miércoles, 25 de noviembre de 2020

ÉSTE ES EL PRIMER CAPÍTULO DE LA PROHIBIDA Y MUY PERSEGUIDA VESTIGIOS DE CERRO HERMOSO, POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Habla el moderador de la mesa

 

 

A mi edad y a mi momento, a falta de algunas otras peripecias cristianas destinales, a no ser las invisibles he inevitables con las que chocan todos los poetas con el tiempo, como nos decían (¿o lo inventé después por vivir del hambre en cada línea  de la  rima  ríspida y rauda de mis erráticos versos? ) los maestros de la SOGEM; es decir,  la Escuela de Escritores de la gran Tenochtitlán, me parece suficientemente claro que lo que escribe el autodenominado ―escritor— o el literato se coloca proféticamente en su futuro. Yo presentaré éste libro, a ver si se me cumple tamaño papelón excéntrico en estos tiempos de miseria, ignorancia y corrupción.

La escritura es jugar con el tiempo. Las líneas argumentativas paralelas, las escaleras filosóficas, las moscas circundantes  y los chismes literarios  cosmogónicos de nosotros, los  finalmente escritores… No necesariamente el futuro a pie juntillas y ya envuelto como regalo pomposo o miserablemente hecho un puñado de letras, pero lo que sí es cierto es que la escritura recrea, inventa el futuro en primera instancia, de quien escribe. Digo, para ese caso escribo que seré Premio Princesa de Asturias en 2022. Esa parte de ti que vuelcas al papel te salva y te condena, ya sea divertimento, cuento, imaginación hiperbólica, narración erudita, ensayo en filigrana o poema de largo aliento: todas estas formas tratan la escritura como un vagabundeo, una forma más de vagabundear, de echar una mirada a lo que está ahí y no se deja ver, o lo que todos saben que podría estar ahí y quisieran ver de alguna forma, (¿lo que debería estar tal vez? ¿la utopía colectiva sepultada por debajo  del imaginario?) en cualquier lado y especialmente en el futuro, principalmente en el futuro: Nuestro tercer renacimiento porque... ¿Qué otra Utopía podemos esperar a éstas alturas del partido sino un Tercer Renacimiento Mundial ante ésta Edad Media Tardía? Por éstas razones y por éstas condiciones, éste pedazo ardiente de mitomanía autobiográfica  es un fragmento en el caleidoscópico escenario de la Cultura que, frente a la Política reinante, se presenta como su alter-ego. Y eso es lo que nos convoca ésta noche: ¡Bebamos! ¡Salud y arriba las copas! ¡En el Proscenio  Jáuregui  y Dorinda danzan y juegan el doliente juego del amor mientras el Océano Pacífico les trae los vientos del erotismo, el desengaño, los celos, el crimen y todo el abanico de posibilidades que País de Nadie sin Nombre y Apellido tiene reservado para ellos! Pero volvamos la mirada a ese fragmento nunca miserable pero siempre demasiado pequeño en que  Mateo  juega  a perseguir su inteligencia desde la palabra: “Pero para escribir o incluso con un afán más ambicioso, reescribir o reinventarme debo recordar, es decir, releer el pasado. Somos historias vivas, por eso reinventamos el futuro. Imaginamos ahora y aquí y ahora y aquí soñamos el futuro. Escribir es atreverse a escribir. Balzac, por ejemplo, era un gran soñador adicto a la cafeína. No ya digamos cualquier otro de los grandes novelistas. Proust, Joyce o Kafka, de cualquier manera los leo poco, pero esa vieja sagrada trinidad la he compensado algo con la obra de Guillermo Cabrera Infante, Fernando Savater, Enrique Vila-Matas, José Saramago o Jorge Luis Borges.”

