber dado lo mejor de su inteligencia y
yo apoyo a las ciencias cognitivas nórdicas: El ser humano es principalmente su
mente y principalmente lo que hace con su mente. Hablar de José Saramago es
hablar de un maestro mundial de la novela, eso pretendo hacer. Herta Müller es
apasionante y profesional, le devoré con panes de mermelada de naranja mientras
la admiraba sus libros y amé Todo lo que tengo lo llevo conmigo y La
Bestia del corazón, ella me lo engrandeció. Herta Müller tiene la poesía de
su lado.
Hablar
de Robert Walser es, desde mi perspectiva, algo necesario; falta en México
alguien que hable de él, ése puede ser, quizás mi lugar, pienso. Además,
Clément Rosset es un filósofo que se mantuvo activo mucho tiempo; es un
grandioso este francés; hasta 2018, año de su muerte (estuvo cerca de Zacatecas
por 2009 y de ahí le inspiró para un pequeño libro: Escritos de México).
Su gran libro que leí en 2004 y 2005 fue El principio de Crueldad: ahí
con mucha prosa filosófica y buen talante (¡de 1994!) Rosset plantea como tesis
en ese libro: Principio de Crueldad=Principio de Realidad, excelente.
En
nuestras alegres reuniones de alumnos de la SOGEM, mantengo la certeza de que
yo quería y esperaba lo último de José Saramago y deseaba ser escuchado como
él, me debatía mucho en sus palabras, pero de ninguna manera digo que ya
terminé de leerlo, sólo he leído algo: Ensayo sobre la ceguera, Ensayo sobre
la lucidez, El hombre duplicado, Las intermitencias de la Muerte y La
caverna, lo demás de Saramago debo leerlo: así debe ser.
Robert
Walser fue un escritor alemán que cuidó mucho su fuerza expresiva para dejar
siempre latente en el lector la idea de que nunca decía toda la verdad y que no
quería volar por arriba o debajo de nadie y eso es su sello característico: lo
convierte en un imprescindible y más ahora ya entrado el siglo XXI. Es decir
que es un autor que mantiene la idea de que los libros bien pudiera ser que
todos son, en su conjunto, tablas de salvación de nuestra condición humana.
Todo autor es uno que, implícitamente, afirma haber dado su mejor esfuerzo
cuando vos lo lees y haber dado lo mejor para los demás, en todo tiempo y espacio
y eso, es la verdad que se trasluce después de leerlo a él y también a José
Saramago, Witold Gombrowicz y Herta Müller.
De este tipo de nociones debe estar hecha también nuestra literatura
mexicana, razón por la cual haré otro tipo de trabajo (sobre Fernanda Melchor).
En cierta forma el mercado literario es un camino, y la tradición literaria va
por otro lado desde hace mucho tiempo, pero esa no es suficiente razón para
tasajear una ni otra autopista: demasiado pedir es la idea de que los jóvenes
solo deberían leer remakes de, por ejemplo, La Cartuja de Parma.
¿De
qué hablan los libros de Robert Walser? En General, de un paseante que observa
a la población alemana en la época de la república de Weimar. Saluda a los
enamorados, saluda galantemente a las solteras y la gente que le invita una
comida en estas zonas alemanas boscosas; todo le asombra, de todo saca una
enseñanza, todo parece ser una lección de ética que Walser saca para darla al
lector, son postales de Alemania en grandes momentos, como la república de
Weimar. En uno de sus libros, Desde la Oficina, (traducción al español
de la editorial Siruela 2011), afirma certeramente que nadie, hasta ahora, en
sus tiempos de él, había escrito sobre la vida de los oficinistas y comienza a
desplegar todo un microcosmos sobre los oficinistas que resulta exquisito y
lleno de enseñanzas, como digo, principalmente morales.
Del
libro La habitación del Poeta, extraigo este poema:
Poeta y novia
Un poeta le dijo a su novia:
“Ya sabes que soy un genio
Y que por eso no puedo evitar
Vivir al día cual inútil.
Es lo que hacían todos
Quienes se sintieron llamados a algo superior.
