sábado, 28 de noviembre de 2020

SEGUNDO CAPÍTULO DE LA MUY PERSEGUIDA Y PROHIBIDA NOVELA VESTIGIOS DE CERRO HERMOSO POR MARCOS GARCÍA CABALLERO...

Primer Acto

                                              

La de Cerro Hermoso es una playa semi virgen, como tantas otras de por ahí, con cerca de treinta cabañas y por lo menos cinco restaurantes donde se puede comer buena langosta y barata con micheladas, a menos de una hora hacia el norte de Puerto Escondido por la carretera pegada a la costa. Está a mar abierto, al lado de un río lateral que trae la cauda del Pacífico, donde asoma un peñasco enorme a modo de un cerro emblemático y al que se debe, supongo, el nombre de este lugar. En el rompeolas de la extensa playa para los turistas hay un faro que funciona con luz solar y lo sé porque Joaquín y yo la primera vez que fuimos juntos, nos dormimos ahí abajo del faro entre las piedras colosales y con bolsas de dormir, para evitar la funesta aparición de los mosquitos que diario nos masacraban –se podría decir, aunque, de hecho, los días que estuvimos allá amanecíamos mojados, sudorosos, o vomitados el uno por el otro (en el caso de que pudiéramos dormir, ya que a cinco metros las olas producen un ruido sordo insoportablemente dantesco); pero así fue la cosa, ya que de Bacocho, el fraccionamiento en que nos hospedábamos en Puerto Escondido, nos había corrido mi viejo amigo Miguel, el disck jockey del adoquín (la zona de Puerto Escondido donde se dejan ver los extranjeros), porque le parecía una escena fuera de cuadro de su vida conyugal que dicho sea de paso, ya iba yéndose a pique, el estar soportando (esas fueron palabras de su novia italiana, que de tan tatuada parecía que vivía de hacer tatuajes, cosa que era cierta), es decir, ella no aguantaba los “gritos y las canciones tocadas en guitarra a las nueve de la mañana de esos dos cabrones”.

A pesar de que Joaquín  sabe italiano y de una sentada puede leerme en voz alta la poesía de Cesare Pavese  y una noche le habló para calmarla, la mujer de Miguel nunca nos soportó. De hecho también sus vecinos se habían quejado con Miguel por nuestra visita a su casa… ¡Y al diablo y te meto el sístole y el diástole, pinche vieja histérica! determinó Joaquín en alusión a la italiana, y entonces gracias a nuestro aperrado instinto vagabundo, además del arte de la casualidad, dimos con Cerro Hermoso, sitio al cual sólo es posible llegar por un taxi que sale de un punto determinado entre la carretera de Acapulco y Puerto Escondido, donde hay un buen restaurante de carne de tasajo y muy barato. Pero ahora no vengo con Joaquín, porque él anda por España tocando la guitarra en las ramblas de Barcelona (donde seguramente nadie se quejará de sus gritos y de su voz cascada) y fumando mucha mariguana o hash y eso lo sé porque en México city se hace lo mismo y porque le hablé por llamada intercontinental a su celular y… ¿cómo lo encontré? Pues bien servido, en esa combinación de música con el hash que en realidad es un juego súper simple: te pones a pensar en la canción (por ejemplo, qué tal Shine on you crazy diamond de Pink Floyd), todo da vueltas, termina la canción y tú sigues bien pachecote, entonces sigue otra canción y así te la sigues, etcétera, etcétera, etcétera. Si los caminos de la vida no son como yo pensaba, como dice esa canción que me recuerda, por un lado, los viajes en pesero en la ciudad de México un día de quincena o con cientos de marchas de protesta, por otro lado, curiosamente, mis estados depresivos de mis 25 años, puedo decir que ahora, cinco años después, que los sinuosos caminos del desmadre terminan donde yo sí lo pensaba: el alcoholismo, la bestialización de la persona, la idiotez, ignorancia y locura o, en el mejor de los casos, el estar siempre dispuesto a jugar el papel del bohemio y eterno compadrito que acompaña y que siempre saca el trapito borracho.