La novela final, guión, película nueva, la última entrega, el best seller, lo que siempre se ha esperado… ¡El cañonazo que anuncie triunfal la llegada de Godot al escenario! Es una falacia engañabobos o cuento infantiloide, no hay fórmula para tal cosa, las leyes del mercado literario son misteriosas y en él es más fácil traficar baratijas como Antología de poetas jóvenes del norte a soñar con el nuevo Vladimir Nabokov. Lo novedoso es demasiado relativo. Puede haber aciertos pero no invención de la nada. Nadie es cien por ciento original, como no lo fue Harry el sucio ni Harry Potter. Inclusive aunque la originalidad no sea deseable sino la singularidad... Veamos: todos los poetas primerizos entusiasmados (es decir, muy radicales), chilangos, por lo menos a finales de los años noventa, hablaban en tono maldito sobre la pinche poesía, con mayor énfasis en el signo de exclamación que en lo que iba adentro: ―¡Tú, tú tienes la culpa, puta poesía! Es decir, sentimientos quizá auténticos pero sólo miserablemente glorificados. Qué feo… que me dispensen pero con razón se muere la poesía… y después renace, en algún vidente que no cobra por ser visionario, como nos lo indicó Octavio Paz, el enciclopédico burro diabólico que, hoy por hoy, todo mundo quiere rematar o revivir.

La poesía, nos guste o no, se queda viviendo en rendijas y catacumbas que escapan al tiempo y tal vez a la escandalosa muerte. Pero en prosa, lo novedoso es lo que nos muestra que precisamente el mundo cotidiano del hombre y la mujer es la gran cuestión a pensar, las parcelas de orden y desorden en éste valle de lágrimas. En ese sentido, como escribió Claudio Magris, Dostoievski escribió casi una parte de los evangelios con Crimen y castigo. (Dejé ese libro a la mitad, ¡qué azotado nuestro Feodor!) A esa enormidad del sentimiento de culpa-obsesión que todo lo ciega, debería llegar aquí hoy nuestro Doctor Héctor Ortega ¿Verdad Mateo? Lástima que ya se te murió de diabético, pensarás, pero bueno, lo hecho hecho está y ya ni modo, como ésta novela. (Se oye por ahí alguien aclarándose la garganta) Prosigamos… de una vez escancien esos Casilleros del Diablo para que esto se prenda. Escuchen esa voz: “Por eso y no otra cosa quisiera recordar aquél momento, sin lujo de detalle y sin error de apreciación de lo que fue mi relación con Laura Domínguez, en mi trabajo durante unas encuestas de preferencias políticas, allá por el año de 2005.” “Sí… así es… fue en un sórdido cabaret…” Todo en ese momento de las encuestas era sorprendente, o por lo menos, entre todos los que fuimos parte, sabíamos a lo que nos enfrentábamos. La orden fue así de simple desde la capacitación: “tú tienes que hacer de todo cabrón, es tu asunto.” Entre una centena de personas, a mí y a Laura nos tocó cumplir la faena en el barrio de la tercera sección de la Condesa. Nos tocó revisar los cuestionarios y hacer el trabajo en unas oficinas que fueron prestadas para que ahí laboráramos. La escritura es un juego con el tiempo. No soy el esperado don Santo Nobel ni el profeta, eso lo tengo bien seguro, pero no objetaría que escribir debe ser una amable divagación para uno mismo en primer lugar. Hacerse uno amable así mismo. Es decir, presentable, y después ya veremos su manuscrito y le daremos nuestro minucioso seguimiento, si quiere ser usted un very nice writter tiene que aguantar vara. Ese es un buen punto mi querido Buk: Si te emociona salir al parque y ver niños jugando con pistolitas de agua todavía no estás en el barranco donde vive Nietzsche gritando sus verdades y chupando birra con Wagner, Hölderlin y otros locos mitológicos. Laura, la hermosísima Laura y yo nos hicimos pareja. Escribo tres años después, en 2008 y en otro sitio que no es la ciudad de México sino Aguascalientes, una ciudad que a pulso está mostrando sus diversas complejidades sociales. Primera enseñanza para escribir: escribe para que seas feliz, además de que hay que ser feliz en la vida, porque si uno la toma como refugio la escritura no se vuelve refugio.

—Se vuelve un podrido calabozo.