Los de mi linaje no nos resignamos a
Ser aplicados y trabajadores,
Es algo que dejamos para los burgueses”.
Acto seguido, la muchacha respondió:
“¿Acaso te crees más que el resto?
Deberías avergonzarte de un orgullo tan descarado.
Si eres un verdadero poeta,
Léeme lo que has escrito.
El cuento del Nonosresignamos
Mejor se lo cuentas a otra.
¡La arrogancia y las osadas frases hechas
No bastan para hacer un poeta!”
Él le mostró su último
Poema y dijo: “He tardado cuatro semanas
En escribirlo”. “¿Qué?”, exclamó ella. “¿Cuatro
semanas?”
Lo leyó, y cuando hubo terminado,
Se rió en su cara y le tiró
El poema a los pies:
“estos versos son horribles,
Y el que los haya compuesto
Que se quite ahora mismo de mi vista”.
El poeta estaba derrotado,
Se pasó la mano por el cabello
Y dijo: “No te lo tomes así”,
Y le dio un beso y recogió
El poema, se buscó un buen
Oficio y se convirtió en un hombre honrado,
Y ambos fueron muy felices
Y se amaron, tuvieron hijos
Y no hicieron nada que no fuera sensato.
Es
al leer pasajes como éste donde está el genio de Robert Walser: Un maestro del
arte de la fuga: él desaparece del texto cuando se piensa, con justificada
razón, que él debe decir algo personal, y como nunca lo dijo, quedó como enigma
de las letras, algo semejante decía Paz de los grandes maestros, desaparecen
detrás de su obra, decía. Él, Walser, sabe de los ánimos juveniles, él sabe de
qué conversan, él sabe de la condición humana, pero como buen caballero, él no
condena a nadie, él, muestra su trabajo y sonríe, se ríe mucho, pero era esa
sonrisa precisamente lo que estaba perdido y por eso, la razón de publicarlo de
nuevo.
Porque
Walser rescata la vida cotidiana de los oficinistas, de los que hay en los
periódicos, o en donde sea, porque él habla de jóvenes poetas, porque él sabe
de las damas de sociedad, porque él es un gran conocedor de esa Alemania, debe
perdurar, se debe de leer.
Como
dije, cada autor es uno que afirma que dio su mejor esfuerzo, la industria
editorial se encarga de que lo creamos, y él lo afirma, me explico: La
sociedad, como dijo en su discurso de aceptación Rosa Beltrán a la Academia
Mexicana de la Lengua, hace pocos años, busca sus códigos de supervivencia
también en un libro clásico, así, de esta manera interpreto lo que es Walser:
un clásico de las letras alemanas que ayuda a permanecer a su sociedad, por
ende, a la nuestra.
Walser
tiene pasajes que su fuerza nos hace sentir lo sagrado que fueron, son y serán,
los libros que circulan por la tradición literaria mundial, lo que sé sobre eso
es mi sensación mediante mi lectura, eso, transformado después en éste u otros
comentarios, qué mejor ¿no crees?
El Centro Robert Walser
Fundado en Berna en 2009, el Centro Robert Walser (Robert
Walser-Zentrum, en alemán), es una entidad dedicada a la investigación y
difusión de la obra de Robert Walser y de quien fuera su tutor en los últimos
años, el escritor, editor y mecenas Carl Seelig. Conserva, gestiona y difunde
la obra y el legado de ambos. El centro, que está abierto sin distinción tanto
a especialistas como al público en general, acoge un archivo, una biblioteca de
investigación, dos salas de lectura de libre acceso y un espacio de
exposiciones temporales. Además de publicar obras y literatura especializada,
organiza también actos, jornadas, talleres y muestras. Uno de los puntos más
importantes de su labor es la promoción de traducciones de la obra de Walser.
Para llevar a cabo su misión como lugar de referencia, el Centro Robert Walser
colabora en algunos proyectos y tareas con instituciones nacionales e
internacionales como universidades, escuelas, teatros, museos, archivos, editoriales
o casas de la literatura.