Digo que no vengo con Joaquín, de hecho hace casi ya año y medio que no lo veo (2002, finales del verano para ser exactos) aunque recuerdo muy bien el trailer que nos trajo aquella vez de aventón hasta el restaurante del tasajo, el desfilar de las palmeras y la vegetación; la plática con el trailero sobre nuestro eterno malestar por la política mexicana, las frases filosas y radicales (para el Joacanax  Ciudad Universitaria se debería de convertir en campamento zapatista, cosa en la que no estuve de acuerdo; creí que él veía el conflicto chiapaneco más como gachupa que como mexicano, aunque es igual de chile verde que yo). Las frases de Joaquín se me figuran sacadas de la víscera, de la entraña, recuerdo que el trailero le dijo: “Tú estás peor que El Mosh”. Hagan de cuenta las frases que podría decir  un leñador antiguo en el acto que su hacha derriba  un árbol en medio del bosque. Mucho de apasionado tiene pues el chavo. Pero recuerdo más: veo por ejemplo, la forma del espejo retrovisor del trailer en que venía jugando al Hulk mirando mis brazos, saludando a la gente que se cubría del sol con sus bultos al lado de la carretera, y yo con un paliacate de la bandera inglesa en la cabeza que me traje de Inglaterra hace muchos años y, chistoso paliacate, porque ya que lo compré iba caminando bien feliz por la calle, cerca de Picadilly Circus, cuando entonces descubrí, como si fuera parte de alguna broma antologada por André Bretón, que dicho paliacate decía: ―made in USA. ―a que su pinche madre con el mundo unipolar–, dije, tal vez en clara alusión a la madre del que ocupa el puesto principal de la Casa Blanca, allá en los Estados Unidos, tierra que de momento, no me apetece visitar. Y así lo pensaba, aunque parte de mi público son los jóvenes de esa potencia hegemónica.

Bueno, eso por un lado, pero por el otro… quizá Cerro Hermoso tal vez no sea tan hermoso si lo comparamos con la mujer con la que ahora vengo aquí. Si por esta prosa se pudieran cruzar apuestas, les aseguro que preferirían a mi mujer que viajar a Cerro Hermoso. Pero desocupado lector(a): como esto es o más bien pretende ser literatura de la buena, te tendrás que conformar con frases, descripciones, acciones y atmósferas y promete darle el golpe a mi literatura al encender su lectura, porque la neta Cerro Hermoso está hasta donde el viento pasó y dio la vuelta y de mi mujer ya ni hablemos.

Algún amigo en esas borracheras del pandillerismo bohemio que me tocó vivir (y del cual me alejé un tanto para no ser siempre “compadre” o solamente el broder buena onda con el que te echas la caguama) me dijo muy seguro: ―El mejor piropo que le puedes hacer a una mujer es pensar hacia ti mismo y decirle a ella que el universo entero es sólo hacerle una alusión–. No sé si ésta frase fue sacada de un libro o qué, pero la neta está buenísima: tiene estética: ―ante ti, mujer, el universo empequeñece–, igual que las cervezas de aquella vez, que también lo fueron, junto a una mesa de ping-pong y las canciones de U2 y los Rolling Stones a lo bestia, a lo más que daban unos bafles que yo mismo armé y a ella también, con la vuelta de los años, la tuve sentada en esos bafles, no te muevas, no te muevas, déjame que te tome una foto mental sin que te des cuenta, déjame devorar en un rozón de la mirada algo de tu esencia y  existir, quiero recordarla así mientras espero nervioso en el teléfono para hablar con ella en ésta noche difusa, en que somos algo que intercambian la razón y el deseo en su callejón de huesos y míseras ratas, quisiera recordar las palabras que me dijo con tanto aprecio y tener presente lo que le pregunté desde la ciudad una noche en pleno Zócalo en vísperas del Día de la Independencia con luces refulgentes por todos lados:

—Oye Dorinda ya la neta, ¿qué virtud te gusta más de un hombre?

—Oh, tú sabes… la paciencia.

Aunque recuerdo eso, no sé cómo imaginarla ahora, es demasiado el nerviosismo. Me queda claro que el tipo que intentó seducirla en un antro de Puerto Escondido era el clásico gringo payaso pasado de listo de los que normalmente pululan por las playas mexicanas, tipos  de los cuales las mexicanas se enamoran de su cartera mucho más que de cualquier otra cualidad. Pero es que ésta mujer haría querer hacerse pasar por listo hasta al más idiota de todo Puerto Escondido, incluidos los y las que se tatúan la cara y los brazos (yo sólo tengo tatuajes en los pies). Siempre pongo los pies en la tierra, a veces también las nalgas, cuando estoy sentado soñando  algo así como mis propias utopías. Escapar o ser parte, thats is the cuestion.