Tengo un buen amigo que hice en el 2004 que se llama Julio Morales, psicólogo de profesión y guitarrista por devoción o, mejor dicho, por aferrado, que ahora vive en Mexicali. Lo conocí en la cola que formaba la gente para pedir una beca del FONCA a un lado de la Cineteca Nacional en Coyoacán. Recuerdo que me habló porque se sorprendió que yo le hablara a mi vez a una fulana guapa que estaba por ahí pidiendo su beca para ser bailarina, ella me dio su teléfono y tenía cuerpo de conejita feroz. Luego del trámite salimos y nos tomamos una cerveza en el hijo del Cuervo y fue ahí donde, de repente,  tuve la impronta de la certeza que de beca nos iban a dar puro chile. Julio decía con la cerveza: “¡Salud maestro, por la conejita feroz!” Desde ese  entonces Julio Morales es mi guitarrista predilecto. Él es el que suple la función en la vida que tengo por no conocer a Eric Clapton. El otro día me lo topé en el messenger. Lo que no entiendo es por qué el internet y el teléfono celular nos narcotizan hasta el punto que nos han vuelto sus bobo-narcotizados-dependientes. Es mejor el cine, o el trabajo, o el sexo, o la literatura. O todavía mejor: la conversación significante con quien seguramente tendrás sexo en un ratito. Pero entre amantes no existe la filosofía. Con las mujeres se habla de todo, de todo lo que sirva para seguir cohabitando, pero tu monstruo te lo guardas. O te lo aman. Pero como de cualquier forma te lo maman, no exageres ni hagas un dramón. Yo por ejemplo, aunque sí lo quisiera, nunca he podido irme a la cama con una mujer después de explicarle la fina ironía de Karl Popper en su etapa post-marxista o La Ética Utilitarista de John Stuart Mill.

Terriblemente he soportado las cosas peores, los dramas mentales más tortuosos, pero también he gozado de la ciudad de Londres, de Amsterdam, de París, que nunca se acaba como dice Echenique, y la verdad además París es como una enorme y hermosa sinfonía del pensamiento occidental, es decir, en Francia (pongamos, un bar o café del barrio Latino) es bien suave decir en una conversación de sobremesa con una copa panzona de coñac que “todo lo que llamamos  Universo precisamente se parece más a un gran pensamiento que a una maquinaria, que a una simple rueda”; ahora, amable lector, piense usted lo mismo o convérselo en un barrio bajo de Guatemala, Honduras o  Colombia mientras ve pasar a los inmigrantes tras el sueño americano. Ahí parecerá que el Universo…

—fue prestado o rentado... o rematado.