El Centro Robert Walser acoge la principal biblioteca walseriana, que
reúne textos de y sobre Robert Walser. Además de todas las ediciones alemanas
de su obra ‒publicaciones sueltas y obras completas‒, su fondo cuenta con todas
las traducciones extranjeras de la obra del autor suizo, así como con libros
académicos, monografías, artículos de revista y trabajos universitarios de toda
índole. Una herramienta de trabajo fundamental para el estudio y la
investigación sobre la obra de Walser a escala internacional es el catálogo en
línea de la biblioteca, que puede consultarse tanto en inglés como en alemán. El Centro Robert Walser posee la
mayor colección de traducciones de obras de Walser.
Los manuscritos frágiles y de valor se conservan en el Archivo Literario
Suizo, en la sede de la Biblioteca Nacional de Suiza, en Berna. Los visitantes e investigadores pueden sin embargo consultar
versiones digitalizadas de los originales y de otros materiales, todos ellos
accesibles desde la biblioteca.
Dentro de su misión por conservar, catalogar, ampliar y difundir los
fondos de la obra de Robert Walser, el archivo emprendió en los años ochenta
una labor editorial que continúa hasta la fecha. Entre 1985 y 2000, publicó la
edición en seis volúmenes de los famosos Microgramas. Desde 2018
impulsa una nueva edición de las obras completas y de la correspondencia de
Walser: la conocida como Berner Ausgabe.
(Con
Información de Wikipedia)
COMO EN “LA GANDHI
VIEJA”, JOSÉ VICENTE ANAYA ME HACE TERMINAR EN ELÍAS CANETTI
Vuelvo
a tratar el tema de mi amigo José Vicente Anaya y su libro ya mencionado (Poetas
en la noche del mundo). La segunda parte de ese libro suyo, es un conjunto
de intensidades-definiciones sobre lo poético y sobre los poetas; pero ya
sabemos desde hace tiempo que nadie puede agotar estos temas, la poesía es un
arte tan cargado de historia que resulta imposible definir, o como dice otro
muerto reciente, el maestro Saúl Ibargoyen: “¿De qué hablamos cuando hablamos
de poesía?” Hablar de lo que es la poesía se convierte en una cuestión
inagotable y tanto José Vicente Anaya como Saúl Ibargoyen lo sabían.
De
acuerdo con este libro de José Vicente Anaya, en su segundo apartado, de estas intensidades-definiciones,
la primera advierte:
“El primer estudio del
hombre que quiere ser poeta es su propio conocimiento total; él busca su alma,
la inspecciona, la tienta, la conoce. Desde que la aprehende debe cultivarla…
[…]
El poeta se vuelve
vidente por un largo, inmenso, razonado desarreglo degradante de todos los
sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura: se busca a sí
mismo, consume todos los venenos para sólo conservar, las quintaesencias.
Inefable tortura en que requiere de toda la fidelidad, de toda la fuerza
sobrehumana en que se convierte entre todos en el gran enfermo, el gran
criminal, el gran maldito —¡y el Sabio Supremo!— porque llega a lo
desconocido. ¡Pues ha cultivado su alma ya rica, más que nadie! Llega a lo
desconocido, y cuando, asustado, acabaría por perder la inteligencia de sus
visiones, ¡Las ha visto! ¡Que reviente en su brinco por todas las cosas
inauditas he innumerables: vendrán otros horribles trabajadores: comenzarán por
los horizontes donde el otro desfalleció!
[…]
¡Esos poetas existirán!
Cuando sea rota la infinita servidumbre de la mujer, cuando ella viva por ella
y para ella, el hombre –hasta ahora abominable—Entregará una devolución, ella
será poeta, ¡Ella también! Ella encontrará lo desconocido. ¿Acaso sus mundos de
ideas se diferencian de los nuestros? --Ella encontrará las cosas extrañas,
renovantes, deliciosas; nosotros recibiremos esos encuentros, y alcanzaremos la
comprensión”.