Para empezar la historia, resulta que me había caído inesperadamente una fuerte cantidad de dinero por cierto premio literario en el que decidí participar y obtuve el primer lugar (contar esto es determinante para el relato: súbitamente tuve millones de amigos que llegaron como zopilotes sub literarios a ver qué pellejo del Jáuregui  les tocaba, lo cual, para mi despecho, no melló mi humanismo solipsista y me hizo creer que yo gozaba de cierto privilegio, quizá metafísico). De hecho, con el dinero pensé cruzar el charco e irme a visitar a Joaquín a Carcelona, pero me salió con su bateada de babas diciendo por teléfono que vendría próximamente a México a comer peyote y cuando vino se fue a un pueblo perdido en el desierto de San Luis Potosí, donde conoció a Dorinda  haciendo esa misma constructiva actividad con unos amigos suyos de Italia. Cuando los dos volvieron a la Ciudad de México, me la presentó en una cantina allá por el amado rumbo de San Cosme; en esa ocasión, si no mal recuerdo, ellos platicaron mucho de sus respectivos viajes (Dorinda jugando el papel de culta y  experimentada y Joaquín burlándose de mi experiencia viajera enfrente de ella: “mientras éste güey escribe yo he cruzado medio mundo: conozco Irlanda, Grecia y Marruecos y he trabajado en Italia, viejos tiempos de nuestras borracheras ¿verdad cabroncito?”). Solamente respondí que sí, que hacía mucho tiempo trabajaba yo en el INEGI y Joaquín se hacía pasar por misionero cristiano para pedir dinero de casa en casa y les dejé ver a los dos que yo ahora tenía orgullo de escritor pero ciertamente un poco apantallado por su belleza, (―no es que sea despampanante, pero tiene algo, un aire pesado y sensual, hueso duro de roer—le dije de regreso a Joaquín en el metro, y él había pagado la cuenta de la cantina, por lo menos.) Pero le escribí su nombre y un poema famoso de Ernesto Cardenal en una servilleta y se lo regalé junto con mi e-mail, mientras la cantina retumbaba su escándalo futbolero y quizá ese detalle hizo que me prestara mayor atención de lo que yo había supuesto cuando pensaba en mis posibilidades con ella. (La segunda vez que nos vimos me enseñó esa misma servilleta pintada con su lápiz labial). Joaquín volvió a Carcelona y prometió regresar por éstas fechas, pero tres semanas después, tras de vernos casi todos los días, Dorinda y yo ya éramos pareja, nos habíamos encontrado muchas semejanzas ciertamente, (¿o será que los cuerpos se parecen en la juventud?, ¿o será que necesitábamos creerlo? Era cosa que platicábamos mucho, como si se tratara de un modesto psicoanálisis mutuo basado obviamente en el aroma y el picor de la hormona furiosa) y tres meses después, con la publicación de mi libro, Dorinda se puso  hecha casi una fiera de felicidad por su nuevo writter chilango cuando supo que 30,000 mil pesos me correspondían gracias a mi veta literaria y a dos que tres secretos personales que decidí publicar como grandiosos proto pecados libertinos en una antigua historia en la que, de repente, surge un narrador en tercera persona que narra la historia de los otros personajes y se propone algo como juego de muñecas rusas, todo bajo la cultura posmoderna y las quimeras de la globalización entre jóvenes desamparados como yo, mi novia de aquél entonces y mis cuates. Algo tenía ésta playa, yo sabía que tenía que volver, sentir que podía realmente triunfar en el mundo literario es cosa que honestamente todos los escritores de mi generación aplazarían para más tarde, considerándolo como una seria posibilidad sólo distante en un país como éste; pero ratificar los méritos que el jurado había sostenido sobre mi obra, al lado de Dorinda, aquí en Cerro Hermoso, se antojaba inolvidable y además, ella estuvo encantada con la invitación y hasta una noche me besó la mano en agradecimiento, a lo que yo, como recomienda el proverbio, solamente me hice pendejo y me dejé envolver por sus besos.