Afortunadamente yo he gozado precisa y precozmente de la  sensación  de haberme arrebatado de por donde no se lo sospechaba la academia universitaria, a buena parte de la filosofía, de la literatura, y de varias y en varios sitios ya olvidados, a ciertas mujeres encantadoras. Por ejemplo ella. ¿No me escribió un correo la semana pasada? Puedo afirmar, como ella dice que: “Sólo el amor puede destruir la guerra.” Ese es su lema. Laura Domínguez es comunicóloga con ideas hippiosas y además, instalada en una familia completamente promedio, tal vez más promedio de lo que debería incluso ser el promedio en un país como el nuestro, donde todos, por decir lo menos, estamos de panzazo con el destino incierto de la sobredosis de panbol y esas historias de sentimentalismo paranormal llamadas “paranoverlas”. El trabajo era en resumidas cuentas, calificar, ordenar, dar seguimiento a los cuestionarios que contestaban los compatriotas mexicanos del barrio de la colonia Condesa. Así que era una faena medio especial porque a la gente que los encuestadores les tocan su puerta le vale madres si tú estás ahí bajo la lluvia torrencial o si te acaban de robar hasta la camisa de la empresa. Porque por un lado, la Hipódromo Condesa es medio fresón y ahí es más tranquilo: la gente saca a cagar a sus perritos y luego se van a comer filetes en sensacionales fonditas tipo argentino, pero un poco más arriba, por Constituyentes, por el Panteón, allí está más cabrón, es colonia brava. Por cierto que por ahí se prepara un pozole riquísimo. Pero no nos desviemos. Laura y yo nos empezamos a tener aprecio en nuestra soledad de burócratas out-siders y menospreciados, cobijados solo por la voz de Julieta Venegas y un desgraciado frío que levantaba ámpula. Nos enamoramos y qué bueno ¿verdad Domínguez? Te mando un beso desde acá, ciudad de cielo amoratado esta noche, hot waters, aguasardientes,  etc. Después de los besos, ¡qué rico besabas Laura!, recuerdo que había conexión. ―Rodilla temblorosa contra rodilla temblorosa y pecosa—, como diría Jack Kerouac. Lo que quiero resaltar con todo esto, además de lo mágico de esos momentos que duraron cerca de tres meses, es que nunca había tenido una novia en mi lugar de trabajo, no quiero resaltar fundamentalmente más que eso, ese es el chilorio, esa es la rebanada de pizza que me importa: ¡Primera vez que el Señor me paga bien en mi largo camino laboral! Fuera de eso, la florecilla no tenía realmente nada fuera de lo común, un día era hermosa y otro día me daba pena ajena con oír lo que decía o quizá lo poco que decía. Pero eso sí: sabía reconocer el aura romántica del momento para decir en medio del frío burocrático: te amo Mateo, lo eres todo para mí. Y además estaba cursando su segunda carrera, primero comunicación y después arquitectura, además cuando para mi fortuna sus tetas estaban de fuera, -mi casa por ejemplo-, se veía hermosa como un dedal de vino, una honesta, noble y blanda furia y lo mejor era cómo me deseaba con esa furia. Era una hermosa música sin petulancia, mitad Lucybell mitad Vivaldi y un toque de Buena Vista Social Club. Por ser mi chiquilla la adoraba. Le regalé un libro de mis poemas y conoció a mi abuelo, que es ya a éstas alturas, un general retirado, es decir, es general en el mejor oficio de todos, el de vivir. Ahora, a sus ochenta y siete, tiene una joven que lo cuida. Mi abuela murió hace poco, dos años ha. Todavía pasaba la telenoverla de “La buena más fea” o algo así. Yo la vi morir, es decir casi la vi morir, falleció la noche del día en que la visité en el hospital. Fue una cosa muy, muy triste. Como dice José Emilio Pacheco en un poema, el resultado de cualquier familia es la final dispersión, pero la abuela era de árbol fuerte, su pérdida es y será insustituible. Háganse de cuenta que aquí pongo una oración como un tronco para evitar sentir el vértigo del dolor y a duras penas, tras la congoja, como después de caerse accidentalmente de la silla, me reincorporo lentamente a la línea siguiente gracias al mangoneado hilo conductor de éste relato que, la verdad, es para nadie para que al final resulte ser para alguien. A Laura también le cayó muy bien mi abuela, incluso, debo decirlo, entre ellos hablaron de nuestro próximo matrimonio, pero si aun así fuera poco… la invité a vivir conmigo a hot waters, ¡a las Aguasardientes! ¿Y qué pasó?… se me echó para atrás. Bah. Push the red botton. Domínguez dissapeard. Domínguez erased.

Hace no mucho tiempo ofrecí una lectura de poesía (misión, misión, hay que ser misioneros de la letra y la palabra en éste mundo de la anarquía drogadicta y la docta señora analfabeta), en un bar del cual mi hermana era la dueña, acá en Aguascalientes, ella también se llama Laura, es guapa y está tatuada, pero yo lector desocupado, también estoy tatuado, tengo una Virgen Guadalupana en la espalda y toda la letra de las canciones de Tom Waits en cada partícula elemental de mi epidermis desde que salí de mi prisión, donde un hombre necio y muy perseverante redactaba, en mi misma celda una obra que él llamaba “El Conde de Montecristo”. La parte que me tocó a mí hablar de poesía, digo, porque también hubo un amigo mío al teclado y muy entusiasta  que causó revuelo, fue para honrar al altísimo poeta colombiano Jaime Jaramillo Escobar. Poeta de altísimos vuelos y vuelos crípticos, aterradoramente lleno de luz. Fue un evento extraordinario, la gente respondió muy bien a la poesía de Jaime y no es para menos: Ese hombre en cada poema suyo es capaz de engañarte a tal punto que terminas pensando que siempre has estado girando hacia el otro lado las tuercas de la vida y dándole cuerda al revés a tu reloj, poeta extraordinario. Mara, mi amiga de hace años y antiquísimo amor estuvo ahí, así como los amigos de Laura mi hermana. El bar era propiedad de ella y su novio, pero ahora eso pertenece a una oscura historia entre ellos dos que no me corresponde a mí sacar a la luz. Hasta a las mejores familias se les ocurre llevar a cabo negocios fallidos, finalmente el bar se fue a la quiebra y con mucho graffitty juvenil pintarrajeado en ambos baños. Nunca hay que dudar para ser veraz, y la verdad, Tom Waits lo es, además de que es muy paciente.