Arthur Rimbaud
Ahora
bien, Robert Walser, quien seguramente también era un visionario que “había
pasado por un desarreglo total de sus sentidos” acompañó con poesías muchas de
sus prosas poéticas, algunas tan hermosas como las citada arriba de “Poeta y
novia”, son excelentes divertimentos, donde se muestra buena parte de lo mejor
de Walser. Subrayo esto: su obra muchas veces es un desprenderse del peso o
digámoslo así, “la molestia” de no poder dejar de ser alguien en la vida.
¿Cuántos escritores no habrán, en los últimos cien años, soñado que podrían
desprenderse de la Humanidad y poder tener una vista o visión ‘realmente’
diferente? Lo que me falta para defenderlo más de su supuesto trastorno mental,
es el libro de Carl Seelig. No lo he encontrado en librerías. Contra lo que
suele creerse, en vida Robert Walser fue respetado y admirado por varios
escritores de talla mundial, como Elías Canetti. Del escenario internacional de
las letras que han aclamado su obra o le han rendido homenaje cabe citar a: JM
Coetzee, Susan Sontag, Claudio Magris, Roberto Calasso, W.G.
Sebald, y Enrique Vila-Matas o Elfriede Jelllinek.
Vila-Matas
lo menciona con mucha solvencia en su libro Bartleby y compañía
(Anagrama 2001). Ahí Vila-Matas lo coloca en una ¿supuesta? ¿sugestiva?
¿necesaria? Lista-narración de escritores que le dicen: “NO” al oficio de
escritor, vaya, pues así es la temática de ese libro. La escena es memorable:
Marcel Duchamp explicándole esto de los escritores del NO a los pupilos Guy de
Maupassant, Arthur Rimbaud y Witold Gombrowicz. Robert Walser es mencionado sin
maestro, sólo citado en el trayecto, de pasada, varias veces. Por cierto: tres
pupilos de los cuales los mismos tres reniegan de su supuesto maestro Marcel
Duchamp (Muy buen libro, ese texto breve de Vila-Matas).
Elías
Canetti, es un escritor, (lo supimos más tarde) que desde siempre buscó lo
inmortal, buscó escribir de asuntos inmortales; digo esto sin detrimento de su
obra colosal; caray, ¡Es autor de La provincia del hombre! ¡El
corazón secreto del reloj! (Aforismos) ¡Masa y poder! (su Opus
Magna) ¡El suplicio de las moscas! y ¡La conciencia de las palabras!
Son esos los libros suyos que sé del premio Nobel de literatura 1981, un año
antes que García Márquez, que tenía un pleito casado con Freud porque como él
mismo dice de Masa y poder: “Es una refutación de Freud” (cito de
memoria) en la que: “quise agarrar por el cuello al Siglo XX” y “¿qué soy
ahora?” “Soy el cráter de mi libro” Por decirlo con palabras que conocemos: “Elías
Canetti fue uno de los últimos grandes maestros de la Humanidad” y/o “Me
resulta sorprendente que Harold Bloom no le hace comentario extra en El
canon del ensayo, etc… Un Verdadero Profeta (Como usa la palabra Bloom).
Pero
gracias también a Canetti hoy se lee más que antes a Robert Walser, cosa que
nos pone contentos y nos despierta el apetito sobre los libros suyos que faltan
por leer. Y sí, en nuestras conversaciones entre José Vicente Anaya y yo,
varias veces terminaba yo en Elías Canetti y la gran fuerza expresada en la
teoría de “el superviviente”, una teoría fuerte, tremenda. Gracias José Vicente
Anaya: en estos días desde tu partida, extraño a un amigo de tu envergadura;
gracias por recomendarme ampliamente a Robert Walser.
Por
otro lado, Claudio Magris, escritor italiano experto en temas Germanos, tiene
un gran libro, llamado Danubio, en él hay toda una riqueza y narrada con
excelsa maestría, sobre las culturas que han poblado el afluente del río
Danubio desde hace siglos, por ello, la tesis principal del libro es: “Si estás
preparado para leer este texto, coadyuvarás a que su afluente suba, harás
crecer al río”. Y también él mostró admiración por Robert Walser.