Una hora y media después de un viaje zigzagueante y agotador en camión desde la Terminal Sur de Taxqueña hacia Puerto Escondido, y de otro camión foráneo que tomamos en el atardecer en la costa, hacia ese sitio del tasajo (íbamos parados por tanto movimiento y  se me ocurrió empezar a piropearla con Ernesto Cardenal  y los demás pasajeros nos desearon una “feliz luna de miel jóvenes, cuídense mucho”) Dorinda y yo nos encaminamos en un taxi en medio de la selva rumbo a Cerro Hermoso. La noche era perfecta con esa fresca sensación de aventura y yo estaba ávido de noches libidinosas y traviesas con Dorinda. Recordaba a un tal señor “Amado el de las aguas frescas” de la vez que vine con Joaquín y pregunté por él, pero según supe por otro lugareño, se había marchado a Detroit de ilegal en busca de un trabajo mejor que ser pescador de langosta o de estar rascando su guitarra y su pobre garganta frente a los turistas a cambio de unas pinches monedas... Eso es lo que le pasa a la mayoría de la gente que vive en playas como ésta: uno se imagina, como tal mundano de la megalópolis, que éstos tipos se lo pasan a toda madre pescando langosta, tumbándose en las hamacas para decir: ―¡Óyeme güera, dame otro pescado y otras chelas!— y luego, de vuelta a empezar con lo mismo al infinito, pero en realidad le tienen un odio al aburrimiento y a la pobreza, que los hace largarse. Las playas casi vírgenes como Cerro Hermoso, cuando no es temporada de paseantes, están llenas de madres solteras y niños llenos de arena en la cara. O por lo menos eso pude constatar en las tres veces que fui y que no era como la playa de Maruata donde hasta con heroína te puedes empachar unos sospechosos huevos rancheros a pocos metros del famoso peñasco “El dedo de Dios”, en medio de  casas de campaña de gente difícil de ubicar entre juniors o iletrados pobres diablos. Antes de llegar, se había iniciado una conversación entre dos individuos y Dorinda, que venía entrevistándolos (ella siempre tan simpática, tan popular con los efímeros desconocidos) a bordo del taxi, recomendándoles que no se fueran de ilegales y que qué bueno que les gustara la onda grupera (no como al novio suyo, que era un sofisticado mamón, pensé  que quería decirles en realidad). Los interpelados se perdieron bajándose en unas casas tres minutos antes de la playa, en un poblado sobre la vereda al lado del río que entra desde Cerro Hermoso (donde poco después casi muero en un intento de aprendizaje de arrancar ostiones de los corales) y le regalaron unas conchitas de mar con las que estuvo tomándome el pelo un buen rato. Después nos llegó el turno de bajarnos, ya en la zona de las treinta palapas, buscamos  inútilmente a Amado, gritamos  en todas las cabañas: “¡Hooolaaa! ¿Hola? ¿buenas nochees?”, a lo que nos respondieron unos niños descalzos que Dorinda   delicadamente les preguntaba sus nombres y les hacía  plática, diciendo que en un rato algún adulto saldría detrás de la cortina anti moscos de la palapa donde dejamos nuestras mochilas. Dorinda tenía ganas de darse un baño; en el bolsillo yo traía cerca de 20,000 mil pesos y quedarnos a dormir en esa palapa, adentro de su tienda de campaña, era la opción más apropiada, así que indagamos dónde podríamos pasar a darnos un regaderazo.