Escribir es jugar con el tiempo. El tiempo es paradójico, no rectilíneo, como la mentalidad chata lo quisiera. No voy a entrar a discutir con Heidegger y polemizar con él, si el ser es el tiempo o cosa parecida. Prefiero subrayar el carácter paradójico del tiempo porque, somos en el presente lo que imaginamos en el pasado que llegaríamos a ser. Es lo que Paul Wazlawick llama la auto profecía y válgame, casi siempre se cumple. Por eso los poetas nos recuerdan que hay que merecer nuestros sueños. Y esto toma las modalidades más raras que el ser pudiera tener, si es que ser y tiempo son lo mismo. Para mí, el aparato psíquico  del hombre está compuesto de identidad, memoria y conciencia. De cualquiera de estas palabras se puede indagar filosóficamente qué es la pregunta por el hombre, al estilo de uno de los mejores y aún vivo: Ernst Tugenhat; esa es la triada, la sagrada trinidad. Quiero empezar a escribir una novela corta, una noveleta como dicen los críticos, pero… ¿Por dónde carambas empezar? ¿Quizá mirando los imperturbables ojos del retrato de la bisabuela alemana que me vigilan y me siguen cuando ando por la casa? ¿O quizá cuando me enteré que el traductor mexicano de Ezra Pound era un asesino y yo ya lo había saludado esperando de él el gesto generoso del Maestro? Para empezar, el amor entre Laura Domínguez y yo ya lo volví cuento y hasta lo subí a un blof-spot, esas sucias páginas raras de internet donde todo mundo tiene tremendas atrocidades qué contar, pero de verdad las cuentan tan atrozmente que los buenos blofs se cuentan con los dedos de una mano. Sobre mi participación política con los zapatistas en el año 2001 no tengo nada que decir o quizá ya lo diré. No tiene por qué ser una novela autobiográfica, estrictamente, pero tiene que ser un relato que signifique algo, en primer lugar para  mí. Unas páginas en las cuales yo sea el signo y el significante. La pregunta y la respuesta.

La pregunta, obviamente, es: ¿Cuál es mi pasado? La respuesta: ¿Cuál será mi futuro? (¿Llegaré a presentar éste libro algún día? ¿No o sí? Quizás falte al evento y me vaya con una musa a pasear a un hotel de por ahí.) La memoria es polisémica: tiene multitud de significados, como la poesía. Porque también vive en rendijas que escapan al tiempo y tal vez a la escandalosa muerte. La revivimos al hacerla ficción,  haciéndola flexible. En gran medida eso es lo que hace el psicoanálisis. Al hacer flexible tu memoria, tomas la ruta que mejor te convenga: tu propia reinterpretación. Roland Barthes decía que el psicoanálisis era inventar calles e inventar tu propia ciudad, darle a cada rincón un espacio mental significante (de la memoria y de la ciudad). Efraín Huerta poetizó ese pensamiento agregando: “Sé dueño de tu infierno”. Otra forma es ésta: el cuento de Inés Arredondo en el que, en tono onírico al principio, la autora cuenta un episodio de su familia y con libertad creadora, ¿azarosa?, termina preguntándose: ¿Por qué soñé con los Estados Unidos? Es un cuento mexicano maravilloso; Inés Arredondo pertenece a la generación de la Casa del Lago, como Juan García Ponce. Parece entreverse que en estos tiempos, nadie opta por la escritura autodiegética, es decir la del narrador que cuenta su propia historia, pero también habría que señalar el fundamento terapéutico del mito relato personal, donde, si uno escribe y recuerda, recuerdan lectores y recuerdan alrededores.   