—Pues ahí está, aquí es— le dije a Dorinda mirando una regadera para quitarse la arena de los pies, al lado de la cual, a esa hora de la noche, se podría decir que era un baño sui generis sin ninguna pared más que una cortina y además, con vista panorámica hacia el Pacífico. Dorinda se me quedó mirando unos segundos, esperando una acción de mi parte. Inspeccioné cual era el lado del agua caliente y me comencé a desnudar y le dije que no esperara algo más místico o críptico que eso (algo  acorde con su forma de ser: eso era lo que la hacía interesante; nunca una queja, nunca recurría a la dependencia, podía comer lo que fuera y le encantaban los viajes entre otras cosas), que la serie de Tom y Jerry o La Pantera Rosa en una televisión modelo antiguo para finalizar el día, además de un par de cervezas y, que si nos iba bien, alguien nos haría de cenar arroz con pescado. Inesperadamente, se echó a reír y se fue desvistiendo, diciéndome ―ese Jáuregui, qué espontáneo, ni quien te viera mi rey-; afortunadamente el agua estaba igual de fría que la cerveza, ya que el calor en Cerro Hermoso, aunque sea de noche, es el equivalente en las pláticas a lo que la política lo es en la ciudad de México, es decir, es un tema de bastante consideración y desconsiderado con quien de ello platica; sudábamos después ya vestidos y de los moscos se sentía no el picotazo sino lo tupido. Ya al terminar, Dorinda celebró la naturalidad de nuestro primer viaje juntos, con su risa y sus palabras en italiano: ―andiamo, Jáuregui, andiamo, vístete flojo—. Como sólo una mujer enamorada puede, el hecho descabelladamente mágico de casi apenas conocerme y ya estar conmigo en una playa, bañándonos muy espontáneos a la luz de la luna y era lógico que la teoría, la maldita teoría lógicamente estudiable de este mundo ilógicamente incomprensible, estaba lejos, hasta los libros por estudiar en la ciudad de México, ya que recién había egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM, y había mucho por estudiar y escribir mientras que ahí, había toda una localidad por descubrir y, sobretodo, toda una mujer por redescubrir. Al poco rato, ya con ropa de playa y cerveza fría en la cabaña de uno de los lugareños, la televisión la tenía entretenida (aunque evidentemente su interés no le prestaba ni el más mínimo crédito: Dorinda siempre tan ideal y sintonizada a todo momento, y el momento para sintonizarse era la noche inabarcable además algo de mí, quiero suponer) y todo parecía indicar, desde ese instante del regaderazo, que ese viaje daría de qué hablar en nuestras mitologías personales como sólo la magia del primer amor (que es todo gran amor) puede hacerlo, o por lo menos eso imaginé después cuando nos columpiábamos en las hamacas de relajo, pero realmente Dorinda venía con ganas de comerse el mundo a puños así que, a falta de mejor actividad a esa hora y con el cansancio del viaje, ella decidió que nos acurrucáramos  bajo una palapa vieja semi alumbrada para, entre otras cosas, despedazar, gracias a su gusto,  la personalidad de alguno de nuestros amigos de México con nuestra plática y otra tanda de cervezas y uno de sus típicos churros de mariguana al igual que sus  torpes arrebatos de ternura. Siempre eran amigos míos a los que les tocaba la suerte de ser quemados, ya que Dorinda no me había dejado conocer ni a su familia (lo que más sabía yo de ella era su afición a las matemáticas; había dejado la carrera en cuarto semestre y, por otra parte, su pasión por la vida anecdótica, de esas sí que me sabía todas; quiero decir, cada vez me sabía una más); debido a esto, me pidió que habláramos por teléfono con Joaquín; el polo positivo, el único de mis amigos que le caía bien y que seguramente a esa hora estaba roncando en algún barrio de Barcelona, (que bien podía ser el Albaicín y Concell de Cent, si es que ahí lo había agarrado la madrugada).

No me pude negar, aunque ya estaba bastante cansado por el viaje e impaciente por dormir con ella nosotros solos; ella sabía que traía dinero suficiente y la dejé que marcara a su gusto por celular mientras iba caminando hacia el mar y se escuchaba el oleaje arremetiendo contra la playa. Mientras ella hablaba y se alejaba, empecé a divagar para mis adentros sobre la trama tejida entre los personajes de un libro de Milan Kundera que estaba leyendo y quise buscarlo en la mochila; el libro era La inmortalidad y seguramente eran los monólogos en el limbo entre Hemingway y Goethe lo que me quedé revisando a tientas en la oscuridad cuando regresaba Dorinda, que venía riéndose y sólo alcancé a escuchar que decía:

—Órales güey, te lo paso.