La novela y la escritura se hacen sudando y se  hacen en gerundio: ―estoy escribiendo una novela, ―estoy pensando la novela, ―estoy cogiendo con Laura y además con la novela, ―estoy paseando con la novela y al rato: ―Véanme: gracias a un proceso mágico y misterioso estoy presentando ante ustedes, público cautivo, la novela, se llama así y éstas son sus características. Aplausos, entrevistas en radio y prensa y todo porque en Mateo se generó y germinó una pícara síntesis de una mezcla entre un Weltanschauung con abscesos y dosis de ironía, lujuria y algo de mitomanía de su propia vida. Entonces ya eres famoso Mateo. Por fin se te hizo. ¿Me  creo? ¡ay sí que padre! Luego, más pronto de lo que te imaginas, vendrán la caterva de críticos a vapulearte, aunque  lo que deben de hacer es jugar a desarmar y hacer pedazos la novela, ajá pero sí y solo sí de forma elegante como sólo ellos se la creen: “hay en ésta obra un oficio altamente depurado, pero falla en… a, b o en z” y al hacerlo deben desarmarse  a sí mismos, deben ser ficción que coloca errores y aciertos y ficción que vuelve a desaparecer. ¿Por qué? Bueno, porque en estricto sentido nadie tiene el derecho a juzgar con don o con  el condón de la autoridad. No hay jurado máximo, pregúntenselo a Milan Kundera o a Luis Villoro o a Fernando del Paso  o al que pasó vendiendo los periódicos donde se leía a ocho columnas: “Acabará el gobierno con la pobreza en quince minutos”. Pero bueno, si lo que quieres es pensar que  nos ven en la tele desde la Próxima Centauri o en el Planeta Marte… El arte no está esperando su estrellita de buena conducta. Aunque a veces se la merezca. En el arte literario, la mejor definición de lo que es un escritor es la que hizo el alemán Elías Canetti, Premio Nobel 1981, (un año antes que Gabriel García Márquez): “El escritor debe ser el custodio de las metamorfosis”. El animalito literario puede ser una bestia, un tábano, un zorro, un dragón femenino con cara de Desdémona o un tigre, un pelícano salido del famoso poema de Baudelaire, un adolescente con i-pod o un ser de otro mundo. Toda la mitología, tanto la de Grecia como la de China, desciende del hecho de que nuestros primeros dioses fueron los animales… eso nos hizo darnos cuenta de que pensábamos, de que teníamos... Razón. El verdadero invento griego. No existía en Grecia un libro canónico sino una tradición poética fundada en la mediación de las divinas musas hijas de Mnemosyne, la Memoria. ¿Acaso escribir no es jugar con el tiempo? Dicho y hecho: del 2005 a la gloriosa época micénica y vuelta otra vez al 2008. Ja.

Quiero decir, con este agotado decir y no digo sino mi dolor un tanto sofocado. Me burlo ante todo de mí mismo. Lamento desilusionarlos: Yo soy el personaje principal y no tengo mucho qué decir, además al final de la novela se ve la verdad: Dorinda  no sólo me hizo ver mi suerte sino que de pura suerte me salvé. Laura es sólo un pretexto más, es como la persona que se sienta al lado de ti para ver la tele y en la tele se ve realmente cómo vas cayendo tú, comido por los bytes. ¿Poderes fácticos? ¡Por lo menos mejoren al ciudadano! Ahí sólo se ve cómo pasas… de moda. ¿Me  creo? ¿Crees que la novela está muerta y ya pasó su época? Es decir, ¿creerías que la narración ya no tiene nada qué decirte a ti? Es como la persona que nada en la alberca donde tú estás y dices: ―Caramba, qué bonita es, hasta merece un poema. Pero que nunca volverás a ver, y en el poema te ahogas… y te ahogas... y de eso ya nadie te salva, la prueba está en que el bikini y la minifalda no pasan de moda. Otro buen punto mi querido Buk: todo escritor tiene su compromiso con lo miserable. El animalito escritor tarde o temprano se da cuenta que no todo en él es maravilla o genio, de ahí que tanto inventemos… digamos mentiras llenas de belleza, o llenas de fealdad, todavía peor: como lo que importa es que el corte narrativo  salga pulposo y bien cosido, así vistas las cosas: ¿Cómo inventa un escritor su propia obra? Nadie de sus amigos le cree escritor, le dan consoladoras palmaditas en la espalda pensando que TODO (¡TODO!) en sus escritos es mentira o TODO es verdad, precisamente porque el verdadero desafío es mezclar ambos conceptos y manipularlos: he ahí el proceso mágico y misterioso. Y de hecho lo pueden pensar y preguntar: (“¿Oye? ¿Y todo esto fue cierto?”) pero saben que se engañan ellos mismos o se dejan llevar por la ingenuidad: ni siquiera una filmación a cuatro cámaras de un hecho es un documento 100% objetivo y la arrolladora autoridad de Chomsky u otros como él lo han probado de sobra. Claro, pero… ji, ji, ji no vuelves a ser el mismo, claro, ¿pero el mismo a quién Laura? ¿Ya asoman las garras de la locura en tus neuronas estilo barroco? Te pregunto: no, no  nada de eso, no te la creas, te estoy vacilando,  lo que pasa es que mi novela no avanza (¿Le explicamos a mi  otro yo la chinga que es pararse a encuestar en la Hipódromo Condesa?) (Tú síguele Mateo que te están escuchando mi amor), (O.k. mi amor pero ¿Te vendrás después conmigo a Hot Waters a vivir? Prometo inventar otro abuelo para ti). Hojeo entre los días y la aburrida ráfaga de lluvias o vientos y lo triste de las modestas construcciones buscando  otro momento, otro instante del pasado, tal vez por lo borroso que se volvió: cuando yo y mi camarada el periodista Arturo Valdez Castro y mi amiga la poeta Anilú Hernández visitábamos en 2005 el taller de narrativa que ofrecía el maestro, en aquél entonces vivo, Rafael Ramírez Heredia allá en el barrio de Santa Catarina en Coyoacán, él sí que un escritor muy serio y muy vigente y… sobre todo…

—muy fumador. ¿Y de eso murió no? Con los pulmones perforados por la nicotina…

La onda era que el taller era interesante, se percibían las distintas inteligencias, las distintas sensibilidades, las búsquedas personales, las opiniones, los matices del punto de vista, etcétera, valía mucho la pena, ¿qué no? En esa época Laura Domínguez ya había pasado del lápiz al borrador, ya que su cuento lo escribí hasta llegar a Aguasardientes, a Hot Waters, al año siguiente y lo publiqué en la red desde una lap-top (Y esa lap me la robaron, ¡No decía el anuncio que hasta a las mejores familias se les acercan las cucarachas?). En fin. Valdez Castro me dijo: “¿Crees en la telepatía verdad?” “¿Por qué no te ligas a Anilú?” “¿Quiere conmigo?” Le pregunté. “¿Lo dudas? ¡no seas mamón!”

Creo que en esta época, en la que los medios de comunicación nos rebasan y sacan a diario un titipuchal de información que retumbando se va a hacia ninguna parte, sería absurdo crear una novela donde la anécdota sea lo más importante: ¡Vivimos rodeados de demasiadas anécdotas! ¡Punchis-punchis-político mediático Charro-Batman! La novela dará un viraje o no sobrevivirá frente al espíritu del mundo posmoderno, eso lo saben los  mayores genios actuales de éste género: Milan Kundera, Javier Marías o Lobo Antunes. Háganme favor de creer fielmente lo siguiente que copiaré y pegaré (copy and paste como  dicen las cacatúas) ya que es, amable auditorio, “La novela de Mateo”: éste es el primer platillo, así que, que se abra el telón:

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