Hablé con Joaquín y escuché que estaba bajo los efectos del hash y tocando la guitarra efectivamente, en la soledad de su departamento del Albaicín y Consell de Cent, seguramente en uno de sus ratos bohemios y nostálgicos, pero algo me hizo sentir que se había producido algún secreto no muy a mi favor entre Dorinda y él por el teléfono, una cosa que regularmente intenta Joaquín con mis compañeras (además de querer robármelas) pero ¡qué diablos! ¡No me iba a comportar como celoso paranoico siendo que el otro estaba hasta el otro lado del mundo! En la noche, Dorinda se veía muy hermosa con el pelo mojado y su blusa y su pantalón de batalla. (“Es una batalla quitárselo”) pensé, tal vez, o tal vez lo dije después riendo, pero cuando colgué con Joaquín prometí volver a hablarle mañana, Joaquín sólo dijo: “Pssss, vas maestro” y no le pregunté nada sobre la llamada a Dorinda.

Comencé a decirle a esta mujer por qué me gustaba tanto ese lugar; al día siguiente —dije— verás cómo se eterniza la playa hacia la derecha, mientras que por el peñasco de Cerro Hermoso crece la marea. La vez que venimos Joaquín y yo conocimos unas chavalillas  del Distrito; cuando se enteraron de mis libros quisieron que les hablara sobre poesía y libros toda la noche. Estuvo chido, armamos una fogata y Joaquín tocó la lira. Claro, dijo ella, y ¿no te acostaste con ninguna? “No, evidentemente, no…” Cuando Dorinda  me hacía ese tipo de preguntas, en parte por coquetearme, en parte por joderme, ya fuera verdad o fuera falso, era mejor mantener caballeroso y administrativo silencio. “No te creo”, dijo con aire inalcanzable, se untó crema en los hombros anti-mosquitos y se levantó de la hamaca para  mirar el mar más allá de lo que las luces de las palapas pudieran alumbrarla; solo alcancé a ver su sombra y su ropa blanca agitándose al viento de la noche y sentí que ella tomaba una decisión frente a la noche del inmenso mar; por unos segundos creció mi amor hacia ella y suspiré aliviado. Estaba consciente de que desde que había ganado el premio estaba viviendo los mejores días de mi vida y sabía también, o por lo menos empezaba a atisbar, que tanta felicidad no podía durar ininterrumpidamente. Me unté crema yo también y la cerveza ya me estaba mareando.

Una mañana, hace mucho tiempo, me desperté en mi casa de la Ciudad de México y recibí dos llamadas: una era para avisarme que había ganado el premio… (momento: esa llamada lo primero que hizo fue quitarme el tormento de haber abandonado la carrera de sociología en la Universidad La Salle), la segunda llamada era la de mi padre, que me invitaba a desayunar en un Sanborns. Cuando llegué a la cita y le dije a mi padre que había ganado el Premio, supe que en el desayuno no tendría que hacer buches de arrepentimiento con la comida que él pagaba y, además, para mi suerte, por entre la gente que estaba pagándole a la cajera, alcancé a ver a José Vidente Anaya, mi amigo el director de la revista de poesía Alforja, todo él tan poeta, tan budista y tan chamánico, que se da el lujo de verse con esa barba de visionario y siempre bien vestido. Me paré y le hablé. Le dije que me había ganado un premio y yo creo que fueron muchas noticias para un instante: mi casa queda lejísimos de ahí para estar un día entre semana desayunando en ese Sanborns que a él le queda tan cerca; sin embargo, asombrado de verme, Vicente me felicitó y se fue. ―Muy bien, te felicito–, dijo mi padre también y días después vino la ceremonia de premiación y etcétera, en fin, un éxito, ¿pero, realmente vivir de eso? Imposible, triste y llanamente. Precisamente como es imposible, supe que tenía que barajear mis cartas muy rápido antes de que volara el dinero inútilmente y convencí a Dorinda unos pocos días después de ir a ver al maestro, además, para que no se nos fuera el encantamiento en el que claramente ya estábamos flotando.

Se trataba de una lectura de poesía en La Casa del Poeta, quien leería era Laura Jáuregui, poeta de Saltillo y ex alumna de Vicente, así que le dije a Dorinda  que ese día las cervezas sólo nos las imaginaríamos y que deberíamos ir. “Sipi, pero ¿cuándo hablaremos de matemáticas, compartir mis gustos? Siempre hacemos lo que a ti te gusta, mi cabroncito.” me dijo. “Las cheves nos gustan a los dos y no exageres, además ni siquiera me has dejado conocer a tu familia”. “Bueno, ok sí bonito, quieto, vamos a la lectura, pero de mi familia ya ni preguntes porque ya sabes que me llevo mal con ellos”. Así que fuimos caminando de mi casa a La Casa del Poeta y, contrario a lo supuesto, el evento lucía un tanto desangelado. Subimos las escaleras, pedimos refrescos y saludamos a Vicente y a Laura; después ella leyó unos poemas regulares desde mi punto de vista y Vicente hizo reflexiones en torno a la poesía. Intenté rebatir a Vicente en la ronda de preguntas (“categóricamente ésta poeta no tiene futuro y para colmo tiene mi mismo apellido” pensaba yo para lucirme con Dorinda), pero Vicente se las ingenió pacíficamente y con tranquilidad, para acabar diciendo entre líneas que todas las voces de todos los poetas se necesitan, que no fuera excluyente, etcétera, creo que hasta de machismo literario fui acusado aquella vez (ah Vidente, te odio sabiéndote más encurriculado en los menesteres literarios, porque yo sólo estoy enculado por ésta vieja, desgraciadamente enamorado todavía queriéndole robar imágenes al viento sobre ésta mujer que se me desdibuja cuando la pienso y la arácnida acuarela de la melancolía no lo logra aceptar que ya se ha ido; pero te abrazo, definitivamente para siempre por tu amistad a toda prueba y tu generosidad y todo lo que has hecho, vaya inmenso, José Pacheco Anaya). Al final, Laura Jáuregui regaló hojas  con sus poemas y dibujos y fue muy aplaudida, hasta a mí me regaló uno que conservé durante muchos años, pero yo veía a Dorinda, sentada a mi lado, que al parecer no le hacía ninguna gracia la poesía de aquella poeta (Dorinda siempre la mejor de las mujeres: Le pregunté: “¿Qué te pareció la lectura?” Evadió mi respuesta y me sonrió con ironía: “Tú eres el mejor poeta mi rey”.). Mi ego se sintió invocado así que deslicé mi mano por la mesa para tomar la suya y le di un beso estilo buen caballero. Y sólo nos despedimos y nos fuimos. Pero me di cuenta que aquello de conocer a Vicente realmente le fascinó: unos días después, mientras nos acabábamos una botella de ron con otro colega escritor, Dorinda aplaudía en mis barbas esa grandeza de Vicente: “Si lo vieras Enrique —le decía a mi amigo—, Vicente es un señor todo tranquilo, toda su voz, toda su cara, su presencia irradia una tranquilidad magnífica, de veras Jáuregui, gracias por presentarme a ese hombre”.

Así era la cosa… Dorinda estaba tan encantada de conocer al Vicente Anaya que aún borrachita se atrevía a decírmelo, dejando clara la ambigüedad de nuestro amor. Esto tiene su porqué. Hay algunas mujeres que van por la vida escudándose de los hombres y no se dan cuenta: eligen amigas súper atractivas, eligen hacerse hermanas de sangre de la sexy, de la chic, de la más buena, de la femme fatale,  en fin; todo con tal de que a la hora de estar con los hombres no las vean y vean a la amiga y ellas sientan la compañía y aprendan a copiar el tejido. En las actividades de los hombres, por ejemplo las típicas parrandas del dar el rol en la nave, consiguen pensar: “que vean a mi amiga, yo no valgo tanto”, o para una anti demostración: ―¿Qué tanto le verán a esa? ¿Por qué no me ven a mí que soy experta en la poesía de Ana Ajmátova?– Lo más increíble de Dorinda  era que estaba tan segura de sí misma que lo único que necesitó fue a Joaquín, mi mejor amigo, para conocerme, además de su delicadeza que discretamente descollaba, que debajo de esa piel vivía un huracán. Ah Dorinda… he de reconocer que sentí un suspiro, eso significaba salir al OXXO a comprar más cerveza. En cuanto a belleza interna, las mujeres que desarrollan cualidades masculinas son las mejores: me gustan independientes, guapas e inteligentes, obviamente, pero cuando te siguen hasta en tus vicios masculinos y lo hacen (porque bien lo sabes), que lo hacen por ti, ya cruzaste la Muralla China y cenas en París todas las noches tu último Gran Tango. De Dorinda nunca conocí un solo amigo o amiga (sólo sabía que me odiaban porque según ella me decían desde lejos: “Es el nuevo tarolas pendejo que la había conquistado con su poesía”. Tristes pendejos: pues ¿para qué chingados creían que escribía Octavio Paz sus poemas amorosos? ¿Acaso creían que había falsedad en esos poemas? Ya que realmente en este mundo y en éste país todo conspira para que nadie escriba —¡Si casi ni siquiera se lee!—, entre Vicente y yo teníamos la teoría de escribir como guerrilleros, como amantes, escribir radicalmente quiero decir, como si cada texto fuera el último, el testamento de cada noche afortunadamente postergado y ya en trámite de publicación, escribir hasta en las servilletas del restaurante en un momento reflexivo de la conversación, escribir incluso que me miro a mí mismo escapándome del escritorio hasta escalar  el techo del cuarto y verme con las manos sobre el teclado escribiendo con los pies clavados al techo ya con el punto final del texto perfectamente identificado,  dejando la voz a micrófono abierto sobre el papel, escribir, siempre escribir, escribir hasta para criticar al pinche Octavio Paz o al pinche Carlos Fuentes, que por cierto, de pinches no tienen nada más que lo grandes entre grandes que fueron, son y serán bastante tiempo en la Literatura Universal. Dorinda  ante mí se comportaba como toda una hembra de mundo sin necesitar a nadie más para respaldarlo, ni siquiera a su madre, ni siquiera su hermano tarado wannabe baterista, que nunca conocí pero me mandaba saludos con ella. “¿Qué te cuenta tu amigo Vicente Anaya?” Preguntaba Dorinda. “Nada —decía yo—acaba de terminar un libro de ensayos en que refuta las ideas de Octavio Paz.” “Y tú mi rey —decía— ¿Por qué no haces un ensayo sobre la poesía de Ernesto Cardenal?” “Porque ese ya tiene su lugar”. “¿Cuál?” “Tus piernas”.

El sexo con Dorinda era de lo mejor después de que el trabajo me quitara las energías, normalmente nos quedábamos todo el día en mi casa cuando yo regresaba de mi trabajo en la UNAM (yo solamente trabajaba miércoles, jueves y viernes como asistente en uno de los Institutos de Ciencias De La Tierra) y después ella llegaba a mí casa, bonita y lanzándome besos a la distancia, como si me la encontrara recogiendo uvas en un laberinto de arboledas, entonces comprábamos una botella de ron o unas cuatro cervezas y luego nos acostábamos y me auxiliaba Ernesto Cardenal en la sección de piropos; ya ebrios y desnudos, oíamos  a La Maldita Vecindad o Peter Gabriel o Men at Work o Dire Straits y entonces nos echábamos uno o dos polvos, como se decía antes. Siempre era yo el que se dejaba llevar más que ella: una noche en que llegamos juntos al orgasmo, me dijo cuando me le abalanzaba encima para besarla y ella quería ver el signo del placer que me provocaba:

—Oye Mateo, mira nada más qué carita… eres un niño híper cachondo…

Y así quería yo estas vacaciones: para follar con ella como loco, como siempre lo he sido, como animal deseante y desdichado schopenhaueriano, vaya Dios, vaya cosa. Cuando regresó de ver el mar ella misma armó la tienda de campaña, adentro de la palapa, el oleaje se escuchaba fuerte pero sin problema. Ya eran cerca de las doce de la noche cuando nos metimos, yo me imaginaba que podríamos hacer el amor para celebrar haber llegado victoriosamente hasta esta playa oaxaqueña, pero con esos guiños que se hacen entre sí las parejas (sobre todo lo hacen las mujeres) me dio a entender que estaba rendida y que ya la dejara descansar. ¿Descansar? dije un tanto asombrado cuando la entendí. “Mira Jáuregui, todavía no sabemos quién ande por ahí, así que mejor tranquilo ¿no? mejor ya acuéstate corazón”, me dijo un tanto exasperada y pues ya ni modo, me tuve que dormir con el pene latiendo furiosamente  toda la noche. Yo sabía que la playa de Cerro Hermoso era tranquila. Pero la dama siempre es la dama, era la dama, la utopía de carne y hueso y, había hecho finalmente, temblorosamente, acto de presencia.


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